Aeterni Patris: para una restauración de la filosofía cristiana
En esta reseña, Vicente Hargous nos cuenta sus impresiones sobre la encíclica de León XIII «Aeterni Patris», un texto donde el pontífice que dio la bienvenida al siglo XX llama a restaurar la filosofía cristiana siguiendo a santo Tomás de Aquino. Nuestro investigador concluye que no sólo basta con aparejar nuestras conclusiones con las del Aquinate, sino que deben intentarse rescatar tanto las premisas como el método utilizados por el santo dominico del s. XIII.
Para quienes somos hijos de este tiempo ―hijos del Concilio Vaticano II― constituye una verdadera revelación leer encíclicas de los Píos del siglo XX y de León XIII. La doctrina de los últimos Pontífices ha servido para profundizar muchísimo en diversos aspectos de nuestra fe, y su nueva retórica quizás ha acercado a muchos a la Iglesia o ha evitado su alejamiento. Sin embargo, nos hace mucho bien a los fieles conocer también el Magisterio preconciliar, del que sin duda tenemos cosas que aprender. Uno de los aspectos más llamativos para nuestra época es el estilo combativo, militante, de la Iglesia antes del Concilio Vaticano II, y la Encíclica Aeterni Patris es un ejemplo muy ilustrativo de eso. Debemos amar a nuestros enemigos, por cierto, pero eso no significa que debamos desconocer que existen verdaderas guerras intelectuales, culturales y psicológicas en la actualidad. En efecto, no basta con amar a los que están lejos, sino que debemos también persuadirlos y, si no parecen tener remedio a nuestro alcance, tenemos el deber de «refutar a los herejes e instruir a los cristianos» (León XIII, Aeterni Patris), para evitar que más personas caigan en tales errores. En esta encíclica propone León XIII recordar que la filosofía debe ser vista como un arma para nuestra batalla de la defensa de la verdad y la justicia: «pertenece a las ciencias filosóficas (…) defender religiosamente las verdades enseñadas por revelación y resistir a los que se atrevan a impugnarlas» (León XIII, ibid.). La filosofía es «esclava y servidora de las doctrinas celestiales» (León XIII, ibid.). De ahí que León XIII señalara que
constando que las cosas conocidas por revelación gozan de una verdad indisputable, y que las que se oponen a la fe pugnan también con la recta razón, debe tener presente el filósofo católico que violará a la vez los derechos de la fe y la razón, abrazando algún principio que conoce que repugna a la doctrina revelada.
León XIII, ibid.
Este tono combativo no pretende imponer la fe, sino hablar a los que están encargados de enseñar, para cuidar así a los pequeños, que están expuestos a ser seducidos por falsedades que ponen en peligro sus almas y quizás incluso el bien común político. Con dicho diagnóstico comienza esta encíclica León XIII: «según el aviso del Apóstol, “por la filosofía y la vana falacia” (Col. II, 18) suelen ser engañadas las mentes de los fieles cristianos» (León XIII, ibid.). Pues bien, en nuestros días es mucho más necesario ser conscientes de este peligro. Teniendo esto presente, León XIII propone en este documento una restauración de la filosofía cristiana siguiendo las huellas de santo Tomás de Aquino.
Con la fe cristiana «ninguno cae en los lazos del error, ni es agitado por las olas de inciertas opiniones» (León XIII, ibid.). No obstante, el aire que respiramos hoy desde el punto de vista cultural, moral e intelectual suele ser adverso a la fe e incompatible con la fe, justamente porque está lleno de ideas que en el fondo son errores, «vana falacia». Un esfuerzo muy loable y titánico se ha hecho en los últimos decenios para responder a las inquietudes y anhelos del hombre contemporáneo, hablando en su lenguaje y desde filosofías modernas (basta con leer a Juan Pablo II o Benedicto XVI), como ya habían hecho en su momento los Padres y los apologistas al aprovechar las verdades que ya reconocían los sabios paganos, «para que, en efecto, se manifieste que también la sabiduría humana y el mismo testimonio de los adversarios favorecen a la fe cristiana» (León XIII, ibid.). Esto es posible precisamente porque la fe no es irracional ni contrapuesta a la razón: «Dios no solo es veraz, sino también la misma verdad, incapaz de engañar y de engañarse» (León XIII, ibid.). La encíclica muestra la astucia con la que los Padres de la Iglesia se sirvieron de las doctrinas de los filósofos griegos, atribuyendo a la filosofía «aquello con que la fe salubérrima (…) se engendra, se nutre, se defiende, se consolida» (San Agustín, De Trinitate, XIV, c. 1, citado en León XIII, Aeterni Patris).
Si bien nosotros podemos y debemos, siguiendo a los Padres y a los apologistas, aprovechar lo que hay de verdad en los pensadores de nuestro tiempo ―la verdad es la verdad, venga de donde viniere―, la vida humana requiere conocimiento cierto y verdadero de las cosas. En ese sentido, León XIII se refiere a la necesidad de un entendimiento apoyado «en sólidos y verdaderos principios» (León XIII, ibid.). Pues bien, sin duda el mejor modo de educar a la inteligencia es, a juicio de dicho Pontífice y de muchos otros, el seguimiento fiel de la teología escolástica (cfr. Sixto V, Triumphantis, citado en León XIII, Aeterni Patris), y «entre los Doctores escolásticos brilla grandemente Santo Tomás de Aquino, Príncipe y Maestro de todos» (León XIII, ibid.).
Podría alguien pensar que la propuesta de esta encíclica fue útil para su época, pero que ya ha corrido mucha agua debajo del puente… ¿Tiene sentido seguir leyendo los latines de un monje que vivió en un mundo tan distinto del nuestro? ¿Son suficientes los principios tomistas para enfrentar las objeciones del constructivismo en las ciencias sociales, el evolucionismo en sus diversas formas, el postpositivismo o el postestructuralismo? ¿Puede responder el Aquinate a los desafíos de la técnica contemporánea, a las sugestiones del nihilismo y el relativismo, a las preguntas de generaciones enteras que han perdido totalmente el sentido de sus vidas? Es verdad que cada tiempo tiene sus afanes propios, pero compartimos con Tomás una misma naturaleza humana, habitamos un mismo cosmos y fuimos creados por el mismo Dios; y es que el orden de todo lo real subsiste, precisamente porque fue hecho con miras a un fin. Por eso, tiene plena vigencia la necesidad de una restauración del tomismo, «¡id a Tomás!», como se titula un libro de Eudaldo Forment. Quizás lo que más necesitamos en esta época no es seguir a los ciegos que guían a otros ciegos ―llevándonos a los precipicios de la náusea, de la angustia o de la nada―, sino a quien nos pueda dar fundamentos sólidos, coherentes con lo que nos muestran los sentidos, con lo que nos indica el sentido común, con la sabiduría popular, con la fe y con lo que nos han enseñado nuestros padres y abuelos… necesitamos algo a que aferrarnos, y no hay ancla más firme, no hay piedra más granítica, que la filosofía sugerida por León XIII en Aeterni Patris, que es la de santo Tomás de Aquino. Prueba de su solidez y seguridad doctrinal fue el uso de la Summa Theologiae en el Concilio de Trento:
la mayor gloria propia de Tomás, alabanza no participada nunca por ninguno de los Doctores católicos, consiste en que los Padres tridentinos, para establecer el orden en el mismo Concilio, quisieron que juntamente con los libros de la Escritura y los decretos de los Sumos Pontífices se viese sobre el altar la Suma de Tomás de Aquino, a la cual se pidiesen consejos, razones y oráculos.
León XIII, ibid.
León XIII expone de qué manera la misma figura de santo Tomás se relaciona con su pensamiento y su obra, alabando sus virtudes de santo, su profundidad de filósofo, su luminosidad de teólogo:
De dócil y penetrante ingenio, de memoria fácil y tenaz, de vida integérrima, amador únicamente de la verdad, riquísimo en la ciencia divina y humana, comparado al sol, animó al mundo con el calor de sus virtudes, y le iluminó con esplendor. No hay parte de la filosofía que no haya tratado aguda y a la vez sólidamente: trató de las leyes del raciocinio, de Dios y de las substancias incorpóreas, del hombre y de otras cosas sensibles, de los actos humanos y de sus principios, de tal modo, que no se echan de menos en él, ni la abundancia de cuestiones, ni la oportuna disposición de las partes, ni la firmeza de los principios o la robustez de los argumentos, ni la claridad y propiedad del lenguaje, ni cierta facilidad de explicar las cosas abstrusas.
León XIII, ibid.
La síntesis filosófica y teológica del doctor angélico reunió en un corpus coherente y unitario las doctrinas de los antiguos doctores sagrados, dándoles un renovado «orden admirable» (León XIII, ibid.), profundizando en ellas con nuevos principios. Dicho orden se explica por la estructura del razonamiento tomista. En esa línea, León XIII destaca un punto que debe llamarnos especialmente la atención: no basta con arribar a las mismas conclusiones que santo Tomás a partir de categorías contemporáneas (muchas veces por un «amor a la novedad», que no pasa de ser un ridículo complejo de inferioridad), como hacen muchas escuelas y autores que se autodenominan «tomistas». Es necesario partir de sus principios y seguir su método. Es necesario asumir con claridad el realismo gnoseológico, la filosofía del ser, la teleología, los principios de la lógica… Es necesario reconocerlos como verdades, precisamente porque lo son en verdad (por mucho que lo traten de negar y renegar con sus pedaleos mentales ciertos burgueses progres hinchados de vanidad). Es necesario evitar las falacias de tanta locura que da vueltas por ahí (las nadas que nadean y todo eso) con un método que permita claridad para unir sin confundir y distinguir sin separar:
aquella oportuna y enlazada coherencia de causas y de cosas entre sí, aquel orden y aquella disposición como la formación de los soldados en batalla, aquellas claras definiciones y distinciones, aquella firmeza de los argumentos y de las agudísimas disputas en que se distinguen la luz de las tinieblas, lo verdadero de lo falso, las mentiras de los herejes envueltas en muchas apariencias y falacias, que como si se les quitase el vestido aparecen manifiestas y desnudas.
Sixto V, Triumphantis, citado en León XIII, Aeterni Patris
Urge restaurar la filosofía cristiana, el tomismo estudiado desde su misma fuente, y esta es la audaz recomendación de León XIII. ¡Cuánto bien se seguiría si desde las ciencias sociales se pensara con cabezas tomistas! ¡Cuánto ayudaría a nuestra cultura oscurecida (decepcionada nieta del siglo de las luces… apagadas) la luz de los vitrales de las catedrales góticas y Universidades medievales! ¡Cuánta paz traería a nuestras sociedades divididas por odiosas luchas y oposiciones estructurales ―padres e hijos, autoridades y subordinados, hombres y mujeres, ricos y pobres― el recuerdo de que somos fruto de un acto amoroso de un Padre que es Providente y Señor de la Historia!
Tres lecciones de «Memoria de Sí y Educación Del Otro» para una revista digital
Ignacio Suazo comenta un artículo del profesor Enrique Martínez, profesor de metafísica, antropología filosófica y pedagogía en la Universitat Abat Oliba CEU, de Barcelona. Se trata de un artículo titulado «Memoria de sí y educación del otro», muy apropiado para mirar atrás y reflexionar sobre lo que ha sido Veritas et Bona como proyecto formativo, así como también para pensar en nuestra futura revista.
Formalmente, con este número despedimos nuestro boletín Veritas et Bona, el que fuera el espacio formativo de Comunidad y Justicia por poco más de un año. Al hacerlo, se entremezclan sentimientos de esperanza, gratitud y –por qué no decirlo– nostalgia. Esperanza, porque abandonamos este proyecto sólo para embarcarnos en uno aún más grande: la revista digital Suroeste. Gratitud, porque durante este periodo quienes escribimos artículos tuvimos la inmejorable oportunidad de estudiar y conocer la doctrina social de la Iglesia y lo más graneado de la tradición filosófica iusnaturalista (algo que alguien como yo, formado al alero de las ciencias sociales, agradece sobremanera). Y la nostalgia… bueno, es algo inevitable, habiendo sido parte de la breve historia de Veritas et Bona.
Más allá de los sentimientos que embargan, un cambio como este resulta ser un buen momento para evaluar y proyectar: repetir aquello que se haya hecho bien y tomar conciencia de aquello que se hizo mal, con la esperanza de poder mejorarlo. Y si se trata de hacer evaluaciones, nada mejor que comenzar analizando lo realizado a la luz de su fin, que en este caso, no es otro que el de educar. En efecto, un boletín como Veritas et Bona busca, en último término, a ayudar a otros a querer el bien y rechazar el mal a través del desarrollo de argumentos, con análisis (ojalá lúcidos) de la realidad y la defensa de ciertas posiciones. En esa línea, un texto como “Memoria de sí y educación del otro” de Enrique Martínez, que reflexiona sobre la esencia de la educación, tiene mucho que decirnos. Específicamente, hay al menos tres lecciones que pueden desprenderse de este texto y desde las cuales podemos evaluar nuestros proyectos.
La primera lección es quizá la más importante: si queremos orientar correctamente un proceso educativo, no podemos olvidar el fin último del hombre, esto es, la felicidad. Dejar de tener esta consideración no impedirá que la educación tenga algún fin más o menos implícito (¡siempre lo hay!), pero será presa fácil de consideraciones técnicas tan parciales como contingentes (“productividad”, “objetivos pedagógicos”, entretenimiento, etc.). No cabe duda de que la felicidad es hoy un concepto bastante equívoco, pero Martínez se encarga de recordarnos su significado: “la vida racional alcanza su modo más pleno de ser en la felicidad”.1Martínez, 85. Es decir, el concepto de felicidad sólo tiene sentido si se entiende como desarrollo de esta dimensión racional del ser humano, a saber, su inteligencia y su voluntad.
Ciertamente lo primero es el conocimiento de la verdad (no se puede desear aquello que no se conoce), pero el filósofo español nos recuerda que no hay verdadera contemplación (y por ende, perfección moral) donde no se desea aquello que se contempla: “(…) aunque el acto cognoscitivo sea más perfecto de suyo que el apetitivo, si no alcanza el grado de contemplativo no decimos que dé la felicidad.”2 Martínez, 86. ¿Y qué es lo que debe ser contemplado? No es otra cosa que el bien más perfecto al cual el hombre puede aspirar: Dios mismo. “(…) la felicidad plena, que puede dar el Bien infinito, consiste en la contemplación misma del rostro de Dios”. 3Martínez, 86. En efecto, no hay educación ―verdadera educación― donde no se apunta de algún modo a Dios.
Que la educación tiene como fin la felicidad y a Dios es una intuición muy presente en Veritas et Bona, porque es una verdad profundamente arraigada en la doctrina social de la Iglesia, cuyos principios intentamos seguir siempre. Por ejemplo, en la segunda edición de nuestro boletín,4 Suazo, «Fides et Ratio y la comprensión de los DD.HH.» encontramos una reflexión de la encíclica “Fides et Ratio” donde se recuerda que la razón debe reconocer a Dios en “su trascendencia soberana y su amor providente en el manejo del mundo”.5 San Juan Pablo II, Fides et Ratio, sec. 18. No siempre es fácil sacar todas las consecuencias prácticas de semejante frase, pero su llamado es claro: Dios no puede ser excluido del ejercicio de la razón, a costa de ocultar a los ojos del hombre su propia humanidad. Sólo en Dios (a través de Cristo) se esclarece el misterio del hombre, como recordaba Vicente Hargous en un ensayo, haciendo un guiño a Gaudium et Spes.6 Hargous, «Reseña de “¿Qué es el hombre?”, de Joseph Ratzinger». Si la educación debe orientarnos a la verdad y, en último término, a Dios entonces nuestra razón no puede quedar encerrada en ella misma, sino que debe ser formada en la verdad. Intentamos dar cuenta de esta intuición en los textos seleccionados para la novena edición de nuestra revista. Buena parte de los textos desarrollaban argumentos relativos a la conciencia recta, es decir, de aquella deliberación personal debe ser realizada a la luz de la verdad, si quiere ser acertada.
La segunda lección de Martínez es como un corolario de la primera. Su texto nos enseña cuál es la esencia misma de la razón. Por ser ella misma subsistente y por ende, completamente inmaterial, ella es capaz de volver completamente sobre sí misma (algo que es, de paso, completamente ingenuo para el pensamiento filosófico contemporáneo). Y es que la razón, al menos su acto primero, es pura reflexividad. Es lo que Martínez llama memoria (pues el alma se recuerda siempre a ella misma, es necesario que se tenga habitualmente presente a sí misma para poder pensar actualmente), que es capaz de noticia (intelección de las especies) y de amor (volición determinada libremente). En otras palabras: la autoconciencia es el fundamento de la inteligencia y de la voluntad. Tener claro la naturaleza eminentemente inmaterial de la razón (y por tanto, de las facultades recién mencionadas) se convierte en todo un desafío en el mundo contemporáneo (nunca liberalismo y marxismo habían estado tan de acuerdo de algo), donde desde todos los frentes se jibariza tanto a la inteligencia como a la voluntad: a la primera, por su incapacidad de captar verdaderamente la esencia de las cosas; y a la segunda, por su imposibilidad de actuar de forma auténticamente libre. Veritas et Bona intentó proclamar desde su primera hora la dimensión espiritual de la persona humana, la cual le permite acceso a la verdad. No en vano se dedicó todo un número (el n°10) a defender la tesis de la objetividad de la ética. Sin embargo, la negación de esta verdad, las más de las veces, ocurre de forma velada. Pasa, por ejemplo con la eutanasia: detrás de una comprensión de la dignidad humana como una mezcla de bienestar y autonomía (“ante este dolor, me mantengo digno y elijo morir”) lo que hay es un olvido de la capacidad racional de la persona humana, de su capacidad de conocer su naturaleza humana y su dignidad.
Martinez deja todavía una tercera lección por delante: la educación se da fundamentalmente en la relación entre maestro y discípulo, o dicho de otra forma, un encuentro entre un hombre que logra algo en su vida digno de ser amado y otro que ―consciente de su indigencia― pide ayuda. Vaya desafío para un medio digital. Porque si bien en una revista esta comunidad de discípulos y maestros tiene sus particularidades, marcadas por la ausencia del otro (a quien sólo conocemos a través de sus escritos), en último término, la finalidad sigue siendo educativa.
De la contemplación de esta diada pueden salir páginas sin fin de meditaciones. Pero en este breve texto me conformo con dar cuenta de tres cosas. La primera es que la adquisición personal de aquello que se enseña ―sea conocimiento especulativo, sea un conocimiento práctico― es algo subjetivamente elaborado por el maestro. Es lo que Martínez refiere al decir que “las actitudes del maestro pertenecen al acto educativo en la medida que hayan sido pronunciadas primero en el corazón del maestro”.7Martínez, «Memoria de Sí y Educación Del Otro», 92. Esto plantea un desafío importante para nuestra revista: no basta saber, sino que se debe hacer propio aquello que se sabe. Esto sin duda vale para los autores (¡alta responsabilidad!). En efecto, difícilmente un autor puede transmitir una verdad con la cual no se haya comprometido profundamente. Sin embargo, la tarea de transmitir adecuadamente lo verdadero no descansa sólo sobre los débiles hombros de quien se decide a escribir un artículo digital. Un autor se deja acompañar por hombres y mujeres que le anteceden y que por sus palabras y/u obras, sí logran expresar aquello que nuestra prosa muchas veces no logra captar. Y en Veritas et Bona, recurrimos a personas que sí se han transformado en señalizadoras del camino: Chesterton, León Bloy, Dorothy Day, San Juan Pablo II y un largo etcétera. De sus libros y testimonios nos alimentamos y vivimos. Y si logramos que alguno de nuestros lectores conociera a estos hermanos mayores, entonces podemos darnos por satisfechos con nuestro cometido.
Pero en la educación no todo depende del maestro. Un segundo punto marcado por Martínez es la importancia del educando. Pues si la palabra a enseñar debe ser dicha en primer lugar en el corazón del maestro, de modo que este desea poder entregársela a alguien ─nos dice el profesor Martínez─8Martínez, 92. la educación sólo existe cuando hay un educando dispuesto a ser educado. Pero ¿cómo hacerlo? ¿Promoción de la libertad del educando? ¿Conocimiento de sus características y búsquedas? ¿Búsqueda de un vínculo? Todas estas son cosas buenas y hasta necesarias. Pero ¿Dónde se encuentra el principio fundamental desde el cual se construye todo el edificio educativo? Si la educación comienza en el educando, no cabe duda que esta descansa en buena parte en la propia motivación del educando, quien por sus propios medios busca aprender. Al decir del Padre José Kentenich, fundador del Movimiento de Schoenstatt, no puede haber verdadera heteroeducación sin autoeducación. y sí queremos ser más precisos sólo puede educarse quien desea crecer, conociendo más la verdad de las cosas y deseando realizar proyectos más nobles. Con todo, todavía se puede dar un paso más en la comprensión de la educación.
Enrique Martínez lo ve con claridad: “¿Quién que no reconozca su ignorancia, su torpeza o su inmadurez podrá sentirse ansioso de mejorar?»9 Martínez, 92.Es lo que él llama indigencia: el deseo de perfección, mediante la sabiduría o la virtud, nace de esta aceptación de necesidad.10 Martínez, «Memoria de Sí y Educación Del Otro», 93. Hoy nos resulta chocante escuchar estos términos, en buena parte por cierta influencia cultural. Ciertas corrientes pedagógicas contemporáneas (hoy dominantes) intentan oscurecer todo aquello que huela a límite, so pretexto de que el niño no se haga una imagen equivocada de sí mismo que le impida aprender.
Por otro lado ¿Puede alguien experimentar deseos de aprender si no es antes consciente de que no sabe? Y este reconocimiento sin duda genera tristeza, pues la percepción de adolecer de algo se experimenta como un mal presente. Pero es aquí donde el educador juega un rol clave, pues este es capaz –a través de su palabra y ejemplo– mostrar que es posible adquirir aquello que se echa en falta. El problema no es tanto mostrar el límite, como mostrar que normalmente se es capaz de cruzarlo. Entonces la tristeza da paso a la esperanza: aparece el conocimiento o la virtud como un bien arduo, posible de adquirir con trabajo.
Llegado a este punto, debemos preguntarnos ¿Buscó Veritas et Bona conectar con la indigencia de sus lectores? ¿Fue capaz de captar las grandes preguntas de sus suscriptores? ¿Habrá sido capaz de despertar la siempre necesaria conciencia de límite y la subsecuente voluntad de crecimiento? Para ello sin duda pusimos algunos medios: realizar encuestas para conocer el perfil y percepción de quienes recibieron mes a mes nuestros boletines o conversar con nuestros más asiduos lectores. Buscamos así mismo poner en la palestra temas en los cuales hay normalmente un gran desconocimiento, como la usura o el adecuado uso de la fuerza. También intentamos cubrir aquellos temas que, por ser fundamentales, se vuelven siempre necesarios de profundizar: la paternidad o la relación entre política y catolicismo ¿Fue suficiente? Probablemente no. Pudimos poner más medios para conocer a nuestros lectores, sin duda. Y pedimos para que Dios haya suplido aquella indigencia de quienes intentamos algo dar.
Estas breves pero exigentes tareas se traducen en un gran ideal: la conformación de una comunidad de educadores y educandos. Una que acepte la naturaleza humana y su vocación por la felicidad. Que acepte que esa felicidad sólo se alcanza la capacidad de verdad que tiene el hombre. Que encuentre a educadores poseídos de ciertas verdades comprendidas y aquilatadas en el corazón, dispuestos a dar a conocer sus conocimientos a un público que sepa de su indigencia. Porque eso es lo que intentó ser Veritas et Bona y ahora buscará emular Suroeste: un espacio que propicie los vínculos entre escritores y lectores. Y si un estudiante universitario pudo encontrar un nuevo referente intelectual, si logramos generar un debate honesto y respetuoso gracias al cual un autor pudo refinar sus argumentos, hallando así la manera de comunicarlos de mejor forma, o si logramos reafirmar la convicción de un padre de familia de que es posible llegar a la santidad, entonces podremos darnos por satisfechos.
¿Tiene sentido buscar la Verdad en el siglo XXI?
Vicente Hargous nos propone una reflexión en torno al modo de responder a los anhelos e inquietudes que plantea el hombre contemporáneo: el diálogo y el don de lenguas para darse a entender son necesarios, pero no nos pueden llevar a dejar de lado la comprensión más profunda de lo real que tenía la metafísica clásica, pues sólo desde ella podremos responder cabalmente a los desafíos de nuestro tiempo.
Vivimos una época en que la confusión y el escepticismo campean a sus anchas por las mentes de las personas. Junto con una fuerte dosis de ignorancia en materia religiosa, hay mucha inseguridad, pensamiento débil, discontinuidad vital y desconexión respecto de lo que hemos recibido… Todo un caldo de cultivo que, en un mundo secularizado y globalizado, propicia la “dictadura del relativismo” (Ratzinger, Joseph: Homilía, Misa pro eligendo Pontifice, 18-IV-2005), el indiferentismo religioso y la idea de que ya no existe nada sólido a que aferrarse. La metafísica ha sido demolida. El fracaso de la modernidad en la segunda guerra mundial nos ha quitado las falsas seguridades del hombre racionalista ilustrado, que a su vez nos habían quitado los fundamentos existenciales que entregaban la fe y la filosofía clásica. A esto se suma el que la cultura tiende a la búsqueda de lo apetecible por sobre lo verdadero (ya nos enseñaba el buen Chesterton que “cuando se deja de creer en Dios enseguida se cree en cualquier cosa”)… Lo que nos queda es un panorama desolador, frente al cual muchos jóvenes católicos no saben cómo reaccionar y, muchas veces, se dejan llevar por el turismo intelectual de probar todo, recoger un poco de cada cosa y, así, acrecentar más aún la propia ensalada mental.
Dar a conocer a Cristo en nuestra época exige conocer al hombre contemporáneo, con sus anhelos y temores. Ahora bien, conocer el ambiente no significa mezclarse en él hasta el punto de perderse en la tormenta de vientos de doctrina que circulan hoy, hasta diluir la propia identidad cristiana y no dejar más que pequeños resabios de un mundo que ya pasó o infundadas convicciones morales hoy incomprensibles para los demás. Y es que hay una realidad que no cambia: hay una común naturaleza que compartimos con un Aristóteles, un Agustín y un Tomás; y hay asimismo unos conceptos que, aunque los llamemos de maneras distintas, son necesarios para explicar lo que somos, lo que es el mundo que nos rodea y lo que es Dios. Es frecuente que se insista en las necesidades ―muy reales― de adecuar el lenguaje para darnos a entender al oyente y de comprender el contexto actual para responder a su anhelo de infinitud ―de modo que pueda satisfacer sus inquietudes vitales―, pero apenas se menciona la necesidad de conservar (o quizás de restaurar) la propia identidad, de generar vínculos con otros que hayan descubierto esa identidad como quien encuentra un tesoro, de compartirla y defenderla de quienes la quieren destruir.
Incluso entre católicos que podríamos considerar bien formados existe una ignorancia tremenda respecto de materias morales y políticas que antes se consideraban parte del acervo común de nuestra civilización… o al menos no existe claridad sobre los fundamentos racionales de lo que se cree. Y como nadie da lo que no tiene, no basta con comprender al hombre contemporáneo y dialogar con él (tareas muy necesarias): es necesario antes ordenar la propia casa. Debemos recuperar los conceptos de un vocabulario perdido que nos conecta con 2000 años de historia, ordenar los saberes según su natural jerarquía, catequizar a los propios antes que a los lejanos.
Incluso los neopaganos que sostienen premisas relativistas tienen ―sin saberlo ni explicitarlo― un criterio conforme con el cual juzgan lo que dicen y escuchan. La diferencia entre el nuestro y el suyo es que nosotros sabemos que su criterio es falso y que el nuestro es realmente la verdad, no por soberbia, sino porque de otra manera no creeríamos en lo que creemos. Los cristianos no somos plenamente poseedores de la verdad, pero sí nos sabemos poseídos por ella (cfr. Benedicto XVI: Homilía, Misa con sus exalumnos, Castelgandolfo, 2-IX-2012). Es necesario que las proposiciones sean juzgadas como verdaderas o falsas, conforme con un criterio que es la Verdad misma que estamos llamados a contemplar (cfr. Santo Tomás de Aquino: Summa contra gentiles, I, L. I, 1).
La filosofía clásica en general ―y la tomista en particular― veía el árbol del conocimiento como regido o gobernado por un tronco que fundaba cada una de sus ramas. Dicha función ordenadora corresponde precisamente a la metafísica (ya nos decía san Pío X que “nunca dejará de ser de gran perjuicio” apartarse del doctor de Aquino, en especial en cuestiones metafísicas). La metafísica es la ciencia arquitectónica por antonomasia (cfr. Santo Tomás de Aquino: Summa contra gentiles, I, L. I, 1), la scientia rectrix a partir de cuyos principios es posible todo otro conocimiento.
Existe un cierto isomorfismo entre el mundo y nuestro conocimiento, y por eso nuestro conocimiento debe ordenarse según el orden del mundo, pues el mundo es un cosmos ordenado. Más allá de los pedaleos mentales de los modernos y postmodernos que buscan negarlo, la planta tiende ―como el perro o el niño― a desarrollarse según su propia naturaleza, la oveja huye del lobo y el pato migra en invierno. Pero el orden de cada cosa se dice respecto de su fin, y todo fin es necesariamente intentado por una inteligencia. Por tanto, el fin último de cada cosa fue dado por quien le dio su existir, que es el Nous, el Logos ordenador del universo, al que todos llamamos Dios (una de las famosas vías del doctor angélico). A partir de esta idea, santo Tomás prueba que, dado que el bien del intelecto es la verdad, la verdad debe ser el fin último del universo. La verdad ordenadora de todas las cosas será, así, el criterio conforme con el cual se han de juzgar todas las proposiciones: lo propio del sabio es “contemplar principalmente la verdad del primer principio y juzgar de las otras verdades”, para desde dicha contemplación “impugnar las falsedades” (Santo Tomás de Aquino: Summa contra gentiles, I, L. I, 1), pues es también necesario refutar el error y no sólo meditar la verdad. La sabiduría no consiste en un chato conocimiento de ciertos tecnicismos filosóficos y teológicos, sino en una comprensión profunda de lo real, que nos permite juzgar bien, entender el mundo que nos rodea y compartir dicha comprensión con nuestros contemporáneos.
Veritas et Bona nació para aportar un pequeño grano de arena en la formación de los fundamentos del conocimiento de unos pocos, sobre lo que es verdadero y bueno, sobre los fundamentos de la dignidad de la persona a la luz de la Doctrina Social de la Iglesia. Nos aventuramos ahora a un proyecto más ambicioso, que apunta al mismo objetivo, pero con un público más amplio, con autores externos y toda la motivación para poder tener impacto en todo el continente. Contamos con su apoyo para la difusión de este proyecto: nuestra revista Suroeste.
¡Viva Cristo Rey!
Este domingo, Solemnidad de Cristo Rey, coincide con la fecha en que tendrán lugar las elecciones presidenciales, parlamentarias y de consejeros regionales en nuestro país. Para preparar este evento, les proponemos la siguiente reflexión de nuestro investigador, Vicente Hargous, sobre política, materias opinables y el Reinado social de Cristo, tal como lo enseñó Pío XI en su encíclica Quas Primas.
Doquiera el Rey de reyes, levántese un altar,
a Dios queremos en nuestras leyes,
en las escuelas y en el hogar.
Privilegiado el fiel católico que ha escuchado estos viejos versos sonar en su parroquia. Se trata de una canción muy nuestra ―muy chilena―, de contenido entrañable y con un regusto a esa catolicidad que se hallaba profundamente incorporada en el carácter de nuestra patria hasta hace unas cuantas décadas. La melodía de esta canción fue tomada del himno de los Estados Pontificios: Noi vogliam Dio, che è Nostro Re! ―Queremos a Dios, que es nuestro Rey. También en México se cantaba con la letra del «Tú reinarás, este es el grito»: «Reine Jesús por siempre, reine tu Corazón, en nuestra patria, en nuestro suelo». Todas estas canciones denotan algo que ya parece perdido en la vida cristiana de nuestros días: la radical unidad de vida del catolicismo ―incompatible con la pusilánime actitud de esconder la fe en los recónditos rincones de la vida privada o la subjetividad de la conciencia individual―, la proyección de la propia fe en la vida pública, la comprensión de la gracia santificante como sobreelevación de lo natural y, en definitiva, el Reinado social de Jesucristo. El pueblo cristiano se daba cuenta de que no es posible para el católico separar tajantemente la fe de nuestras decisiones políticas, y el Magisterio Pontificio había reconocido dicha intuición mediante la doctrina de Cristo Rey, sobre todo en la encíclica Quas Primas, de Pío XI.
Es cierto que muchas veces ha habido abusos al respecto: personas nominalmente católicas que, de hecho, en nombre de Dios han promovido causas abiertamente incompatibles con la fe, como la lucha de clases o la revolución del proletariado. Muchos católicos, en consecuencia, se ponen en guardia cuando escuchan hablar de Cristo Rey como algo más que un reinado meramente espiritual, sin ninguna repercusión sobre las estructuras temporales. Piensan que esas actitudes llevan a mezclas indebidas, a clericalismos que no respetarían la libertad de las conciencias de los fieles o la autonomía de las realidades temporales (pues todo lo político ―no digamos ya lo económico― se encontraría dentro de los inmensos e indeterminados dominios de lo opinable). Sin embargo, la separación total no es real, ni es posible, ni es lo que enseña y ha enseñado siempre la Iglesia. Por otro lado, hoy ocurre lo contrario, pues sin duda vivimos en tiempos que podemos llamar laicistas: cada vez se hace más fuerte la apostasía pública, el ateísmo social que busca borrar del mapa la sola mención de Dios en el espacio público. Aun así, muchos católicos prefieren dejar de lado este aspecto y buscar el bien común dejando a la religión de lado.
Este espinoso asunto es una manifestación más de la permanente tensión entre gracia y naturaleza. Lo perfecto no anula lo imperfecto, sino que lo eleva y lo lleva a su propia plenitud: sin dejar de ser lo que era, le da una nueva forma de ser. Así ocurre con la gracia que nos eleva a la condición de hijos adoptivos (¡pero reales!) de Dios, sin dejar por eso de ser imágenes de Dios y animales racionales por naturaleza. Los asuntos temporales, por eso, no se ven perturbados como por un injerto extraño cuando se dice que Cristo ha de reinar sobre ellos, sino que de esta manera llegan a alcanzar de modo más pleno su propio fin. El bien común que nos trae Cristo y la paz de Cristo no se oponen al bien común o a la paz temporal, y sería absurdo que se opusieran. Por el contrario, como señalaba Pío XI: «no hay medio más eficaz para restablecer y vigorizar la paz que procurar la restauración del reinado de Jesucristo» (Pío XI, Quas Primas, 1)1 Esta idea ya la había sostenido Pío XI en su encíclica Ubi Arcano: Síguese, pues, que la paz digna de tal nombre, es, a saber, la tan deseada paz de Cristo, que no puede existir si no se observan fielmente por todos en la vida pública y en la privada las enseñanzas, los preceptos y los ejemplos de Cristo: y una vez así constituida ordenadamente la sociedad, pueda por fin la Iglesia, desempeñando su divino encargo, hacer valer los derechos todos de Dios, los mismo sobre los individuos que sobre las sociedades. En esto consiste lo que con dos palabras llamamos Reino de Cristo. .
Existe una autonomía relativa de las realidades temporales, y así lo reconoce hoy la Iglesia. Pero quizás el énfasis en dicha autonomía nos ha llevado al extremo de separar totalmente las dos esferas. La legítima o justa autonomía no significa autonomía total, y no sería posible que así sea, porque la realidad es una: no existe una persona creyente que sea distinta de la persona que vota o trabaja. Con una sola inteligencia participamos del conocimiento con que Dios se conoce ―mediante la virtud de la fe― y comprendemos un problema matemático. Un mismo yo es el que recita el Credo y el que debate sobre la protección nacional de la salud.
Por cierto, sería absurdo proclamar, por ejemplo, la defensa de un único sistema de pensiones que sea el sistema de pensiones católico, de aplicación inmutable y universal, o una definición católica para ordenar el tránsito por la derecha. Lo opinable, en ese sentido, es real, pero no tanto por su materia, cuanto por su indeterminación. Muchas cosas no están absolutamente determinadas por la ley natural ni por ley divina, por lo que admiten diversas soluciones justas, y para tales casos se debe prudencialmente discernir qué es lo mejor, teniendo en cuenta las circunstancias del caso. Pero el margen de apreciación mediante la prudencia no excluye la posibilidad de que algunas soluciones excedan todo límite y sean injustas: este sería el caso en que ya no sean determinaciones de principios de la ley natural o divina, sino abiertas contradicciones con ellas y, por tanto, rechazos a la soberanía de Cristo en cuanto legislador nuestro.
Pues bien, en nada se opone una recta comprensión de la autonomía relativa de las realidades temporales al Reinado social de Cristo. Él debe reinar, no sólo espiritualmente ni sólo en sentido metafórico, sino que «también en sentido propio y estricto le pertenece a Jesucristo como hombre el título y la potestad de Rey» (Pío XI, Quas Primas, 6). No es una forma de decir, sino una verdad de fe. Por compartir con el Padre una única Esencia Divina, le corresponde a Cristo «poseer también como el Padre el mismo imperio supremo y absolutísimo sobre todas las criaturas» (Pío XI, Quas Primas, 6). Es más, «erraría gravemente el que negase a Cristo-Hombre el poder sobre todas las cosas sociales y políticas (rerum civilium), puesto que el Padre le confirió un derecho absolutísimo sobre las cosas creadas, de tal suerte que todas están sometidas a su arbitrio» (Pío XI, Quas Primas, 8).
Todo esto cobra especial relevancia cuando se comprende que las vicisitudes políticas no corren por vaivenes más o menos azarosos ni se conforman a partir de hechos aislados, sino que el mundo sobrenatural está presente precisamente en este mundo, en la historia. Y por tanto, que esto no es una mera «batalla cultural» contra unos cuantos ideologizados, ni contra el marxismo en sus diversas manifestaciones, pues no se trata de un conflicto meramente temporal. Nuestro combate y nuestra crisis son sobre todo espirituales. Los católicos sabemos que Dios es el Señor de la Historia, que quiso instaurar todas las cosas en su Hijo, Cristo Rey del Universo, que quiere que todos los pueblos abracen la recta doctrina y se sometan a su suavísimo imperio2 Cfr. Misa de la Solemnidad de Cristo Rey, Oración Colecta, forma extraordinaria del rito latino. Y también sabemos que el enemigo busca por su parte no sólo la condenación de las almas individualmente, sino también la apostasía de los pueblos y naciones.
La primera vuelta de estas elecciones tendrá lugar en la Solemnidad de Cristo Rey3 Nos referimos al nuevo calendario litúrgico. Si, como dice León Bloy, «la casualidad es la Providencia de los imbéciles», podemos estar seguros de que no es una mera coincidencia. El poder de un voto es pequeño… es más, es estadísticamente irrelevante. Pero por el ejercicio de ese poder habremos de responder ante Dios, del que procede toda potestad. No como quien busca adivinar la voluntad de las mayorías, sino como quien busca sinceramente en conciencia ―teniendo en cuenta las circunstancias del caso―, lo que es mejor para nuestra patria, el bien común, especialmente respecto de aquellos bienes «no negociables»: la vida, la familia y la libertad de los católicos y de la Iglesia. Que cada uno vote en conciencia no significa que pueda prescindir de estos bienes fundamentales a la hora de votar. Ese pequeño voto debe ser una de las armas con las que militamos en las filas de Cristo para restaurar su Reinado en nuestra patria ―el retorno del Rey que figurara Tolkien en su obra maestra―, nuestro modo de gritar con todas nuestras fuerzas: ¡viva Cristo Rey!
Barómetro Constitucional: lo último de la Convención
Les compartimos esta nueva sección que hemos llamado «barómetro constitucional». Cada mes informaremos si la Convención Constitucional respeta el Estado de Derecho, y daremos cuenta de los riesgos en que se encuentran el derecho a la vida, la familia, los derechos sobre educación y la libertad de culto. A continuación les dejamos nuestro reporte de este mes de octubre y la primera semana de noviembre, que considera los discursos iniciales de la apertura oficial de la discusión constitucional y la primera semana de funcionamiento de las Comisiones permanentes.
Derecho a la vida

En contra:
- Muchos convencionales han dado sus discursos de apertura con pañuelos verdes y han sido muy enfáticos en los “derechos de las mujeres”, los “derechos sexuales y reproductivos”, el lenguaje inclusivo y no sexista, la referencia a una “constitución feminista” y al “derecho a decidir sobre nuestro propio cuerpo”, lo que manifiesta claramente el empeño que pondrán ciertos sectores por instaurar el derecho constitucional al aborto. Entre otras, destacó el discurso de apertura de Dayyana González, quien señaló que “como mujeres feministas defenderemos un Estado antipatriarcal y antiracista; los derechos reproductivos y sexuales para todos, todas y todes: que se escuche bien: ¡defenderemos el derecho al aborto!”. Esta frase recibió un fuerte aplauso por parte del pleno.
- En la opinión pública el tema ha estado igualmente muy presente. Preocupa especialmente la columna de la profesora Alejandra Zúñiga publicada el 5 de noviembre en El Mercurio: “Argumentaré brevemente que, como mínimo, la nueva Constitución debiera reconocer en el catálogo de derechos humanos, los derechos sexuales y reproductivos y, en particular, el derecho al aborto, de la siguiente manera: “La ley garantizará y regulará la interrupción voluntaria del embarazo”.
A favor:
Si bien varios convencionales de Vamos por Chile han hecho referencia a la protección de la vida del que está por nacer, fueron una minoría con respecto al total.
Conclusión:
Si consideramos que esta es la postura de muchos convencionales, podemos especular que en el debate de fondo es altamente probable que se presenten y sean ampliamente apoyadas las propuestas en favor de un derecho al aborto en la nueva Carta Fundamental.
Familia

En contra:
- Constante énfasis en los conceptos de “diversidades y disidencias” y en la autonomía progresiva de los niños.
- Además, existe una alta probabilidad de que sea atacada la familia mediante la figura de los “coordinadores de transversalización”. Esta ya se aprobó y en 5 comisiones temáticas se eligieron a los convencionales que ocuparán los cargos. Esto representa el gravísimo riesgo de que se considere obligatorio según el Reglamento General (art. 90) incorporar ciertos asuntos o corregir aquellas normas que se estime que vulneran la perspectiva de género, el enfoque en derechos humanos, la inclusión, etc. Además, el inciso final del artículo 90 da por supuesto que se deberán implementar estos enfoques.
- En la Comisión de Principios se está comenzando a alcanzar consenso en torno a la idea de aprobar que “las familias” son el núcleo fundamental de la sociedad. Entre los 18 constituyentes que integran la Comisión de Principios hay al menos 8 que apoyan esta idea. “Se debe trascender la noción de familia, trascender la noción monoparental clásica. Por lo tanto, se debe hablar de familias en plural, aceptando con esto que hay diversidad en esa área” (Alvin Saldaña). “La actual Constitución no solo no se adecua a los tiempos en los que vivimos, sino que difícilmente permite abrir paso al cambio de paradigma en el que estamos hoy, donde también las comunidades y las personas están al centro del funcionamiento de las instituciones, el Estado y la sociedad” (Lisette Vergara).
A favor:
Hubo convencionales que en sus discursos de apertura dieron especial importancia a la familia y se refirieron a su defensa. Con todo, es importante destacar que ni siquiera en esos casos hubo referencias al contenido normativo específico del concepto de familia, como una estructura natural conformada por un hombre y una mujer ordenada a la procreación.
Conclusión:
Parece que ya contamos con suficientes elementos para pensar que lo más probable es que en la nueva Constitución no solo no se reconozca la familia natural, sino que incluso se aprueben normas que atentan contra ella.
Educación

En contra:
- Diversos convencionales no dejaron lugar a dudas, a través de sus discursos de apertura, de su pretensión para otorgar primacía al Estado en educación, en perjuicio de la libertad de los establecimientos educacionales privados. Asimismo, la educación sexual se ha puesto sobre la mesa como tema a incorporar en la nueva Constitución y como una bandera de lucha que para muchos convencionales es una prioridad no negociable.
- Bastantes convencionales han puesto mucho énfasis en el derecho a la educación y ―aunque no se hayan referido directamente, a favor ni en contra, a la libertad de enseñanza o de educación― manifestaron un concepto de educación que le otorgaría más primacía al Estado y que eventualmente podría poner barreras a la libertad de establecimientos educacionales privados. César Valenzuela, por ejemplo, aludió en su discurso de apertura a unas “falsas dicotomías que se han intentado presentar en este espacio: creemos en la libertad y creemos en el valor del esfuerzo. Y es justamente por ello que debemos hacer transformaciones estructurales. Hoy la libertad es una mentira, porque está absolutamente condicionada a la capacidad de pago”. Una afirmación ciertamente bien intencionada, pero sin embargo claramente contraria a la libertad de enseñanza. Asimismo, la educación sexual ―entendida bajo cierto prisma ideológico y como un derecho irrenunciable de los niños (con independencia de la voluntad de los padres)― se ha puesto sobre la mesa como tema a incorporar en la nueva Constitución.
- El miércoles 3 de noviembre se rechazó una propuesta del convencional Squella para que se recomiende informar a los padres de los niños que se inscriban para participar en audiencias públicas de esa comisión. Cabe destacar que ni siquiera se quería establecer como una obligación el pedir permiso a los padres, sino como una mera recomendación de informarlos, y aun así fue rechazada. Luciano Silva sugirió que los padres estuvieran informados sobre que los niños fueran a exponer y que dieran autorización, pero no fue tomado en cuenta. Beatriz Sánchez, por su parte, sostuvo que tenían un mandato de que los niños participaran, y que por ello la comisión no se podía negar a la solicitud de participación ni involucrarse en las dinámicas familiares.
- Luciano Silva fue de los convencionales que le dio mayor relevancia, con un discurso de apertura notable. Otros convencionales invocaron a Dios expresamente en muchos discursos. El 19 octubre diversas denominaciones religiosas presentaron una declaración acerca de la necesidad de que sea reconocida la libertad religiosa en la nueva Constitución, con todas sus aristas.El 20 de octubre convencionales de diversos sectores, del distrito de la Araucanía, enviaron una carta al diario El Mercurio en la que condenaron la quema de iglesias en la zona durante la semana del 18 de octubre.El 29 de octubre tuvo lugar en la Convención un acto oficial de conmemoración del día de las iglesias evangélicas.
A favor:
Algunos convencionales de Vamos por Chile le dieron un lugar especial en sus discursos de apertura al derecho de los padres de educar a sus hijos y la libertad de enseñanza.
Conclusión:
No tenemos suficiente evidencia a estas alturas para afirmar que la nueva Constitución vaya a eliminar la libertad de enseñanza ni el derecho preferente y deber de los padres de educar a sus hijos, pero sí es altamente probable que se introduzca un cambio de paradigma que ponga al Estado en el centro, y no a los padres ni a la sociedad civil.
No tenemos suficiente evidencia a estas alturas para afirmar que la nueva Constitución vaya a eliminar la libertad de enseñanza ni el derecho preferente y deber de los padres de educar a sus hijos, pero sí es altamente probable que se introduzca un cambio de paradigma que ponga al Estado en el centro, y no a los padres ni a la sociedad civil.
Libertad religiosa

A favor:
- Algunos convencionales hablaron en defensa de este derecho. Si bien no podemos decir que está asegurada su protección, al menos no hubo ataques explícitos, como en el caso de la familia o la vida.
- Luciano Silva fue de los convencionales que le dio mayor relevancia, con un discurso de apertura notable. Otros convencionales invocaron a Dios expresamente en muchos discursos.
- El 19 octubre diversas denominaciones religiosas presentaron una declaración acerca de la necesidad de que sea reconocida la libertad religiosa en la nueva Constitución, con todas sus aristas.
- El 20 de octubre convencionales de diversos sectores, del distrito de la Araucanía, enviaron una carta al diario El Mercurio en la que condenaron la quema de iglesias en la zona durante la semana del 18 de octubre.
- El 29 de octubre tuvo lugar en la Convención un acto oficial de conmemoración del día de las iglesias evangélicas.
En contra:
Isabel Godoy en su discurso de apertura se manifestó en contra del cristianismo: “¿cómo vamos a adorar a un Dios que fue impuesto con tortura y muerte?”.
Conclusión:
De todos los bienes fundamentales en riesgo en este proceso constitucional, este es probablemente el menos amenazado de todos. Es cierto que nada nos asegura que vaya a ser protegido, pero sí se aprecia una defensa contundente y, por otro lado, no ha habido intervenciones relevantes que se manifiesten expresamente en contra de este derecho.
Estado de Derecho

En contra:
- La Mesa de la Convención y muchos convencionales, en el inicio oficial del proceso constitucional y en conmemoración de los dos años del llamado “estallido social” ensalzaron con alusiones románticas los delitos del 18 de octubre de 2019 y de los días siguientes, al menos con el pretexto de que a ellos se debe el proceso constitucional. La condena a la violencia fue uno de los temas centrales en la derecha y la centro izquierda. Muchos convencionales hicieron alusión al orden, a realizar cambios en paz, a condenar la violencia, etc. No obstante, ciertos sectores radicales repitieron el ensalzamiento y romantización de los alarmantes eventos del 18 de octubre. Fue frecuente escuchar frases del tipo “gracias a ellos estamos acá”. Además, algunos convencionales se opusieron a sesionar en la Universidad de Concepción porque esta interpuso querellas contra manifestantes que cometieron delitos durante el llamado “estallido social”. La presidenta Loncón habló en defensa de dos weichafe muertos en Cañete, de la misma manera que diversos convencionales a través de una declaración pública, dando así respaldo a la violencia insurreccional y a los atentados ilegales contra el orden público y la paz social.
- Además, la figura de los “coordinadores de transversalización” podría representar un subterfugio que lleve eventualmente a zanjar ciertos temas antes de que siquiera sean debatidos (género, DD.HH., inclusión, plurinacionalidad, etc.). La última semana de octubre se eligieron 5 parejas de coordinadores de transversalización (electos en 5 de las 7 comisiones temáticas). Esta figura resulta en la práctica ser un subterfugio que controla debates de fondo antes de que estos siquiera comiencen. Tales “coordinadores» cumplen la función de comunicarse con otras comisiones temáticas con el fin de armonizar su trabajo con enfoques de derechos humanos, inclusión, plurinacionalidad, género, descentralización, entre otros, durante todo el proceso de discusión constituyente». Con esta herramienta, se abre la posibilidad de que se considere obligatorio, según el art. 90 del Reglamento General, incorporar ciertos asuntos o corregir aquellas normas que se estime que vulneran la perspectiva de género, el enfoque en derechos humanos, la inclusión, etc. Además, el inciso final da por supuesto que se deberán implementar estos enfoques. En efecto, dice el artículo 90:
Mecanismo de transversalización. A efectos de transversalizar los enfoques de derechos humanos, género, inclusión, plurinacionalidad, socioecológico y descentralización en el proceso de la discusión constituyente, cada comisión temática deberá definir dos convencionales, entre los cuales al menos una debe ser mujer, que rotarán cada dos meses para cumplir el rol de enlaces transversales.
Los enlaces transversales se reunirán al menos una vez al mes para dar cuenta de los debates de cada comisión, con el único objetivo de identificar posibles duplicaciones, divergencias o ausencias en relación con los enfoques definidos.
Aquellas duplicaciones, divergencias o ausencias de enfoques que sean identificadas deberán ser comunicadas a las comisiones temáticas en la sesión siguiente para que sean puestas en discusión. El acta de ese debate y resoluciones adoptadas serán comunicadas a las otras comisiones.
Todas estas actas serán publicadas en la página web de la Convención en un apartado diferenciado denominado “Discusión de transversalización”.
Complementariamente, cada comisión temática, junto a la presentación de sus propuestas normativas al Pleno de la Convención, deberá acompañar un informe que incluya el proceso de discusión sobre implementación de los enfoques de derechos humanos, género, inclusión, plurinacionalidad, socioecológico y descentralización, y aquellas duplicaciones y divergencias que pudieren mantenerse entre comisiones.”
Reglamento General: Artículo 90.-
- No se logró presentar la reclamación por la aprobación de los plebiscitos dirimentes en el Reglamento de Participación Popular, ya que no se consiguió la última de las 39 firmas para acudir ante la Corte Suprema.
- El miércoles 3 de noviembre se terminó de discutir y votar el cronograma general de la Convención, el cual adolece de, al menos, 2 irregularidades: 1) inclusión de un eventual plebiscito dirimente y la consulta indígena, sin que se hayan presentado ni aprobado proyectos de ley que los implementen; y 2) aprobación de facto de la prórroga del plazo de los 3 meses en momento distinto al establecido por la CPR.
- El jueves 28 de octubre se requirió a la Contraloría General de la República que se aclare la procedencia de terminar con las remuneraciones del convencional Rodrigo Rojas Vade. La Contraloría, el 3 de noviembre, optó por abstenerse de pronunciarse.
A favor:
La Corte Suprema declaró admisible un recurso de protección interpuesto por convencionales contra la Convención el 28 de octubre, por atentar contra la libertad de expresión al prohibir la discusión de las indicaciones de los reglamentos. Esto no significa nada en cuanto a la resolución de fondo del asunto, pero sí es un signo políticamente relevante, pues se aprecia que la Convención debe someterse a la jurisdicción de los tribunales, incluso en recursos de protección (y no sólo para el caso de la acción de reclamación prevista especialmente en el capítulo XV de la Constitución).
Conclusión:
Se aprecia a pesar de todo el interés de la mayoría de los convencionales, y sobre todo de la mesa, en vulnerar normas procedimentales que se han impuesto a la Convención y en intervenir activamente en sucesos contingentes de política nacional que no son propios de su competencia (en estos casos, además, siempre ha sido en favor de sujetos subversivos que atentan contra el Estado de Derecho).
Superhombre
Les dejamos a continuación una reflexión de nuestro director ejecutivo, Álvaro Ferrer, sobre ciertos dichos del diputado Matías Walker, durante la discusión por matrimonio entre personas del mismo sexo.
Decía Chesterton que si pudiera realizar un solo sermón sería contra la soberbia, vicio que nos ataca no tanto en nuestras debilidades como en nuestras fortalezas (reales o aparentes) y que nos asemeja a los rebeldes demonios. La humildad, su natural antídoto, consiste –como enseña Santa Teresa– en andar en la verdad: la de uno mismo, con sus miserias y defectos, y los pies bien puestos en la tierra. No es fácil. La realidad es dura. Contemplarla y reconocer las cosas como son exige agachar el moño, aceptar, subordinarse, obedecer. Decía Nietzsche que para desembarazarse de la realidad era necesario renunciar a la gramática. El desorden mental y moral es condición para el avance de cualquier ideología. Por ello es que el ideólogo –sea por ignorancia o simplona fatuidad– se rebela frente a todo vestigio de orden. Como un soberbio demonio no quiere obedecer sino mandar, ajustando como sea la realidad al preconcebido y voluntarista molde de su agenda.
La semana pasada, a propósito del proyecto de ley del mal llamado “matrimonio igualitario” se expuso ante la Comisión de Constitución de la Cámara que en realidad dicho proyecto no extiende ni permite el matrimonio a las personas del mismo sexo –no lo iguala– pues deroga uno de sus requisitos de existencia, modificándolo esencialmente, creando así un nuevo contrato que sólo mantiene un nombre. El diputado Matías Walker con impostada solemnidad respondió que “los requisitos de existencia los determinamos nosotros”… Pocas frases condensan y reflejan mejor la renuncia a la gramática: el oficio del legislador ya nada tiene que ver con reconocer y mandar sino con determinar lo que las cosas son y luego imponer, en un empeño prometeico que no se oculta tras el abuso de lugares comunes conformados a la demanda vociferante de la nada pacífica ortodoxia dominante.
Lo mismo ocurre con los proyectos de ley de aborto libre, eutanasia, reforma al sistema de adopción, filiación lesbomaternal, etc.: so pretexto de reconocer ciertas realidades se renuncia y recrea la realidad, extremando la falacia naturalista: el ser no sólo determina el deber ser; éste, ante todo, consiste en desligarse de cualquier “atadura” natural. Así, desde y hasta cuándo hay persona, lo que es el matrimonio, la familia, la filiación, etc., “lo determinamos nosotros”, recreando ex nihilo aquello que se interponga al avance inexorable del progresismo que, habiéndose apropiado de la infalible herramienta de los “derechos humanos”, deja el sello indeleble de la emancipación ilustrada en todo su esplendor.
El febril afán refundacional que prima en la Convención, dispuesto a desembarazarse de toda tradición y regla constituida, es fiel reflejo de la misma renuncia de la cual ya ni se salva el Pueblo, cuyas esperanzas hace rato fueron abandonadas y relegadas por sus autodenominados y excluyentes representantes al mesiánico y revolucionario afán de purgar los males del mundo, de los malos, de los otros (aunque vivan con ellos y como ellos), dando igual que su receta sea un probado fracaso que patea, humilla y escupe a los más pobres y necesitados. ¡Fuera la República, fuera los 2/3, fuera los padres y sus derechos! ¡Fuera todo salvo el Yo y su deseo! (y el todes y la sororidad). El superhombre ha matado a Dios.
Se cosecha lo que se siembra. La ideología –esa realidad paralela y cercenada, cultivada y promovida en determinados púlpitos e instituciones que de universidad tienen bien poco– pasa la cuenta. Erigir la autonomía individual como regla y medida no ha sido estéril. El resabio del original y populista “seréis como dioses” está plenamente vigente. Pero la criatura –también si oficia de parlamentario o convencional– no es ni jamás será Dios. Esta es la porfiada realidad en que renace la esperanza.
Tribunal Constitucional acoge los dos requerimientos contra proyecto de Garantías de la Niñez coordinado por Corporación Comunidad y Justicia
El organismo indicó que deben ser eliminados por inconstitucionalidad los artículos relacionados con la “autonomía progresiva” y el que establecía que el Estado debe brindar una educación sexual “de carácter laico y no sexista”.
Viernes 15 de julio. El día de ayer, el Tribunal Constitucional (TC) dio a conocer que los dos requerimientos contra el proyecto de ley de Garantías de la Niñez, coordinados por nuestra Corporación y presentados por 49 diputados y 15 senadores, fueron acogidos íntegramente por fondo y por forma.
Los artículos impugnados en el documento y declarados inconstitucionales por el TC eran aquellos que se referían al deber del Estado de garantizar una educación sexual y afectiva integral “de carácter laico y no sexista” (artículo 41 inciso cuarto del proyecto de ley), a establecer restricciones excesivas al derecho de los padres a educar a sus hijos en relación a la autonomía progresiva del menor (artículo 11 del proyecto de ley) y a consagrar el derecho de los menores de edad a asistir, promover y convocar reuniones públicas y manifestaciones pacíficas por sí solos (artículo 31 incisos cuarto y quinto del proyecto de ley).
Dichas normas afectan la “preferencia” que la Constitución reconoce a los padres por sobre toda otra persona o institución en el ejercicio del derecho y el deber de educar a sus hijos.
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Emblemas Nacionales
Día de la bandera, día de los héroes de La Concepción. Con ocasión de este aniversario de una de las mayores gestas de nuestra historia, les dejamos una breve reflexión de nuestro investigador, Vicente Hargous, en la cual reivindica nuestros símbolos patrios, cuestionados en días recientes por algunos convencionales constituyentes.
Nuestra Constitución Política ―la cual, a pesar de todo, sigue y seguirá vigente hasta que eventualmente se apruebe en plebiscito el texto que proponga la Convención Constituyente que acaba de entrar en funciones― dice en su artículo 2° que «son emblemas nacionales la bandera nacional, el escudo de armas de la República y el himno nacional». La historia de este artículo dice mucho de las vicisitudes de nuestra Patria durante el siglo pasado: la identidad chilena que se consolidó durante el siglo XIX con gestas heroicas se vio por primera vez amenazada incluso en sus emblemas, durante la segunda mitad del siglo XX.
Celebramos hoy el día de la Bandera Nacional porque es el aniversario del Combate de la Concepción, un hecho de carácter casi legendario, por el martirio épico de 77 bravos soldados del Regimiento 6° «Chacabuco» liderados por Ignacio Carrera Pinto, que dieron sus vidas para mantener en alto la bandera ondeando horadada por las balas. Rodeados por el enemigo, frente a una derrota inevitable, no se rindieron, sino que calaron bayonetas y cargaron al grito del Subteniente Luis Cruz Martínez, de 15 años: «¡Un chileno no se rinde jamás!».
Esa identidad impresa a sangre fue amenazada por la ideología marxista ―de vocación internacionalista por naturaleza, pues la lucha de clases no tiene fronteras―, lo que movió a la Comisión redactora de la actual Constitución a «reafirmar los valores permanentes de nuestra nacionalidad». No fue una medida impuesta por los militares en el poder, sino una salvaguarda de la unidad nacional, necesaria para la estabilidad de la patria y la paz social, que en nada se opone a la riqueza y diversidad de Chile. La unidad es un valor patrio que se debe construir, cuidar y defender, porque «todo reino dividido contra sí mismo quedará desolado, y toda ciudad dividida contra sí misma no subsistirá», como nos recuerda el Evangelio. No podemos darla por supuesta. Lo que nos hace ser chilenos ―por mucho que ciertos iluminados pretendan «refundarlo»― es el compartir unas mismas raíces, una tradición común, y caminar juntos con la conciencia de que tenemos un destino común previsto por Dios mismo.
¿Qué chileno no se emociona con solo recordar aquel himno vociferado en Brasil el 2014 cuando nuestra selección derrotó a España?… ¿Qué pasó desde ese año hasta ahora, que es ofensivo que una banda de niños lo cante en la apertura de la Convención Constituyente? ¿Qué pasó con ese Chile que desde el 2011 comenzó a izar con orgullo su bandera cualquier día del año sobre los techos en las poblaciones? ¿Qué nos pasó, que ahora es ofensiva nuestra nobilísima bandera, que un chileno anónimo rescató embarrada después del terremoto del 27F?
La actual Presidente de la Convención manifestó, como muchos otros miembros de la misma, sus intenciones de refundar Chile, cambiando los emblemas nacionales y la unidad nacional. Nadie niega la riqueza cultural de Chile, y la llamada deuda histórica con el pueblo mapuche de ha sido reconocida por autores como Gonzalo Vial, pero ¿no debe haber algo que nos une dentro de esa diversidad? ¿No es acaso la unidad misma de Chile en torno a una tradición común lo que deberíamos custodiar? Poner en peligro la unidad misma, el alma de Chile, no sólo traería evidentes peligros de secesión y reapertura de heridas, sino que atacaría lo más íntimo, lo que es valioso ―mucho más que la autonomía del Banco Central― precisamente porque es aquello nuestro, de todos, sin distinción entre ricos y pobres, entre santiaguinos y gente de Región, entre derechas e izquierdas. Por impopular que parezca, nuestro Himno Nacional, nuestra Bandera, nuestro Escudo Nacional, merecen ser defendidos en estos momentos difíciles.
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Lo que pasó en el Congreso: Avanza Garantías de la Niñez y Cuidados Paliativos
Durante el mes de junio, nuestro Equipo Legislativo estuvo presente en diversas discusiones, entre ellas, el proyecto de ley de Cuidados Paliativos, el proyecto de Garantías de la Niñez, la Ley Dominga, entre otros. Compartimos un breve resumen del avance de las iniciativas.
GARANTÍAS DE LA NIÑEZ:
Finalmente se aprobó este proyecto, que lamentablemente se entromete en la relación de los padres con sus hijos, vulnerando el derecho y deber preferente de los padres a educarlos, que son los que, en general, pueden promover de mejor manera el interés superior del niño. Como Corporación, presentamos dos requerimientos contra ciertos artículos de la iniciativa: uno en el Tribunal Constitucional con la firma de 49 diputados y otro con 15 senadores en el Senado.
CUIDADOS PALIATIVOS:
Este proyecto fue aprobado en general en el Senado, y ahora continúa su tramitación en particular en la Comisión de Salud del Senado. Esperamos que sea aprobado con el financiamiento necesario para que efectivamente haya cuidados paliativos universales, que son la respuesta realmente respetuosa de la dignidad humana, frente a una situación de enfermedad y dolor.
LEY DOMINGA:
La Sala del Senado aprobó de forma unánime un proyecto de ley que establece medidas de acompañamiento a los padres que sufren la muerte de un hijo en etapa gestacional. Entre otras medidas, consagra más días de permiso laboral para vivir este duelo.
MATRIMONIO ENTRE PERSONAS DEL MISMO SEXO:
Este proyecto fue aprobado por la Comisión de Constitución del Senado, y se espera que durante las próximas semanas se vote en general en la Sala del Senado.
Corporación Comunidad y Justicia presenta requerimientos contra el proyecto de Garantías de la Niñez
Los fundamentos del requerimiento se basan en que los preceptos impugnados vulnerarían el derecho preferente de los padres a educar a los hijos, y otras garantías constitucionales como la libertad de conciencia, la libertad de enseñanza y la igualdad ante la ley; además de no haberse respetado ciertas normas de quórum en la votación en el Congreso.
A pocos días de que se le enviara al Presidente de la República el proyecto de Garantías de la Niñez para su promulgación, Corporación Comunidad y Justicia presentó dos requerimientos contra ciertos artículos de la iniciativa: uno en el Tribunal Constitucional con la firma de 49 diputados y otro con 15 senadores en el Senado.
Los artículos impugnados fueron aquellos que se referían a la constitución del deber del Estado de garantizar una educación sexual y afectiva integral “de carácter laico y no sexista” (artículo 41 inciso cuarto del proyecto de ley), a establecer restricciones excesivas al derecho de los padres a educar a sus hijos en relación a la autonomía progresiva del menor (artículo 11 del proyecto de ley) y a consagrar el derecho de los menores de edad a asistir, promover y convocar reuniones públicas y manifestaciones pacíficas por sí solos (artículo 31 incisos cuarto y quinto del proyecto de ley).
Dichas normas invierten la “preferencia” que la Constitución reconoce a los padres por sobre toda otra persona o institución en el ejercicio del derecho y el deber de educar a sus hijos, por lo que no sólo atenta en contra de las garantías constitucionales ya mencionadas si no con el deber del Estado de proteger y promover las relaciones de familia.
Puedes leer la nota de La Tercera en el siguiente enlace.
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