Author : Comunidad y Justicia

«El pesebre y la condición humana» por Cristóbal Aguilera

Les dejamos a continuación la columna del miembro de nuestro directorio Cristóbal Aguilera publicada el 24 de diciembre en El Líbero.

Desde que comenzó el período de Adviento, junto con mi familia hemos decidido rezar todas las noches delante de un pesebre que hicimos con palitos de helado. Y, como ya es tradición, después de un par de oraciones les cantamos una canción a Jesús y otra a María. Mientras entonamos la primera canción, mi hijo mayor de 4 años se ha acostumbrado a tomar la figurita del niño y mecerla en sus manos. La escena –como es obvio– me ha conmovido y me ha tenido pensando durante estos días: un niño pequeño se imagina tener en sus brazos a un niño aún más pequeño al que reconoce como su Dios. La canción –una típica oración de niños– termina así «Jesusito de mi vida (…) te doy mi corazón, tómalo, guárdalo, tuyo es, mío no».

La escena del pesebre es aplastante. Como decía Chesterton, de algún modo condensa las paradojas del cristianismo: «que las manos que habían hecho el sol y las estrellas eran demasiado pequeñas para alcanzar a tocar las enormes cabezas de los animales». Un golpe de humildad, de realidad. Una revelación de nuestra condición humana.

Pero vivimos en un mundo que justamente se rebela ante nuestra condición de criaturas. ¿Caer a los pies de un niño, de un pobre niño cuya autonomía ni siquiera ha progresado? ¿Reconocer a ese recién nacido, que luego se dejaría golpear sin oponer resistencia, como nuestro Dios? ¿Qué tiene de Dios esa pobre criatura que ni siquiera encontró lugar en el mundo para nacer? ¿Ante ese pequeño debemos decir, junto a su Madre, «henos aquí, esclavos del Señor»?

La tentación de la protesta, de la indignación, de intentar desatar unas aparentes cadenas, siempre ha estado presente. El demonio fue astuto al tentar así a Eva y Adán: «seréis como dioses». La absolutización del yo es un imán que nos tira hacia nosotros mismos. Un imán que nos hunde, que nos ensimisma, como buscando en nuestro propio ser las respuestas a las preguntas existenciales que a todo hombre inquieta, como intentando descubrir en nuestra mera subjetividad un criterio objetivo de la verdad, del bien, como susurrándonos que somos nosotros mismos la causa y medida de todas las cosas.

¿Pero qué podemos encontrar en nosotros mismos? Ni aun en las cosas más básicas de la vida somos autónomos, independientes, autárquicos. Incluso para llegar a pensar necesitamos a los demás, pues alguien debe enseñarnos un lenguaje. Intentar desprendernos de todo, no reconocer nada más que nuestro propio yo, solo provoca frustración; la frustración de quien busca algo que no existe, y que por eso jamás lo encuentra. El hombre puede erigirse a sí mismo como el punto central del universo, puede crear ídolos que le obedecen y que siempre están disponibles pues él es su causa, puede llegar a decir «Yo soy el individuo» y nada más, pero la sentencia a esta doctrina ya está escrita en el último verso de aquel poema parriano: «Pero no: la vida no tiene sentido».

La vida, sin embargo, sí tiene sentido. Y el individuo es, de hecho –como decía Robert Spaemann– «un todo de sentido». Pero esto solo es posible de comprender en la medida en que aceptamos que nuestra radical individualidad, el ser quienes somos, únicos e irrepetibles, es el primer regalo que hemos recibido. Frente a la indignación y protesta, la autonomía y revancha, la alternativa es la gratitud. La gratitud es, en efecto, el sentimiento, la actitud, la disposición del espíritu que, poco a poco, nos permite descubrir la maravilla de nuestra condición de criaturas, junto con el sentido más profundo de la existencia.

Pero la escena del pesebre da un paso más allá. Nos muestra, en efecto, algo más por lo cual agradecer: los cristianos creemos en un Dios al que no le bastó con darnos este mundo y nuestra vida, sino que quiso ser Él mismo (también hoy) el principal regalo. Nos hallamos ante un misterio insondable, un don gratuito e inigualable, que nos lleva a encontrar nuestra propia dignidad en un niño pequeño, a quien podríamos incluso tomar en nuestros brazos, pero en quien podemos encontrar el sentido absoluto de nuestra vida y depositar todas nuestras esperanzas.

Navidad: «Evangelio de la vida y cultura de la muerte» por Vicente Hargous

Les dejamos a continuación esta columna publicada por El Líbero el 24 de diciembre escrita por nuestro asesor legislativo Vicente Hargous.

Fue aprobado en general en la Cámara de Diputados el proyecto de ley de eutanasia, eu-thanasía (“buena muerte”), que ahora está siendo discutido en particular en la Comisión de Salud. Mucho se podría decir desde el punto de vista técnico acerca de este proyecto (que, de aprobarse en su estado actual, sería la ley de eutanasia más liberal del mundo). Pero es más importante (aunque menos urgente) reflexionar acerca del punto de fondo en discusión: se enfrentan dos visiones antagónicas del hombre, del mundo y de lo trascendente. La eutanasia implanta una cultura de la muerte que renuncia a responder al problema del dolor. Este consiste en una pregunta que es fundamental para incrédulos y creyentes: la pregunta por el sentido de la existencia. ¿Qué sentido tiene vivir, si hay sufrimiento? La eutanasia es la forma más rotunda de rendición frente a esta pregunta: la vida no tiene sentido más allá del placer, o al menos de la ausencia de dolor (que sería la experiencia suprema del sinsentido).

Uno de los argumentos que se suele esgrimir para, eufemismos aparte, permitir matar directamente a una persona inocente mediante la eutanasia, es que lo importante no es la vida, sino la “calidad de vida”. Más allá del tufillo economicista de esta expresión, ella borra de un plumazo la dignidad intrínseca de toda persona: la vida no sería algo valioso por sí mismo, sino algo subordinado a un cierto control de “calidad”, a un cierto margen que la haría digna de ser vivida. La vida, en consecuencia, pasa a ser algo instrumental al placer, al poder o a la producción.

El argumento más frecuente es el de la autonomía, la independencia, la autarquía. Ya no se habla de libertad (que incluye la orientación al bien), sino de autonomía: darse la ley a uno mismo, ordenarse a uno mismo. —“Está bien que usted crea lo que quiera, pero no me imponga a mí esas creencias, yo exijo que me maten”. Eufemismos al margen, una vez más, esto significaría que existe un derecho a la muerte. ¿Puede ser racional que una persona tenga por naturaleza —es decir, como dirección final hacia su propia plenitud— un derecho a autodestruirse?… La persona se ve como un núcleo de autonomía separable de la vida misma, haciendo de ella un bien de consumo, disponible.

¡Qué contraste el de esta visión nihilista con la cristiana! Estas fechas, en que el mundo celebra la Navidad, es decir, el nacimiento de Jesús de Nazareth, hacen resonar hasta los confines de la tierra el pregón de Dios que nos busca con locura. Se trata, como todo cumpleaños, de festejar la vida. Nos alegramos por el hecho de que el Lógos haya tomado parte en el entramado de la Historia, de nuestra Historia, hecho en todo igual a nosotros, menos en el pecado: la debilidad, el llanto, el dolor, el frío, la pobreza… todo ha sido asumido por el Dios hecho hombre. El comienzo del Evangelio, eu-angelion (“buena noticia”), viene dado por el primer triunfo del amor y la vida, que prefigura la victoria definitiva sobre el pecado y la muerte. Los pañales en que lo envolvió su Madre y la mirra regalada por los sabios orientales anuncian su sepultura: ya en el nacimiento vemos una prefiguración de su muerte y de todo el Misterio Pascual. Este acontecimiento es una fiesta de alegría, pero que viene adornada por la pobreza, el frío y las dificultades que enfrentó la sagrada familia. Justamente en el dolor y la pobreza se afirma la primacía de la vida y el amor (“tanto amó Dios al mundo que envió a su Hijo Unigénito…”). La Navidad no es la fiesta de la opulencia de los malls, sino del nacimiento de quien siendo rico se hizo pobre por nosotros.

Ciertamente, hay que discutir estos asuntos de cara a los no creyentes, sin recurrir a datos revelados, pero los católicos podemos también comprender estos problemas a la luz de nuestra fe. Jesús nacido en Belén nos recuerda con su pobreza que la calidad de vida no es lo más importante, que la vida es valiosa por sí misma, pero también nos deja entrever en el Misterio de su vida una verdad impresionante: Él ha decidido libremente tomar forma de siervo, ponerse a disposición nuestra, hecho un Niño inerme por amor a nosotros. Es abismal el contraste con el ideal contemporáneo de la autarquía, que no ve a la vida ningún sentido más allá de las propias decisiones. Él se hace dependiente y necesitado, niño y pobre, recordándonos el valor de lo pequeño, del servicio y de que el sentido no viene dado por tener el control sobre todos los asuntos de la propia vida. El sentido de la vida, como la vida misma, es algo que nos viene impreso desde afuera al haber sido creados por Dios, no una dirección que nos damos autónomamente. El dolor y la muerte son misterios que no podemos comprender, pero que Dios mismo quiso asumir, encarnándose para padecer por nosotros (¡y con nosotros!) y para nuestra salvación, de la que podemos participar entrando en comunión con Él.

“El misterio del hombre sólo se esclarece en el Misterio del Verbo encarnado” (Gaudium et Spes, 22). El pueblo cristiano se arrodilla frente a un Niño nacido pobre e indefenso, inútil a ojos del mundo, improductivo, sin “calidad de vida” (que podamos decir eso de Dios mismo muestra lo absurdo de esta expresión), pero es precisamente Él quien nos muestra lo más esencial de la vida y de lo que estamos llamados a ser, en cuanto personas: apertura a los demás. La Navidad nos recuerda la primacía de la lógica del don y de la gratuidad por sobre la autarquía egoísta, junto con el misterio del sentido que se le encuentra al sufrimiento a la luz de la fe.

«Familia y Subsidiariedad» por Cristóbal Aguilera

Les compartimos esta carta publicada el 19 de diciembre en La Tercera escrita por el miembro de nuestro directorio Cristóbal Aguilera.

Señor Director:

En su columna de ayer en La Tercera, Pablo Ortúzar se refiere a la preocupante situación de la familia. Los factores que explican su deterioro son diversos: la cultura individualista que impera, las condiciones laborales que deben soportar los padres, entre otros. A la vez, la clase política ha ido olvidando la importancia social de la familia: ¿cuántos senadores o diputados realmente piensan que la estabilidad de la comunidad política depende de la estabilidad de la comunidad familiar?

Ortúzar termina refiriéndose al rol subsidiario del Estado en esta materia. Normalmente –y por culpa de la tergiversación de este principio– se piensa que este rol significa mera ausencia y abstención. Sin embargo, si bien es cierto que el Estado no debe –ni puede– suplir a la familia en la consecución de sus fines, el rol subsidiario cobra su mayor sentido cuando se enfatiza –como lo hace Ortúzar– en su faz positiva: el Estado debe ayudar, asistir a las familias para que efectivamente cumplan sus fines.

El fortalecimiento de la familia es el principal y más urgente desafío que enfrenta nuestra sociedad. Y, en medio del debate constitucional que vivimos y los cambios que se avecinan, no hay mejor aliado para realizar este desafío que el principio de subsidiariedad.

Eutanasia y Pandemia

Les compartimos esta carta publicada el 17 de diciembre en El Mercurio firmada por nuestro Director Ejecutivo Álvaro Ferrer junto a el Director Ejecutivo del Instituto Res Pública José Francisco Lagos y el Presidente de Chile Siempre Tomás Bengolea

Señor Director:

En el medio de la pandemia –situación en que todos cuidamos escrupulosamente nuestras vidas– en la Cámara de Diputados se discute el proyecto de ley de eutanasia (o muerte digna, con un eufemismo). Por un lado, entonces, alejamos la muerte con todos nuestros esfuerzos, incluso renunciando a nuestras libertades. Por el otro, la acercamos, como si fuera la mejor solución. Pensábamos que con la pandemia íbamos a aprender a valorar la vida. Pensábamos mal.

Tomás Bengolea
Presidente Fundación ChileSiempre

Álvaro Ferrer
Director Ejecutivo Corporación Comunidad y Justicia

José Francisco Lagos
Director Ejecutivo Instituto Res Pública

«La mejor parte» por Cristóbal Aguilera

Entre Ensenada y Puerto Varas, sumergido en un paisaje notable y hermoso, se encuentra un Monasterio de Adoratrices Perpetuas del Santísimo Sacramento que con mi familia tuvimos la oportunidad de conocer durante febrero. Viven ahí alrededor de veinte monjas, cuya única razón de existir es, como el nombre de la orden lo sugiere, alabar a Jesús Sacramentado. Llevan en Chile más de veinte años, y reciben diariamente a los visitantes que desean conocerlas con una sonrisa que no es de este mundo. Es difícil aguantar las lágrimas de emoción al ver a mujeres jóvenes y alegres (algunas viejas, pero también alegres, y más), entregadas por completo a una “causa” tan desconcertante como inútil. ¡Tanto bien podrían hacer si se decidieran a salir y enfrentar el mundo!

Pero Dios les dio una vocación inútil. En efecto, ellas no hacen nada, desde el punto de vista material, por superar los innumerables males que aquejan a este mundo. No cooperan a que el país se desarrolle y progrese. Pareciera que no han comprendido que el bienestar es aquello que, en los tiempos actuales, el mundo reclama. ¿Realmente no les atormenta la pobreza, la prostitución, el hambre, la trata de personas? Santa Teresa de Calcuta era monja, y eso no le impidió entregarse por entero a los pobres. ¿Por qué ellas no pueden hacer lo mismo? ¿Acaso no tienen un espacio en ese monasterio para acoger a algún alma necesitada?

Es normal que muchos se inquieten con estas preguntas. Tal vez todos deberíamos hacer un esfuerzo por ir a visitarlas, pues aquella sonrisa con que reciben a los necesitados (no de lo material, sino de lo espiritual), como diría un amigo, haría que todos los criminales del mundo sepan que en realidad están perdonados. Es que es una sonrisa que no es el resultado de las comodidades modernas, sino de la alegría que colma Cristo cuando llena el alma. Ellas tienen claro, como lo tenía María (y tal vez luego Marta), qué es lo realmente importante, pues solo una cosa es necesaria, y estas monjas, como aquella mujer del Evangelio, han escogido la mejor parte.

De pronto nos hemos olvidado que este mundo no solo requiere de fuerzas naturales, sino que también, y con la misma intensidad que siempre, aunque quizás con más urgencia que nunca, de fuerzas sobrenaturales. Ninguna sociedad ni cultura puede, como recientemente lo recuerda Francisco en Querida Amazonia, humanizarse sin la gracia de Dios y, fundamentalmente, sin la Eucaristía. Ellas han escogido, en efecto, la mejor parte, pues se pasan la vida adorando el Santísimo Sacramento, que no es un pan ácimo glorificado, sino que es el mismo Cristo escondido tras aquella especie. Pero su aporte no es solo hacernos llegar aquella fuerza sobrenatural, sino también su estar inútilmente en este mundo. Necesitamos, como decía Spaemann, volver a la convicción, como sociedad toda, de que ellas han escogido la mejor parte (¡de que hay una mejor parte!) y de que nosotros también podemos hacerlo, cada quien en su lugar.

«Individualismo vs Gratitud» por Cristóbal Aguilera

Les dejamos a continuación esta carta escrita por nuestro miembro del directorio Cristóbal Aguilera publicada el 11 de diciembre en La Tercera

Señor director:

Pablo Ortúzar escribió una magnífica columna en este medio, criticando el culto a la soberanía del individuo. Quisiera ofrecer dos comentarios a la idea de que la vida consiste en un “regalo que se vive entre todos”. Muchas cosas hemos recibido gratuitamente: este mundo, nuestros brazos, el viento y la nariz que adorna nuestros rostros. Pero el principal de todos es nuestra existencia, el ser quienes somos. Un primer contrapunto a la idea de la autosuficiencia, es reconocer que nosotros mismos somos un don, el primero que hemos recibido.

Lo segundo es que este regalo, nuestra vida, solo es posible comprenderla si asumimos nuestra natural condición social. Aquello que gratuitamente hemos recibido, estamos llamados a darlo gratuitamente a los demás. Esto no solo significa que nuestra máxima realización consiste en la donación a los demás, sino que esta donación es también el mayor bien social.

Para despegar la mirada, y abrirnos a un horizonte verdaderamente humano -es decir, verdaderamente social-, es necesario tomarnos en serio la idea de que nuestra vida es un don que hemos recibido y que el mejor modo de agradecerlo es compartirlo con los demás.

Entrevista a Rosario Corvalán

Damos la bienvenida a la nueva integrante del equipo. Se trata de Rosario Corvalán, quien formará parte del área legislativa de la Corporación. Te invitamos a conocerla en la siguiente entrevista.

Partamos por lo fundamental ¿Quién es Rosario Corvalán? Cuéntanos de ti: qué es lo que te define, qué cosas son importantes para ti, qué te gusta hacer, etc.


Tengo 25 años, soy la tercera de cuatro hermanos. Soy viñamarina y cuando salí del colegio me vine a estudiar Derecho a Santiago. Para mí es importante la gente que quiero, disfrutarlos y disfrutar la vida; creo que está llena de cosas buenas. Me fascina la música y también me gusta mucho el teatro. A pesar de que para el deporte soy mala (mi deporte favorito es caminar lento) me encanta mochilear, hacer paseos al aire libre, dormir en carpa, conocer lugares y personas nuevas.

¿Cómo fue tu aterrizaje a Comunidad y Justicia? Cuéntanos cómo conociste a nuestra Corporación, cómo fue el proceso de contratación y cómo ha sido las primeras semanas de trabajo.


Fue acogedor, entretenido e intenso. Desde marzo para mí todo había sido online y tener un día presencial con el equipo fue una excelente forma de empezar. La Corporación la conocí por mi hermana, que trabajó aquí y le gustó mucho, y por la presencia de CyJ en los medios. Para entrar tuve una entrevista telefónica con Álvaro Ferrer, una por zoom con Cristóbal Aguilera y otra por zoom con un psicólogo laboral. Esta primera semana ha sido de mucha expectación; tratar de irme conectando con los temas que se están viendo, de ir captando cómo se trabaja, ver comisiones del Senado con la Dani para saber cómo funcionan, participar de reuniones, estar atenta a la contingencia política del país.

¿Y qué te llevó a postular a este trabajo? ¿Qué cosas te motivan de Comunidad y Justicia?


Me llama muchísimo la atención participar de algún modo en las discusiones que se están dando y las decisiones que se están tomando en Chile. Una vez tuve la oportunidad de ir a una comisión del Congreso y me di cuenta de que el trabajo de asesor legislativo es muy entretenido, dinámico y en que se aprende mucho. De Comunidad y Justicia me motiva el compromiso profundo con la dignidad de cada persona. El que haya un objetivo de ese tipo en un equipo le da una mística muy especial.

Llegas a una de las áreas más reconocidas de Comunidad y Justicia. ¿Cuáles son los desafíos para el área que se vienen por delante?


Hay muchos proyectos de ley que CyJ está siguiendo y en los que está tratando de influir. El de garantías de la niñez me parece que es uno de los grandes desafíos actuales y quizás de los más polémicos este último tiempo. Es un proyecto que restringe de forma desproporcionada el derecho y deber preferente de los padres a educar a sus hijos, que imbuye a la familia en un lenguaje jurídico a mi parecer innecesario y ajeno a la comunidad familiar, que desconoce que -en la mayoría de los casos- son los papás los que saben qué es lo mejor para sus hijos. A mediano plazo, creo que en lo constitucional también habrá un desafío muy grande para el área legislativa de Comunidad y Justicia. Se discutirán muchos temas directamente vinculados con los derechos fundamentales de las personas.
En lo personal me llaman especialmente la atención los temas relacionados con infancia, la eutanasia y el aborto. Además, me encantaría participar en algún proyecto de reinserción o derechos de las personas que están en la cárcel, si se da la oportunidad.

«A Misa por YouTube» por Juan Ignacio Brito

Les dejamos a continuación esta columna escrita por nuestro miembro del directorio Juan Ignacio Brito publicada el 09 de diciembre en La Tercera.

Este fin de semana volverá a haber confinamiento general en Santiago y las iglesias estarán cerradas de nuevo. El gobierno considera una serie de excepciones para restoranes, pequeños negocios y comercio callejero, e incluso estudia la posibilidad de retrasar el toque de queda diario, postergando asimismo el horario de término del transporte público. La UDI, que celebra su elección interna este sábado, podrá realizarla sin problemas, pues ha conseguido la autorización para llevar adelante el proceso. Mientras, el bloque opositor Unidad Constituyente obtuvo un permiso similar para sus primarias del domingo 20.

Sin embargo, pese a que las excepciones se multiplican y a que la libertad religiosa está expresamente resguardada por la Constitución y las leyes, las iglesias deberán permanecer clausuradas durante los fines de semana (y con aforo mínimo de lunes a viernes), privando otra vez a los fieles del culto dominical.

Ministros y autoridades justifican las excepciones sobre la base del respeto a los derechos ciudadanos y la urgencia económica por la que atraviesan sectores golpeados por la pandemia. No obstante, a ninguna autoridad se le ocurre que el contacto con la trascendencia también es una necesidad humana. Además, parecen no querer saber, como lo pudo comprobar cualquier persona que asistió a misa en las últimas semanas, que los párrocos han sido muy cumplidores con las normas sanitarias relativas al distanciamiento entre fieles, aseo de manos con alcohol gel, uso de mascarillas y reducciones del aforo.

Altos funcionarios han señalado como principal responsable del rebrote a las actividades imprudentes de algunos segmentos de la población. Estas no han sido oportunamente fiscalizadas, pese a que el gobierno posee atribuciones para hacerlo. El timing de esta incipiente segunda ola hace que no sea descartable que las aglomeraciones registradas durante el plebiscito del 25 de octubre y las masivas celebraciones posteriores tengan que ver con el aumento de contagios. Nadie ha mencionado al culto religioso como uno de los motivos por los cuales hemos vuelto a una situación difícil. No es en las parroquias donde surge el rebrote.

No obstante, las iglesias volverán a cerrar. Quizás se deba también a que nuestros obispos no han sido capaces de hacerse oír frente a las autoridades. Parece evidente que los que han obtenido excepciones son los que se han quejado. La Iglesia, que hace algunos años fue la voz de los sin voz, ahora no emite palabra para acabar con esta sequía que acongoja a sus fieles y los priva de los sacramentos. Como en el Chile actual el que no llora no mama, la consecuencia de esta mezcla de indiferencia de la autoridad y silencio episcopal es que el domingo volveremos a ver la misa por YouTube.

«San Pedro y San Pablo» por Álvaro Ferrer

Les dejamos a continuación esta columna de opinión escrita por nuestro Director Ejecutivo Álvaro Ferrer publicada el 07 de diciembre en Controversia

Imagino la siguiente escena en el Palacio (cualquier conexión con la realidad es simple coincidencia):

Un encumbrado asesor –de esos que no pisan la tierra, sino que pululan en un inalcanzable segundo piso–, con más agitación que reflexión, sugiere al Mandatario una genial idea: instituir un nuevo día feriado como Día Nacional de los Pueblos Indígenas. Explica que la conexión con la contingencia es total y permite alinearse con quienes tienen mejor derecho que el resto de los ciudadanos para integrar la futura Convención Constituyente. Añade -como expresión de su tacto estético- que la bandera chilena ya no es la más vendida y que otra, la indígena (aunque secundada por la del arcoíris), flamea con más fuerza en la Plaza Baquedano -perdón-, Plaza de la Dignidad.

El Mandatario -que ya manda re poco por pecados de acción y de omisión- reflexiona un momento (es decir, hace cálculos). El año tiene 365 días, el 2021 habrá 25 feriados -5 por elecciones- lo cual deja 340 fechas disponibles. El dilema es restar o sumar (porque el ser o no ser de Hamlet no aplica, se funda en principios). Se detiene.

El asesor, inquieto ante la duda, vuelve a la carga. Sabe bien que los mejores argumentos son los números. De los 20 feriados no eleccionarios hay 10 religiosos y el 90% son de la Iglesia Católica. Es demasiado. El 10%, añade, es para los evangélicos. El sonido de esa cifra provoca cierta descompensación en el Mandatario… El asesor, advirtiendo la debilidad, sugiere otro 10% y lo fundamenta -como todo 10%- en simple ideología: hay que quitar al que tiene más y dar al que tiene menos, con mayor razón si se trata de la Iglesia Católica. Además, quitarles a los católicos tiene costo cero: les queman las Iglesias y no pasa nada. Bueno, arden las redes sociales y sus pastores -que con ayuda de la Gracia logran abrir la boca- llaman al diálogo. Sí -confirma el asesor con cierta expresión burlesca-, no pasa nada.

El Mandatario ya no duda. Se barajan opciones. Mejor no tocar Semana Santa ni Navidad porque afectaría el comercio. Tampoco las solemnidades Marianas porque probablemente muchas Marías integrarán la mitad de la Convención. Queda el 28 de junio. Y se salva el feriado bancario. La decisión es impecablemente ortodoxa. No se diga más.

Se propone al Congreso, se refunde con otros proyectos que circulan con ideas parecidas, uno de ellos de un Senador de RN. Éxito total: aprobado con la unanimidad de los miembros presentes, uno RN y otro UDI. No aumentaron los costos y no hubo división en el sector.

Perdonarán mi febril imaginación. Puedo estar seguro que esta escena jamás ocurrió. Es imposible tanta frivolidad, ¿cierto?

Aterricemos entonces. No es dogma que tales o cuales fechas sean feriados en el calendario nacional. Sustituir la festividad de San Pedro y San Pablo es algo opinable. El día feriado es una fecha simbólica. Pero es precisamente por eso que el símbolo que viene del Palacio resulta groseramente imprudente.

Hasta la realidad más sencilla tiene una dimensión visible y otra invisible. Es aquí donde radica lo determinante, lo que hace que las cosas sean lo que son, porque “lo esencial es invisible a los ojos”, como dice el Principito (que bien podría dar algunas lecciones de mando al Mandatario). Y los símbolos son la clave: el símbolo es un signo expresivo que revela una realidad más allá del objeto material inmediatamente significado. Nos remiten a ella, nos vuelcan la mirada a lo esencial. Así ocurre con algunas fechas, por ejemplo. Las fechas simbólicas no son reproducción de un suceso sino evocación de un más allá –“revelación de lo Infinito a través de lo finito”, como pensaba Carlyle-. La finalidad de ellas no es tanto señalar lo que merece reconocimiento sino prevenir sobre lo que no debe ser olvidado. Estas fechas son el salvavidas de nuestra memoria e identidad, no la moneda de cambio para apaciguar reivindicaciones vociferantes y lograr la pasada de un especulador.

Por eso se trata de festividades donde celebramos la memoria que aún no hemos perdido. Conviene entonces recordar la advertencia de Nietzsche: “no es muestra de habilidad organizar una fiesta, sino el dar con aquellos que puedan alegrarse en ella”. La alegría de una fiesta no se impone por decreto ni “porque sí”. Corresponde al reconocimiento de un don inmerecidamente recibido, como el sacrificio de los patriotas o el martirio de los santos. Así, las festividades simbólicas ayudan a reconocernos como lo que somos: deudores de benevolencia inmerecida. De este modo, la expresión más necesaria de un día feriado -aunque resulte herética para el pragmatismo de Palacio- es el culto al Creador.

Decía Chesterton que el mundo moderno está organizado en relación a la más obvia y urgente de todas las preguntas, no tanto para responderla erróneamente sino para evitar del todo que pueda responderse. Esa es la pregunta del origen y el destino. Como dijo Jaime Guzmán (fundador del partido que ahora se sube al carro por la derogación de la fiesta de San Pedro y San Pablo): “sin ello, todo lo demás pierde su sentido más profundo, su norte u orientación”. Es la pregunta sobre Dios. Dudo que la sustitución de una festividad religiosa contribuya a responderla.

«Brindemos por la Conciencia» por Mons. James Conley

Les dejamos a continuación la traducción a un excelente artículo escrito por Monseñor James Conley, Obispo de la Diócesis de Lincon en Nebraska. El texto, escrito a raíz de las opiniones de ciertos Obispos durante el Sínodo de la Familia del año 2014, tiene plena actualidad. Agradecemos a la Revista «First Things» por permitirnos reproducir aquí esta iluminadora reflexión.

En su libro “Carta al duque de Norfolk”, el beato John Henry Newman sugiere valientemente que la religión nunca debe ser el tema de los brindis sociales después de la cena. Pero, dice, «si me veo obligado a llevar la religión a los brindis después de la cena, beberé –por el Papa, si le complace– sin embargo, primero por la Conciencia y por el Papa después».

Newman prometió beber primero por la conciencia antes que por el Papa porque creía firmemente en la primacía de la conciencia. Newman entendió que la conciencia impone una obligación, que la integridad personal dicta el deber humano fundamental de escuchar la voz interior de nuestra conciencia y de seguir sus demandas.

El primado de la conciencia se ha convertido en un tema de discusión en el Sínodo Ordinario de los Obispos sobre la Familia, que ahora tiene lugar en Roma. La cuestión es qué deben hacer los creyentes cuando la conciencia parece sugerir una desviación de la doctrina católica, y cómo deben responder los pastores y obispos. Esta pregunta es especialmente relevante para los debates sobre la recepción de la Eucaristía por parte de los católicos divorciados y vueltos a casar, y sobre el cuidado pastoral adecuado de los católicos en las relaciones del mismo sexo.

Newman creía que la modernidad había dejado de escuchar la voz real de la conciencia; citándola en su lugar para validar las elecciones libertinas. Decía que un verdadero sentido de conciencia había sido «reemplazado por una falsificación», a fin de hacer valer el «derecho a la voluntad propia».

Cuando sus contemporáneos hablaban de la conciencia, Newman decía que “en ningún sentido se refieren a los derechos del Creador, ni al deber hacia Él, en pensamiento y obra, de la criatura; sino el derecho de pensar, hablar, escribir y actuar, según su juicio o su humor, sin pensar en Dios en absoluto. . . [La conciencia] se convierte en una licencia para tomar cualquier religión o ninguna, para tomar esto o aquello y dejarlo ir de nuevo «.

El tiempo de Newman no es muy diferente al nuestro. Y la conciencia “falsa” parece haberse alojado hoy entre los creyentes fieles, que se sienten cómodos al explicar que su integridad exige que rechacen las enseñanzas de la Iglesia. Hoy, en la vida de la Iglesia, muchos creyentes afirman que su conciencia contraviene el Evangelio. Que la conciencia les exija usar o recetar anticonceptivos. O ignorar las obligaciones de la indisolubilidad matrimonial. O complacer las inclinaciones sexuales desordenadas.

Pero la conciencia nunca puede obligar a una persona a actuar en contra del precepto divino. De hecho, la conciencia es, como escribió Newman, «la voz de Dios», un canal de comunicación divina, «el vicario aborigen de Cristo». Newman entendió que la conciencia revela la ley de Dios, que es un «profeta» que prepara el alma en el camino del Señor.

Newman también entendió que los pastores tienen la obligación de ayudar a los fieles a escuchar la conciencia, comprender su voz y responder a ella. Newman comprendió que la conciencia no es fácil de escuchar. Su voz, escribió, «puede sufrir refracción al pasar al medio intelectual de cada uno». Y sabía que escuchar la conciencia requiere santidad y una guía seria.

Newman aconsejó que el hombre que busca seriamente escuchar la conciencia “debe vencer ese espíritu mezquino, poco generoso, egoísta y vulgar de su naturaleza, que, al primer gesto de una orden, se opone al Superior que la da, preguntándose a sí mismo si no está acaso él no estaría excediendo su derecho, y se regocija, en un asunto moral y práctico para comenzar con escepticismo. No debe tener la determinación voluntaria alguna de ejercer el derecho a pensar, decir, hacer lo que le plazca, la cuestión de la verdad y la falsedad. . . siendo simplemente descartado «. La tarea de los pastores, según él entendía, era ayudar a sus rebaños en la tarea de autoexamen y verdadero discernimiento. La tarea de los pastores es ayudar a los fieles a comprender que la conciencia nunca puede contradecir la verdad.

Una guía pastoral de ese tipo puede parecer severa, pero, para Newman, era completamente necesaria. En opinión de Newman, validar un falso sentido de la conciencia sería una especie de negligencia pastoral; le robaría al creyente la oportunidad de escuchar la voz de Dios.

Desafortunadamente, las discusiones del sínodo revelan que un sentido falso de la conciencia parece informar la opinión de algunos líderes eclesiales, que sienten que deben apoyar las decisiones tomadas «en conciencia», incluso cuando esas decisiones contravienen la verdad revelada. Esto no es nada nuevo. En las postrimeras de la Humana Vitae, el apoyo pastoral a la “conciencia falsa” fue rampante. Pero la consecuencia de reprimir e ignorar la voz de Dios, la conciencia auténtica, se confirma en los bancos vacíos y en los seminarios menguantes en los lugares donde la “disidencia consciente” fue más desenfrenada.

Hoy, en el sínodo, la Iglesia discute el respaldo total a la conciencia falsa. Ese respaldo sería desastroso, especialmente para aquellos a quienes sus pastores les enseñarían a ignorar el poder salvador del precepto divino.

Un católico que cree que la conciencia realmente podría anular el Evangelio, ha abandonado la fe en la normatividad de la ley divina y su contribución al florecimiento humano. Y un pastor que no instruye a una conciencia equivocada, parece haber olvidado que las apelaciones a la falsa conciencia no ofrecerán protección en el juicio final.

Por supuesto, el proceso de formación de la conciencia lleva tiempo. Una persona que comienza en oposición al Evangelio puede muy bien llegar a ser obediente con gratitud. Y los pastores deben ayudar con el proceso de discernimiento, por mucho que sea necesario. Pero los pastores también deben ser claros: ciertas decisiones realmente pueden convertir a un católico fuera de los límites de la comunión eclesial, con las implicaciones que ello conlleva. Nuestras decisiones, incluso hechas apelando a una conciencia informe, siempre tienen consecuencias en esta vida y consecuencias en la próxima.

«La obediencia a la conciencia conduce a la obediencia al Evangelio», escribió Newman, «que, en lugar de ser algo completamente diferente, no es sino la culminación y perfección de la religión que enseña la conciencia natural». La conciencia es un don y una gracia. Como Newman, antes de brindar por alguien más, debemos beber por ese regalo, y luego debemos ayudar a los creyentes a escuchar la “voz apacible y delicada” del Señor en nuestros corazones.

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