«Lo que está bien de lo que está mal en el mundo» por Ignacio Suazo
Reseña del libro «Lo que está mal en el mundo», de G.K. Chesterton, para el primer número de nuestro boletín formativo «Veritas et Bona», al cual puedes suscribirte aquí.
Hace mucho que no leía a Chesterton. Para aquellos que tenemos formación en ciencias sociales y llevamos –quizá– demasiado tiempo leyendo informes pulcros y ordenados, leer a este escritor y apologeta puede resultar desconcertante: es irónico, refinado, abunda en recursos literarios y el orden lógico no parece ser una de sus prioridades. Tal vez por esto último es que las primeras palabras del libro las dedica a los sociólogos y su habilidad para diseccionar problemas conocidos y aceptados por todos, sin dar solución alguna.
El libro, por supuesto, se dedica a algo más que ha criticar el oficio del sociólogo (aunque lance dardos contra mi profesión a largo de todas sus páginas). “Lo que está mal en el mundo” es fundamentalmente un diagnóstico de la sociedad moderna. “Lo que está mal –dice el propio autor– es que no nos preguntemos que está bien”. En otras palabras, el escritor se queja del poco tiempo que dedica la gente a polemizar sobre los fines que deben conducir la vida ¿Y cuál son estos “ideales sociales”, como el mismo escritor lo llama, que deberían movilizarnos? Para Chesterton no es más que una cosa: el hogar.
Sin duda es una dulce palabra: hogar. Un sitio que sentimos como propio. Si no es la salvación a nuestros problemas, al menos es un bien querido y anhelado por todos, transversalmente. Es en torno a este concepto-eje, que nuestro notorio polemista comienza a criticar la sociedad de su época. Al hacerlo, toca temas que nunca pasan de moda: la corrección política (p. 8), la obsesión por el futuro (p. 11), lo masculino (p. 38), una sociedad funcionalizada y basada en el trabajo (p. 44) o la naturaleza de la educación (pp. 83 y 85).
El libro está dividido en breves ensayos relativamente independientes unos de otros, por lo que el lector con poco tiempo puede ir directamente a las páginas destacadas, que en mi humilde opinión son las mejor logradas. De hecho, al comienzo del libro, me sentía como un conejo haciendo pequeñas cuevas y saltando al rato a otro hoyo para empezar la tarea otra vez. Con el correr de las páginas, no obstante, me di cuenta de mi error: en realidad, las cuevas estaban conectadas por abajo por túneles aún más profundos. En efecto, Chesterton va desarrollando hábilmente un argumento en torno a la idea de hogar, saltando de un tema a otro tras cada uno de estos textos.
«En su búsqueda de hacer un diagnóstico del mundo buscando los primeros principios de un orden justo, Chesterton termina haciendo un diagnóstico en plena sintonía con la Doctrina Social de la Iglesia. Ella misma nos recuerda que los problemas “valóricos” y los “sociales” no son más que dos caras de una misma moneda.»
El escritor inglés propone que sin una casa que padre, madre e hijos puedan sentir como propia, difícilmente estos lograrán sentirse “como pequeños dioses”; personas dignas y dignificadas. El hogar, a su vez, difícilmente se convertirá en una realidad sin el acceso a la propiedad, por pequeña que esta sea. El argumento no es nuevo y de hecho, es tratado en la encíclica “Mater et Magistra” (párrafos 104 y 113), recomendada en nuestro boletín de este mes.
El dilema del hogar y la propiedad recorre todas las páginas del texto, pero es desarrollado genialmente en las discusiones entre Hudge y Gudge (pp. 28, 116 y 118). Hudge representa lo que sería un típico empresario liberal afiliado al partido conservador inglés, mientras que Gudge sería lo más graneado del socialismo progresista.
A su modo, ambos socavan las raíces de la familia: el primero, defendiendo condiciones laborales que aplastan la vida familiar y el segundo, sencillamente renunciando al ideal de familia. Las condiciones descritas en el libro son sin duda diferentes a las que tenemos casi un siglo después, a varios miles de kilómetros de distancia del escritorio de Chesterton. Pero en sus lineas generales, son descripciones pavorosamente similares a nuestra realidad actual.
“Lo que está mal en el mundo” no es un libro sobre Doctrina Social de la Iglesia (DSI). Esta ni siquiera es mencionada en el libro. Pero en su búsqueda de hacer un diagnóstico del mundo buscando los primeros principios de un orden justo, Chesterton termina haciendo un diagnóstico en plena sintonía con la DSI. Ella misma nos recuerda que los problemas “valóricos” y los “sociales” no son más que dos caras de una misma moneda. Negar una de sus dos dimensiones (como a su modo hacen Hudge y Gudge), no hará más que agudizar los problemas que padece el mundo moderno.
Mater et Magistra: una reflexión
Les dejamos a continuación el análisis que nuestro investigador, Ignacio Suazo, preparó sobre esta Encílica de San Juan XXIII para el primer número de nuestro boletín formativo, Veritas et Bona. Pueden suscribirse a esta nueva iniciativa de Comunidad y Justiciaaquí.
El año 1961, el entonces Papa, Juan XXIII, promulgó una encíclica poco antes de la inauguración del Concilio Vaticano II (CVII). Tal vez por eso, este documento papal no tuvo la difusión ni el impacto que han tenido otros documentos magisteriales. Sin embargo, como veremos, se trata de un texto de enorme riqueza.
En este documento se pueden distinguir dos partes: una en que intenta sistematizar los principales puntos de las encíclicas sociales anteriores y otro en que responde a los principales desafíos contemporáneos.
El Papa Juan XXIII identifica al menos cinco ideas presentes en las encíclicas de sus predecesores:
1) La economía requiere de una oportuna intervención estatal, en aras de la justicia y basada en el principio de subsidiariedad (51-58).
2) la importancia del bien común en tiempos de una creciente interdependencia planetaria (59-67).
3) La estimación del salario debe considerar criterios de justicia: este debe dar lo suficiente para una vida digna (73-77; 82-84), debe ayudar a generar una cierta igualdad dentro de los países (78-79) y en el orden internacional (80-81).
4) Se debe aspirar a que los trabajadores tengan una participación en la empresa (91-96) y colaboren con el empresariado y la actividad económica en asociaciones, como sindicatos (97-103).
5) La propiedad privada nace de la misma naturaleza humana, por lo cual la Iglesia defiende el derecho a poseerla (109-112). Justamente por su importancia, es fundamental permitir que la mayor cantidad de personas posibles puedan poseer algún patrimonio (113-115). Lo anterior no impide que el Estado pueda poseer y administrar propiedades, si es lo mejor para el bien común (116-118). No se debe olvidar que la propiedad tiene una función social: aquellos que tienen, deben compartir sus bienes con aquellos más desfavorecidos (119-121).
En la segunda parte, el Papa destaca tres temas contemporáneos: la importancia de revalorizar el mundo agrícola (123-156), la solidaridad como respuesta a la desigualdad entre países ricos y pobres (157-184), el llamado problema de “desnivel entre la población y los medios de subsistencia” (185- 199) y los desafíos de una mayor colaboración en el plano mundial (200-211).
Como punto de fondo a estos tres temas, la encíclica recuerda el rol que juega la religión en general y la Iglesia en particular en el desarrollo. El llamado “Papa bueno” indica enfáticamente que el sentido religioso es natural al hombre y no habrá paz ni justicia sin la religión (214-217). En esa línea, el documento hace una profética advertencia: un exacerbado desarrollo técnico, unido a un pobre desarrollo espiritual, lleva a un debilitamiento del sentido de dignidad humana (242-247).
Juan XXII advierte de otra vulneración a la dignidad humana: la santificación de las fiestas. El Papa señala la importancia de que las personas dejen el primer día de la semana para dedicar tiempo al descanso y al cultivo de los bienes espirituales. (248-253).
Si el progreso sin Dios produce distorsiones, el trabajo en el mundo, cuando está arraigado a la Gracia, es más fecundo: “Así el trabajo humano se eleva y ennoblece de tal manera que conduce a la perfección espiritual al hombre que lo realiza y, al mismo tiempo, puede contribuir a extender a los demás los frutos de la redención cristiana y propagarlos por todas partes” (259).
“Mater et Magistra” fue escrita hace casi 49 años. Sin duda, muchas cosas han cambiado. Sin embargo, hay aspectos de este documento que no dejan de interpelar. En primer lugar, en como hace frente al miedo neo-malthusiano; al temor que el desarrollo económico no sea suficiente para sostener a la creciente población. Parecen ser miedos de otra época, pero lo cierto es que los llamados derechos sexuales y reproductivos (que se traducen en acceso universal a anticonceptivos y aborto a demanda) se hacen eco a esta inquietud. La Iglesia responde afirmando la importancia de la familia y el matrimonio, al tiempo que recuerda que Dios da todo lo necesario para que sus hijos vivan dignamente. Si esto no ocurre, es justamente por habernos alejado del recto uso de estas cosas (199).
Otro aspecto que resulta interpelador es la advertencia sobre el peligro de un desarrollo técnico sin Dios. Probablemente ni el mismo Juan XXIII imaginó en que devendría esto y hasta qué punto se puede negar la naturaleza humana: clínicas especializadas en abortos, refinadas técnicas eutanásicas, desarrollo de tratamientos de reasignación de género, criopreservación de embriones humanos, etc. No puede pasar desapercibida la conexión que el Papa del CVII hace entre la ciencia y la defensa del tercer mandamiento. Puede ser una buena pista para hacer frente a la avalancha secularizadora en la que ya nos encontramos envueltos. Puede ser incluso, una buena clave en una mejor comprensión de la libertad religiosa hoy.
Estos aspectos nos recuerdan lo siempre actual que resulta ser la DSI. Por tratarse de principios perennes, siempre tendrán algo que decirnos sobre la realidad humana.
Destaca, además, una segunda faceta: la armonía que existe entre la moral social y la individual. En boca de muchos, es como si la Iglesia debiera optar entre la opción preferente por los más pobres y una vivencia tradicional de la sexualidad. No es esto lo que ocurre en “Mater et Magistra”. Los temas más relevantes de la encíclica sin duda son los sociales: el salario, la desigualdad entre países ricos y pobres, etc. No obstante, existe una suerte de marco que permite ordenar ese desarrollo correctamente: la primacía de los bienes espirituales, la importancia del matrimonio y la santidad de la vida, por nombrar los principales.
Desconocer este orden natural y objetivo, conlleva un crecimiento desordenado. Más aún, inhibe el desarrollo: como se advierte entre los párrafos 203 y 205, la interdependencia entre los pueblos y las personas no ha sido mayor en parte por la desconfianza que existe entre países y entre personas ¿Cuáles son las causas de esta desconfianza? En último término, el desconocimiento de un orden moral objetivo, de modo que el concepto de “justicia” se ve relativizado. Sin ética, se debilitan los vínculos. Sin vínculos, se ve socavado el desarrollo. Quienes pagan estas consecuencias son, por supuesto, los más pobres.
En resumen, “Mater et Magistra” es una encíclica que vale la pena leer. Sintetiza el magisterio anterior en unos pocos puntos prácticos y visualiza de forma general, pero increíblemente certera, el mundo post CVII. Sin duda, un gran texto para aproximarse a la DSI.
«Matrimonio y prioridades» por Claudio Alvarado
Destacamos la Carta al Director de este lunes 6 de julio escrita por Claudio Alvarado en El Mercurio, en la cual responde a la carta publicada por Pablo Simonetti el domingo 5 de julio.
Señor Director:
Pablo Simonetti tiene razón cuando sugiere que varias discusiones recientes (como la filiación homoparental), hasta ahora tratadas en forma parcelada, debieran ser integradas en el debate legislativo acerca del matrimonio. Efectivamente es en ese contexto (y no en tribunales ni en leyes puntuales) donde debiéramos deliberar acerca del mejor modo de comprender las diversas aristas del Derecho de Familia.
Simonetti se equivoca, sin embargo, al asumir que se trata simplemente de “avanzar” con rapidez en estas materias, como si sus puntos de vista se identificaran necesariamente con las soluciones más justas o adecuadas. Por un lado, tras estas discusiones subyacen profundas disputas teóricas y prácticas acerca de las relaciones entre sexualidad, afectividad y la vida familiar (basta pensar en el estatus en que quedan la paternidad y la maternidad si se separan radicalmente esas dimensiones). Por otro lado, hoy no es el momento de realizar exhortaciones a ninguno de los poderes del Estado. Más bien todos debiéramos comprender e incentivar que tanto el Ejecutivo como el Congreso prioricen la solución de las urgencias que ha traído consigo la pandemia.
Hay aspectos sanitarios, económicos y también políticos (como el plebiscito fijado para octubre) que no pueden esperar. Ya llegará el momento de debatir otros temas.
Claudio Alvarado R.
Director ejecutivo IES
«Filiación de hijos de parejas del mismo sexo» por 100 abogados
Les dejamos una Carta al Director gestionada por nuestra ONG y firmada por un centenar de abogados. Entre ellos figuran los profesores Ignacio Covarrubias, María Teresa Hoyos y Jaime Alcalde. La carta fue publicada el domingo 5 de julio por La Tercera. Este medio sólo alcanzó a recoger las primeras 87 firmas, pero fue apoyada luego por otros 13 abogados.
SEÑOR DIRECTOR
La reciente aprobación del proyecto de ley de filiación de hijos de parejas del mismo sexo -al igual que los polémicos casos judiciales que establecieron doble maternidad y paternidad- constituye un hecho grave que atenta contra el orden jurídico y la esencia de la familia como institución natural anterior al Estado. Las relaciones de filiación, de paternidad y de maternidad, no son creaciones arbitrarias de la voluntad humana. Tampoco se trata de relaciones puramente emocionales o pragmáticas. La realidad antropológica de la diferencia y complementariedad sexual tiene como correlato moral y jurídico la relevancia de un padre y una madre en la crianza y educación de cada niño.
Nuestro ordenamiento jurídico siempre ha reconocido esto. Así lo hace con el artículo 183 del Código Civil, donde se consagra el principio “mater semper certa est”, que con el proyecto que comentamos se borraría de un plumazo. Los conceptos de padre y madre son pilares insustituibles del Derecho Civil. Por excepción y cuando es imposible la crianza por los padres biológicos, se permite construir una filiación legal o adoptiva, la que sin embargo nunca destruye totalmente los vínculos biológicos, y que asegura el derecho del adoptado a conocer la identidad de sus progenitores. Este derecho ha sido reconocido por el Tribunal Constitucional como un derecho inherente a toda persona.
Resulta grave promover la causa de ciertos grupos de presión instrumentalizando personas e instituciones. No podemos seguir cosificando a los niños, privilegiando a quienes pretenden ser titulares de un “derecho” a tener hijos. Ese derecho no existe. Los niños son personas, no cosas ni medios para reivindicaciones y agendas de adultos. El derecho es otro: el de cada niño a tener un padre y una madre.
01.Ignacio Covarrubias
02.María Teresa Hoyos
03.Mario Correa Bascuñán
04.María Sara Rodríguez
05. Jaime Alcalde Silva
06. Álvaro Paúl
07. Julio Alvear Téllez
08. Cristóbal Orrego
09. Álvaro Tejos
10. Raúl Madrid
11. Álvaro Ferrer Del Valle
12. Francisco Bartolucci Johnston
13. Héctor Riesle
14. Cristóbal Aguilera Medina
15. Antonio López Pardo
16. Carlos Casanova
17. Ximena Pulgar Núñez
18. Héctor Riesle
19. Mauricio Parra González
20. José Joaquín Gonzalez Errazuriz
21. Cristian Bogdanic Werner
22. Doorgal Andrada
23. Gonzalo Guerra Bresciani
24. Beatriz Hevia
25. Beatriz Riveros de G.
26. Felipe Lizama Allende
27. Clemente Huneeus A.
28. Henry Boys Loeb
29. Camilo Cammás
30. Paula Salazar
31. Marcos Jaramillo
32. Benjamín Franzani García
33. Felipe Ross Correa
34. José Miguel Ramos Bascuñán
35. Hernan Gamboa
36. José Tomás Cuevas
37. Agustín Romero Leiva
38. Gerardo Montes Pérez de Arce
39. Sergio Mancilla
40. Mina Huerta Dunsmore
41. Rodrigo Pablo León Pinto
42. Jorge Fuentes
43. Carlos Salazar Sazo
44. Francisco Javier Caballero Germain
45. Matías Pascuali
46. Nicolás Otto Pardo
47. Marco Gelponi Costa
48. Fernando Bruna Mejías
49. Gustavo Delgado Bravo
50. Armando Álvarez Marín
51. María Paz Madrid San Martín
52. René Fuchslocher Raddatz
53. Josefina Jordán Ibarra
54. Pablo Alarcón Jaña
55. Carlos Isler Soto
56.Ivette Avaria
57. Juan Eduardo Iturriaga Osses
58. Dagny Sepulveda Haugen
59. Sofía Huneeus Alliende
60. Gonzalo Ferrada Molina
61. Cristián Heerwagen Guzmán
62. Carlos Castro
63. Yoshie Kato
64. Andrea Íñiguez
65. Luis Fernando Sánchez Ossa
66. Daniel de la Hoz Cerda
67. Carol Fuchslocher Raddatz
68. Felipe Lange
69. Augusto Blume
70. Cristóbal Silva
71. Rodrigo Riquelme
72. Paul Eichwald
73. Rodrigo Ignacio Araneda
74. Mauricio Parra González
75. Maite Monsalve
76. Ignacio Andrés Nanjarí Zúñiga
77. Rafael Domínguez Valdés
78. Luis Felipe Moncada A.
79. Juan Ignacio Velasco Jouanne
80. Claudio Arteaga Reyes
81. Julio Salinas
82. Patricio Solórzano
83. José Manuel Corvalán Durán
84. Jorge Herrera Gabler
85. Cristian Davis
86. Mauricio Scheuch
87. Francisco Dellacasa
Personas que firmaron y no alcanzaron a ser contabilizados por La Tercera:
88. Tomás Sargent
89. Jorge Montero Mujica
90. Jose Miguel Barahona Avendaño
91. Marcela Peredo Rojas
92. Sebastián Guijarro
93. Claudio Pimentel
94. Ignacio Dülger
95. Ana Allen
96. Jorge Héctor Torres Jaña
97. Thomas Ehrenfeld Ivanyi
98. José Manuel Carvallo Torres
99. Francisco Zambrano Meza
100. Íñigo de Urruticoechea
«Los niños y las marchas pacíficas» por María Alicia Ruiz-Tagle
La siguiente carta, publicada este viernes 3 de julio por El Mercurio, es un excelente aporte al debate sobre el Proyecto de Ley de Garantías de la Niñez. La invitamos a leer a continuación.
Señor Director:
Respecto del interesante debate sobre los derechos de los niños y la autorización de estos para asistir a marchas “pacíficas”, quisiera compartir una preocupación.
Todos hemos visto cómo tantas marchas que comienzan pacíficamente terminan no siéndolo, al ser instrumentalizadas por violentistas. ¿Quién asume la responsabilidad por la seguridad de esos niños si sus padres ya carecen de autoridad? ¿Cuánto más se complejizará la acción policial ante la presencia de niños desprotegidos?
La extrema polarización, que tanto daño le ha causado a nuestro país en los últimos 50 años, puede encontrar tierra fértil en esas personitas aún en proceso de maduración. Para un niño vulnerable ir a una gran marcha significa hacerse parte de algo épico, emocionante, donde la adrenalina lo puede llevar a repetir consignas ajenas odiando apasionadamente a quienes se les opongan. Si se vuelve violenta, aún más delirante e inolvidable podrá ser la aventura para un niño aún incapaz de medir los riesgos cuya inmadurez lo puede llevar a tomar, abrazando tempranamente banderas que, sin entender del todo, le hacen sentirse parte de algo más grande, una causa, una tribu.
La temprana ideologización, cuando es principalmente emocional más que racional, se transforma en una especie de fe, una religión contra la cual la razón nada puede. Es un camino filoso que estamos comenzando a ver con formuladores de políticas que confían cada vez más en sus emociones personales para tomar decisiones que deberían basarse solo en la razón y en aquellos marcos legales y jurídicos acordados que son la base de nuestra estabilidad institucional.
Si hasta ahora nos ha costado tanto entendernos, cuando incluso la pandemia y el hambre no han sido razón suficiente para dejar de perder el tiempo en zancadillas y en dispararnos a los pies, incapaces de dejar ideologías de lado para enfrentar la adversidad unidos como nación, ¿qué futuro podemos esperar si dejamos a las futuras generaciones a la deriva sin la orientación y valores familiares? Es cierto que la violencia intrafamiliar es una lacra para el país, pero no es excusa, podemos luchar por erradicarla sin exponer innecesariamente a nuestros frágiles niños.
No sigamos sembrando las semillas de la violencia, soledad y antagonismo. Cuidemos a los niños, que son el futuro de nuestra nación.
«Los tiempos cambian» por Vicente Hargous
Hoy viernes 3 de julio, la sección virtual de opinión de La Tercera publicó una excelente columna de nuestro asesor legislativo, Vicente Hargous
Los tiempos cambian, nos lo dicen cada vez que empieza la trifulca por temas mal llamados “valóricos”. Así como hemos avanzado en tecnología, de la misma manera habría cambiado la moral, y deberíamos reconocer esos cambios. Ayer lo vimos con ocasión del debate en el Senado por el proyecto de ley de filiación de hijos de parejas del mismo sexo (”lesbomaternidad”), y antes se dijo varias veces con ocasión de la sentencia del 2° Juzgado de Familia de Santiago. — ”¡El mundo cambió! ¡Siglo XXI! ¡Tenemos autos y no carretas!”, nos dicen. La sociedad cambió, y esta sentencia sería el hito histórico para reconocer dicho cambio.
Este argumento es muy persuasivo. Es obvio que en nuestra época ha habido un crecimiento enorme del poder de la técnica. Por otro lado, en nuestros tiempos de hecho las personas se están relacionando afectivamente de manera distinta -es innegable que de hecho existen hoy en Chile uniones homosexuales y que algunas crían niños- y que de hecho las leyes positivas en Chile y el mundo han cambiado, pasando a darle reconocimiento público a ciertas estructuras sociales distintas del matrimonio (entre un hombre y una mujer). Nadie pretende negar estos cambios en las leyes positivas ni en la realidad social.
Ahora bien, el punto central de la discusión nunca ha sido sobre lo que de hecho ha cambiado. Por eso, este argumento es falaz. Se trata nada menos que de la famosa falacia naturalista… solo que esta vez (¡paradojas de nuestra época!) la usan precisamente quienes suelen negar la existencia misma de la ley natural. El debate nunca ha tenido como foco un hecho, la pregunta sobre si “los tiempos cambian”, sino sobre una pregunta política, antropológica y ética, una pregunta normativa. La falacia naturalista es lo que se suele criticar con la llamada Ley de Hume, según la cual no puede deducirse una norma a partir de un hecho, es decir, que del ser no se deduce el deber ser. El argumento de los tiempos que cambian cae justamente en eso: de un hecho (sea el cambio de la sociedad, sea el cambio progresivo de las normas positivas que la regulan) se trata de deducir una conclusión normativa moral, que es en este caso el que dos mujeres deben ser llamadas madres respecto de un mismo hijo.
La pregunta es si debe establecerse que dos mujeres pueden ser llamadas madres, si es bueno o no que demos reconocimiento público y protección a una unión que por naturaleza es infecunda (sin perjuicio de que la técnica les permita acceder a tener hijos, como si de un bien de consumo se tratase). Vale decir, la discusión gira en torno a qué es lo mejor. ¿Negaremos el valor de la paternidad en la crianza de los hijos, justamente en la época en que promovemos la corresponsabilidad? Y si fuese una pareja de hombres, ¿negaremos el invaluable aporte de la mujer en el hogar, en estos días en que tanto destacamos ese aporte en la vida política y en el mundo empresarial?
Los cambios sociales son un hecho, pero creer que todo cambio es bueno por sí mismo es, además de ingenuo, un acto de ceguera ideológica que podríamos llegar a pagar muy caro en el futuro.
Declaración pública sobre la aprobación del proyecto de filiación en el Senado
Dejamos a continuación nuestra posición institucional frente a la aprobación en general del Proyecto de Ley de Filiación de hijos e hijas de parejas del mismo sexo por parte del Senado. También puedes descargarla aquí.
El miércoles 1 de julio de 2020 el Senado aprobó en general el “Proyecto de filiación de hijos e hijas de parejas del mismo sexo”.
En Comunidad y Justicia –donde defendemos los derechos humanos desde la Doctrina Social de la Iglesia– creemos que este proyecto desnaturaliza, a todas luces, tanto la relación filial como el significado de la maternidad y la paternidad y, por tanto, atenta contra el Bien Común. La iniciativa pasa por alto una verdad fundamental que el ordenamiento jurídico chileno actualmente reconoce: que un niño nace de la unión de un hombre y una mujer , lo que constituye la esencia de la familia.
Como CyJ reconocemos el derecho que tiene cada niño de contar con un padre y una madre y la unión estable entre ellos. Este es el marco que permite y favorece mayormente el desarrollo de niños integralmente sanos, existiendo buena evidencia dentro de las ciencias sociales que lo respalda. Es por eso que el matrimonio indisoluble es la institución en que más y mejor se realiza el interés superior de los niños de nuestro país, y por ello es un deber de justicia defenderlo, promoverlo y fortalecerlo. Equipararlo con la unión entre dos personas del mismo sexo no hace sino dificultar esta promoción y constituye una injusticia.
En esta misma linea, un proyecto que sólo enfatiza la dimensión emocional como realidad constitutiva de la filiación, ignora la realidad antropológica de la paternidad y la maternidad. Con ello, priva a los niños de un bien insustituible y arriesga traer más inestabilidad a quienes justamente más lo necesitan.
En ese sentido, como CyJ tenemos el deber de reafirmar públicamente nuestro firme y fiel compromiso con el matrimonio y la filiación natural, entendiendo que son los garantes indispensables e irremplazables de la familia y del Bien Común.
«Los niños son… hijos II» por Cristóbal Aguilera
Les dejamos una nueva réplica de Cristóbal Aguilera, director de nuestra Corporación, a Consuelo Contreras por el Proyecto de Garantías de la Niñez. La carta fue publicada por El Mercurio este jueves 02 de julio.
Señor Director:
Consuelo Contreras responde mi carta anterior insistiendo en un punto con el que nadie podría discrepar. Por supuesto que el maltrato a los niños es un problema gravísimo que debemos enfrentar de forma prioritaria. Con todo, este gravísimo asunto se aleja no solo de la polémica que originó estas cartas, sino que también del contenido y motivaciones del proyecto de garantías de la niñez (si este fuese su propósito, de seguro tendría un apoyo transversal).
Volviendo al aspecto central de este intercambio, Consuelo se refiere al supuesto deber garante del Estado respecto de los derechos de los niños. La manera en que el proyecto de ley concibe esta idea presenta enormes dificultades. En rigor, ella apunta a que el Estado intervenga en la familia para juzgar el modo en que los padres educan a sus hijos en base a criterios como la “autonomía progresiva”. Así, se busca emancipar al niño de la autoridad de sus padres, a fin de que pueda ejercer libremente ciertos derechos individuales (a manifestarse, a la intimidad, etcétera). En este esquema, el Estado debe garantizar que el niño —considerado ya como individuo completamente autónomo y no como hijo y miembro de una familia— sea protegido frente a sus padres en el pleno despliegue de su autonomía.
Sin embargo, los padres son los primeros educadores de sus hijos y al Estado solo le compete —en este plano— colaborar con esa labor, no debilitarla ni menos usurparla. Este es, sin embargo, el riesgo que hoy corren las familias con proyectos como el de garantías de la niñez. Ni más ni menos.
Cristóbal Aguilera M.
Profesor de Derecho Universidad Finis Terrae
Director Corporación Comunidad y Justicia
Por qué ha contaminado el liberalismo
La virtud personal es indisociable de un orden social más justo y una relación equilibrada con el medio ambiente. Esta tesis, tan presente en Laudato Si, es desarrollada de forma certera por Patrick Deneen en ‘¿Por qué ha fracasado el liberalismo?’ (‘Why liberalism failed’). Para profundizar en esta idea, les dejamos una breve reflexión de nuestro investigador, Ignacio Suazo.
A medida que el liberalismo “se ha convertido en una versión más auténtica de sí mismo”, a medida que su lógica interna se ha vuelto más evidente y sus contradicciones internas más palmarias, ha generado patologías que son a un tiempo deformaciones de aquellas pretensiones y realizaciones de la ideología liberal.
Patrick Deneen. «Por qué ha fracasado el liberalismo», p 23.
Si hay algo propio de la Laudato Si (y de paso, de toda la Doctrina Social de la Iglesia) que Deneen hace suyo en este libro es la unidad entre la dimensión social e individual de la persona humana y de esta con el medio ambiente. En otras palabras: los desórdenes en el plano individual tienen consecuencias en el plano ecológico, social y vice versa. La clave para asegurar esta unidad sería la adecuada comprensión de la naturaleza propia de cada cosa: qué es y hacia qué tiende. Despreciar esta actitud fundamental que la sabiduría humana ha cultivado por siglos es justamente lo que tiene efectos catastróficos en lo planos ya descritos.
En este sentido, decir que el liberalismo ha fracasado es hacer la misma clase de denuncia que hace Laudato Si. Y es que cuando Deenen dice “liberalismo” lo que nos quiere dar a entender es: el desprecio de cualquier consideración moral objetiva derivada de la condición humana.
En ese sentido, “liberalismo” para Deneen es equivalente a lo que el Papa Francisco llama “paradigma tecnocrático”:
“ahora lo que interesa es extraer todo lo posible de las cosas por la imposición de la mano humana, que tiende a ignorar u olvidar la realidad misma de lo que tiene delante. Por eso, el ser humano y las cosas han dejado de tenderse amigablemente la mano para pasar a estar enfrentados.” (Parr. 106)
Para entender hasta qué punto esta comprensión limitada e incompleta del ser humano afecta todos los ámbitos de su existencia, haría falta analizar las distintas esferas sociales una por una: familia, política, educación, etc. Y Deneen lo hace de modo notable. No obstante, para hacerse eco de las palabras de esta Encíclica dedicada al cuidado de la casa común basta con remitirse al análisis de dos de ellas: la economía y la tecnología.
Respecto al ámbito económico, el libro destaca el rol preponderante que tiene hoy el consumo. Efectivamente, en la actualidad tenemos una oferta (y una capacidad de demandarla) como nunca había conocido la humanidad. Esta expansión del consumo, sin embargo, se ha logrado al costo de una creciente desigualdad y una separación –incluso geográfica– entre quienes consumen mucho y quienes consumen comparativamente poco.
La desigualdad no es el peor de los males en este escenario, sino lo que Marx llamó “alienación”: la disociación ente la producción de un objeto y el valor objetivo de este. Dicho en simple, el trabajador no es capaz de identificarse con el trabajo que realiza, perdiendo así un aspecto esencial de su identidad. A la larga esto lleva a las personas a relacionarnos con el mundo únicamente en función de su precio, obviando su valor objetivo. En otras palabras –y tomando una imagen de San Alberto Hurtado– , en la actualidad nuestras empresas buscan crear los ladrillos más baratos del mercado y olvidan hacer materiales para construir catedrales.
En lo que respecta a la tecnología, hemos dejado de comprender el desarrollo científico como un camino para alcanzar la virtud y se ha convertido en nuestras riendas para domar la naturaleza. En apariencia hemos sido muy exitosos en este proceso, pero no sin dejar a dos heridos de por medio. El primer herido es el medio ambiente, víctima del trato despótico que muchas veces recibe de parte nuestra. Esto es algo de lo cual la Encíclica Laudato Si advierte reiteradas veces, especialmente en sus primeros capítulos.
Pero la naturaleza no es algo externo que está allí afuera: como Deenen deja muy en claro, nosotros también somos parte del orden de la creación, con unas disposiciones propias que también estamos llamados a entender y seguir. Al hacer caso omiso a ellas, los domadores nos hemos visto nosotros mismos sometidos, a veces sin darnos cuenta. Como bien dice el autor: “Lo que supuestamente nos permite transformar nuestro mundo está transformándonos a nosotros, convirtiéndonos en criaturas a las que muchos, si no la mayoría, no hemos dado nuestro consentimiento” (pp. 37-38)
Este sometimiento tiene una cara concreta en las relativamente nuevas tecnologías reproductivas (anti-concepción artificial, técnicas de reproducción asistida, modificación genética, etc.) que redefinen lo que entendemos por familia y hasta hace soñar a muchos con una “humanidad 2.0” (p. 37). Sin embargo, esta no es la única cara de este proceso: el desarrollo científico ha permitido la emergencia de nuevas tecnologías de la información, que parecen hacer desaparecer los límites del espacio y el tiempo con tanta fuerza como nuestros añorados vínculos comunitarios.
A riesgo de ser injusto (aún cuando el autor seguramente apoya este punto), hay un punto que Laudato Si sí desarrolla que el libro de Deneen no: la dignidad de la personas humana. En efecto, el hombre, siendo imagen del Creador, tiene un nivel de perfección que la pone sobre el resto de la creación. Sin duda, afirmar esto nos lleva a otro debate, del que no podemos hacernos cargo en esta breve columna: ¿Puede haber «predominio» del hombre sobre el resto del orden natural, sin caer en un «dominio arbitrario» sobre él? Este es, de paso sea dicho, el gran problema del liberalismo: al omitir el valor y necesidad de la autoridad, se vuelve a la larga incapaz de dar cuenta de lo que el Papa Francisco llamaría «el valor propio» de la persona y finalmente, impotente de unir el destino de la criatura con su Creador.
«Por qué ha fracasado el liberalismo» es, en suma, un libro que vale la pena leer. Nos permite profundizar en ciertas ideas y mecanismos que Laudato Si sólo alcanza a enunciar, pero que parecen completar aquello que el Papa Francisco por extensión no alcanzó a decir. Nos parece, en ese sentido, que este libro permite realizar una interpretación de este documento magisterial que cinco años después, aún tiene mucho decirnos.
Distributismo: hacia una economía justa y sostenible
Hacerse cargo del desafío medioambiental (y humano) que nos invita a vivir la Encíclica Laudato Si, incluye cambios profundos en el modo de entender el Estado y las empresas. En ese espíritu, nuestro asesor legislativo, Vicente Hargous, nos recomienda un extenso pero interesante artículo de Thomas Storck sobre los aportes del distributivismo en este proceso, que puedes encontrar aquí.
Tras las lluvias recientes que han caído sobre nuestro cemento capitalino, puedo ver al fin nuestra cordillera, inmensa e imponente, nevada. Siempre había estado allí… lo que pasa es que ahora el cielo azul limpio ha tomado el lugar de la gris cochinada que todo pulmón santiaguino padece cada día. ¡Se fue el smog! Del calentamiento global no puedo hablar, porque no sé, pero siempre me ha parecido que un sistema en que se produce más de lo necesario, con costos ambientales (y quizás sociales), parece tener algo que falla. La pandemia nos ha obligado a bajar la velocidad en los engranajes de la maquinaria capitalista —menos producción, menos viajes, menos autos, menos ruido…— ¡y se fue el smog! Esto me ha hecho pensar en la relación entre economía y medio ambiente, ideas esbozadas por el Papa en su encíclica Laudato Si, y por Patrick Deneen en su famoso ‘Por qué ha fracasado el liberalismo’ (‘Why liberalism failed’), recientemente editado en Chile por IES e Idea País. “Si una industria está prosperando, pero suministrando al público bienes de mala calidad, o inútiles, o contaminando el medio ambiente, entonces esa industria no está cumpliendo su tarea. Es más como un sindicato criminal que vive aprovechando la sociedad” (Storck, “The Place of Guilds in A Distributist Economy”, The Distributist Review).
Aquí es donde algunos empiezan a convulsionar. Siempre que conversamos sobre cuestiones que de alguna manera giran en torno a la economía, no faltan los comentarios de un personaje —común en la idiosincrasia nacional culta—, que podemos llamar el tecnócrata: —“Es que tú no entiendes cómo funciona la realidad. Así es el mercado. Esto es un hecho”. La ciencia económica está muy bien, pero a veces parecen querer decir que estos hechos —que en realidad son actos libres— no pueden ser juzgados moralmente. Con la mirada del tecnócrata el sistema económico capitalista es intocable: no podemos cambiarlo, por mucho que queramos. Una cosa sería la sociedad que nos gustaría, y otra distinta sería lo que pasa. Así, el tecnócrata nos dice, al igual que el estatista, que sólo hay dos posibles respuestas (con sus matices y mezclas, por cierto): la del liberal y la del socialista. O permitimos al mercado operar solo, sin trabas ni obstáculos, o centralizamos la producción y la dirigimos desde arriba (medida ineficiente, como nos muestra la experiencia histórica). Esto, sin embargo, está lejos de ser así.
A ambas posturas subyace, en efecto, una desviación de los fines de la economía: se trata en ambos casos de respuestas materialistas. “La primera pregunta en una economía capitalista no es si un determinado bien es verdaderamente útil para la humanidad, ni tampoco si promueve la vida humana, sino si puede acaso ser vendido y si, usando todas las artes de la publicidad, la gente puede ser persuadida a desearlo y comprarlo” (Storck, ibid.).
El tecnócrata, además, nos dice que su sistema económico (el capitalismo puro) es equivalente a la economía libre. ¿No es raro creer que una razonable libertad en los intercambios de bienes es lo mismo que un sistema donde en cada rubro existe un oligopolio dominado por sociedades anónimas enormes y más o menos incontrolables? ¿No es curioso que digamos que el libre intercambio de bienes sea lo mismo que buscar un incremento enorme de riqueza, con los engranajes del consumo desenfrenado y la producción ilimitada de cosas superfluas? ¿Qué tiene de sensato que los trabajadores de una empresa estén vinculados con ella mediante un contrato de trabajo (es decir, no son parte de la empresa, sino subordinados)? ¿Tiene sentido que los miembros o ‘dueños’ de la empresa (los accionistas) no tengan ningún interés real en el producto de la empresa y en los trabajadores? Parece que, más que una defensa de la economía libre, lo que defiende el tecnócrata es una posición ideológica que no está demostrada y que pone los medios delante de los fines. Una cosa es la satisfacción de necesidades reales mediante la producción necesaria, como medio para el bien integral de la persona, y otra distinta es el mero acopio de riqueza que produzca, como consecuencia indirecta, una satisfacción de aquellas necesidades, arrastrando muchas veces la miseria de los trabajadores y un desequilibrio ecológico manifiesto (porque se produce mucho más de lo necesario).
Cayó a mis manos (mejor dicho, ante mis ojos mirando la pantalla del computador), un texto muy luminoso sobre estas cuestiones: The Place of Guilds in A Distributist Economy (El lugar de los gremios en una economía distributista), de Thomas Storck. Lo más interesante del artículo es que no plantea críticas vagas al llamado ‘modelo’ (cosa que nadie entiende muy bien qué significa), ni tampoco se queda en la crítica a estructuras concretas (como las sociedades anónimas, la no participación de los trabajadores en las empresas, la concentración oligopólica de los medios de producción, o la falta de protección de los pequeños productores frente a las grandes empresas), sino que propone un sistema distinto, que además ya ha existido: los gremios medievales, como pieza clave de una economía distributista. En un gremio los trabajadores (dependientes y aprendices) están tan interesados como los propietarios (los maestros) en la producción. Una vez que los trabajadores pasan a ser realmente miembros de las empresas (con participación, dicho en palabras más actuales, mediante acciones: utilidades y pérdidas), los sindicatos se vuelven innecesarios y todos se interesan la productividad (con lo cual se termina el paradigma marxista de opresores y oprimidos), y también en el bien integral de trabajadores y sus familias. Esta propuesta es ciertamente un paradigma nuevo, y como tal exige cambios radicales en el modo de comprender las relaciones laborales, económicas y productivas. No se trata de una propuesta realizable de la noche a la mañana, pero pueden desplegarse propuestas en un sentido semejante para construir de a poco una sociedad más justa.
«Storck desarrolla en detalle la estructura del gremio, los mecanismos sociales de protección que tenía y la forma de autorregulación que permitía que no se transforme en un monstruo que domine el mercado. Además, el autor no suelta de su mano el Magisterio de la Iglesia, sobre todo de Pío XI, aunque no sin mencionar que el Magisterio ha mantenido este foco durante los pontificados de san Juan XXIII y san Juan Pablo II.»
Me parece que este artículo puede ser una excelente introducción al distributismo como corriente, tal y como fue defendida por Belloc y Chesterton. Storck desarrolla en detalle la estructura del gremio, los mecanismos sociales de protección que tenía y la forma de autorregulación que permitía que no se transforme en un monstruo que domine el mercado. Además, el autor no suelta de su mano el Magisterio de la Iglesia, sobre todo de Pío XI (aunque no sin mencionar que el Magisterio ha mantenido este foco en los gremios durante los pontificados de san Juan XXIII y san Juan Pablo II). Un texto muy equilibrado, liviano dentro de su género, breve, de mucha claridad.
Storck da muchas luces que podrían orientar nuevos rumbos para una economía que, sin atentar contra la libertad real de los pequeños, permita a cada familia un acceso justo a los bienes, entendiendo que no son un fin, sino un medio para el crecimiento integral de la persona. De este modo, se podría conseguir, quizás, una economía verdaderamente sostenible.