Comunidad y Justicia

Opinión

Columnas y cartas del equipo de Comunidad y Justicia publicadas en la prensa.

Dignidad humana, solidaridad y bien común: valores para una nueva Constitución

El Periódico mensual Encuentro, de la Iglesia de Santiago, realizó una nota para la edición de mayo en relación al nuevo documento lanzado por la Conferencia Episcopal de Chile para la elaboración de una Constitución. Nuestro Investigador Ignacio Suazo destacó que este incluyera pilares fundamentales como el valor de la vida, la familia, entre otros.

La Conferencia Episcopal de Chile presentó ante el país un documento de estudio para la elaboración de una Constitución, llamado “Principios y valores de la enseñanza social de la Iglesia”. En el texto se profundiza, entre otros temas, en los cuatro principios permanentes en los que se apoya esta enseñanza católica, que son la dignidad de la persona humana, el bien común, la solidaridad y la subsidiaridad. La CECh “espera que estas páginas sean un aporte al necesario diálogo constituyente en la búsqueda del bien común”. A continuación, laicos de nuestra Iglesia comentan el documento.

Por Comunicaciones Santiago y CECH

El documento recoge las principales enseñanzas de lo que se conoce como Doctrina Social de la Iglesia. Es decir, las enseñanzas del magisterio de la Iglesia en materia social, especialmente contenidas en las encíclicas sociales: documentos pontificios que tratan la cuestión social, desde León XIII y su famosa Rerum Novarum, pasando por todos los papas del s. XX y llegando a Fratelli Tutti del papa Francisco en 2020. A este cuerpo doctrinal se han de sumar otras intervenciones del magisterio a nivel local. Además, merece una mención especial el Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, documento elaborado por el Pontificio Consejo Justicia y Paz en 2004.

La organización de este material está sistematizada en principios y valores. Los principios son máximas de la vida social que sirven como criterio de discernimiento o parámetro de referencia para la interpretación y valoración de los fenómenos sociales. Los valores son bienes de la vida social que, por una parte, señalan aquello que es necesario custodiar con límites que protejan los ámbitos de vulnerabilidad y, por otra, orientan el discernimiento social mostrando el ideal hacia el que se debe tender. El texto ofrece, además, una amplia referencia bibliográfica para una profundización en las distintas materias de la doctrina social.

Ignacio Suazo, Sociólogo ONG Comunidad y Justicia

Al leer este documento, me encontré con un texto doblemente valioso; por su calidad y su valentía. En efecto, me pareció un trabajo riguroso, que combina definiciones precisas de los elementos centrales de la DSI, con una gran cantidad de referencias a textos magisteriales. A lo anterior se le suma ser un texto que no teme en reafirmar, entre otras cosas, el valor de la vida, la familia basada en el matrimonio entre un hombre y una mujer y el derecho preferente de los padres a educar a sus hijos.

Te invitamos a leer el artículo completo aquí.

Ley de aborto

Les dejamos a continuación esta carta de Rosario Corvalán de nuestro Equipo Legislativo publicada el 06 de abril en La Segunda.

Señor Director:

La semana pasada, en la Comisión de Mujer de la Cámara de Diputados, se despachó un proyecto de ley que busca modificar la actual ley de aborto en 3 causales, para que cuando esta hable de “mujer” o “niña” se agregue a continuación la frase “o personas con capacidad de gestar”. El sustento del proyecto es que actualmente las personas que han hecho un cambio de sexo registral, en ejercicio del derecho que les confiere la ley de identidad de género, no podrían acceder a abortos, porque la ley de aborto solo habla de “mujer” o “niña”. Luego, el proyecto tendría como objetivo incluir a esas personas para que también puedan abortar.
Esto último es un error, y, por lo tanto, el proyecto de ley es completamente innecesario ya que la ley de identidad de género señala, en su artículo 22, que la rectificación de la partida de nacimiento no “afectará las garantías, derechos y las prestaciones de salud que pudieran corresponder a la persona con anterioridad a la inscripción del cambio”, por lo que una mujer que ahora está registrada como hombre, lamentablemente sí puede abortar sin necesidad de modificar ley alguna. Lamentablemente, decimos, porque este proyecto de ley concibe el aborto como un derecho que debe ser universalmente garantizado, cuando en realidad es siempre, independiente de quien lo haga, un drama y una injusticia.
Por lo demás, aun si la ley “fuese necesaria” para que estas mujeres puedan abortar, llama la atención el reduccionismo con que el proyecto se refiere a ellas, como si la persona se redujera a su capacidad de gestar.

Rosario Corvalán
Equipo Legislativo Comunidad y Justicia

Eutanasia

Les dejamos a continuación esta carta publicada el 31 de marzo y firmada por nuestro Director Ejecutivo Álvaro Ferrer, junto a los Claudio Alvarado, Director Ejecutivo de IES; José Francisco Lagos, Director Ejecutivo Instituto Res Pública y Pablo Valderrama, Director Ejecutivo Idea País.

Señor Director:

Lamentablemente, la comisión de Salud de la Cámara de Diputados despachó el proyecto de ley de eutanasia.

Una de las ideas más recurrentes en este debate ha sido que la prohibición de la eutanasia “no deja morir a los pacientes”. Sin embargo, aquí se confunden los términos: la eutanasia busca deliberada y directamente la muerte del paciente (por acción u omisión), lo que es radicalmente distinto a dejar morir. Así, por ejemplo, retirar un tratamiento no necesariamente es eutanasia, como tampoco lo es proveer de analgésicos para aliviar el dolor que puedan tener como consecuencia acelerar la muerte.

Aclarar estos conceptos es relevante para tener un debate público honesto: según un estudio de Canadian Journal of Public Health, el porcentaje de aprobación popular de la eutanasia se relaciona con una errada comprensión de los conceptos. Si, en cambio, se distingue claramente qué es y qué no es eutanasia, la aprobación tiende a bajar.

Si en algo estamos de acuerdo, con todo, es que la discusión en torno a la eutanasia versa sobre la dignidad humana. El punto es cómo la entendemos y qué se deriva de dicha comprensión. Nosotros afirmamos que tal dignidad exige un respeto irrestricto a la vida humana, aun en las circunstancias más adversas. En ellas la respuesta debe ser compañía y ayuda médica para paliar los dolores. Esa es la real exigencia de la compasión, que significa “sufrir con”, y no “matar al” que sufre. Este es el peor daño que podemos hacerle a los más vulnerables.

Álvaro Ferrer, Director Ejecutivo Comunidad y Justicia

Claudio Alvarado, Director Ejecutivo IES

José Francisco Lagos, Director Ejecutivo Instituto Res Publica

Pablo Valderrama, Director Ejecutivo IdeaPaís

No solo de pan vive el hombre

Les dejamos a continuación esta columna de Cristóbal Aguilera, miembro de nuestro directorio publicada el 18 de marzo en El Líbero.

No es necesario ser creyente para suscribir esta sentencia. El hombre es un animal social, artístico, libre, racional. Necesita un techo, pero también un hogar. Un ateo puede sin problemas aceptar, tal vez movido por su propia experiencia, que tenemos una natural inclinación a despegarnos de la materia y reflexionar acerca de cuestiones espirituales como la muerte.

¿Cuál es el motivo, entonces, de la polémica tras la decisión del gobierno de levantar la prohibición de celebrar ceremonias religiosas en Fase 2? ¿Cómo se explica la fuerte objeción en contra de la celebración del culto religioso, si tanto moros como cristianos reconocen la importancia de resguardar la dimensión espiritual de la persona?

Pueden formularse múltiples hipótesis al respecto. Tal vez, un modo de encontrar una respuesta a estas preguntas es detener la mirada en la frase que complementa y llena de sentido la sentencia antes aludida: “sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”. Aquí el consenso inicial tiende a diluirse bruscamente. Una cosa es aceptar que no nos reducimos a pura materia, pero otra distinta, muy distinta, es reconocer nuestra dependencia existencial. Podemos admitir incluso la necesidad, si se quiere, psicológica, de creer en algo o alguien cuya existencia no nos es posible comprender ni comprobar empíricamente. Pero de ahí a aceptar la idea según la cual lo que el hombre verdaderamente necesita, antes que todo, es oír lo que Dios quiere decirnos, hay un abismo de proporciones.

La religión no pisa tierra firme en estos tiempos. Las amenazas que le asechan son múltiples, desde el deterioro de los vínculos sociales, hasta los errores y horrores que han cometido miembros de ciertas iglesias, pasando por las agendas políticas que buscan que la vida de fe en las sociedades democráticas se reduzca a rezar a puertas cerradas. Sin embargo, el principal adversario que enfrenta la religión es el mismo de siempre; el mismo que el demonio expresó en aquella frase con la cual tentó a Adán y Eva: “seréis como dioses”. Es la autoafirmación existencial, la referencia al propio yo, la exaltación de nuestra aparente soberanía individual aquello que choca frontalmente con la idea de relacionarnos con un ser superior que nos muestra lo pequeños y dignos que somos, y con la idea de que es ese ser el único fundamento de nuestras esperanzas.

¿Por qué diablos no se conforman con seguir la misa desde sus celulares? ¿Cuál es la idea de confesar las propias faltas ante un hombre que, tal vez, está contagiado o que nosotros podemos contagiar? ¿En realidad piensan que nuestra existencia eterna depende de comer con cierta frecuencia un trozo de pan blanco y circular? Estas preguntas, con las que se intenta interpelar a los creyentes, no nacen de una genuina preocupación por la salud pública. Lo que subyace a ellas es justamente la seguridad que aparentemente ofrece la doctrina (la religión) de la autonomía o soberanía individual. La perplejidad que provoca ver a familias enteras reclamando por no poder asistir a misa es la otra cara de la moneda de un sentimiento de excesiva confianza en las cosas de este mundo.

Quizá lo más sorprendente de todo sea que estos tiempos de pandemia nos han dado motivos de sobra para aquilatar nuestra propia insignificancia. A la vez, nadie podría negar que nuestra sociedad, previo a la llegada del virus, se encontraba, y ahora tal vez más, hundida en una especie de hastío generalizado que ha permitido la proliferación de lo que Robert Spaemann denominó “nihilismo banal”.

Todo esto, por cierto, es insostenible. La historia y nuestra propia experiencia nos demuestran que el hombre necesita darle a la existencia un sentido que sobrepasa las propias fuerzas; que requiere de una opción por la que valga la pena renunciar incluso a sí mismo. Una opción, a fin de cuentas, que haga justicia a la frase de que no solo de pan vive el hombre. Es obvio que algo así no es posible encontrarlo en este mundo, y puede que estemos más cerca de lo que creemos de aquel día en el que, según Leon Bloy, “los hombres estén tan cansados de los propios hombres que bastará con hablarles de Dios para verles llorar”.

Foto de Canva

Equidad

Les dejamos a continuación esta carta escrita por Rosario Corvalán de nuestro Equipo Legislativo en conjunto con colectividades pro-vida publicada el 17 de marzo en La Segunda.

Señor Director:

Como cada miércoles, hoy la Comisión de Mujeres y Equidad de Género de la Cámara de Diputados volverá a recibir invitados para discutir el proyecto que busca despenalizar el aborto hasta la semana 14 de gestación.
Entendiendo que la idea de este debate es justamente recopilar opiniones y experiencias a favor y en contra de dicha despenalización para informadamente resolver la idea de legislar, sorprende y molesta la arbitrariedad con la que diputadas promotoras del proyecto han tratado a sus invitados, incurriendo en eventuales incumplimientos al Reglamento de la Cámara y olvidando que la ciudadanía les ha encomendado la tarea de legislar escuchando todas las posiciones.

Así actuaron la semana pasada las diputadas Maite Orsini, Presidente de la Comisión, y Maya Fernández, quienes desde su posición de poder han hecho notar su sesgo en este tema, incluso permitiéndose interrumpir y cuestionar el currículum de la Dra. Carolina Aguilera, quien había sido invitada por la misma comisión para aportar su experiencia y conocimiento.

Preocupa que esta siga siendo la tónica en el futuro de las sesiones y hacemos un especial llamado a la Comisión de Mujeres a mostrar una apertura real y honesta frente a un tema tan complejo de abordar, que no puede excluir las miradas científicas y filosóficas, ni mucho menos desestimar el impacto que podría tener en nuestra salud pública, como las invitadas que han expuesto en contra del proyecto han intentado explicar.

Rosario Corvalán, Comunidad y Justicia

Tatiana Bórquez, Colectivo por las 2 Vidas

Constanza Saveedra, Testimonio por la Vida

Francisca Jofré, Mujeres Reivindica

El cáncer de la economía

Les dejamos a continuación esta columna de nuestro Investigador Vicente Hargous publicada el 13 de marzo en El Mostrador.

Con su característico tono visceral, apasionado y flagelante, León Bloy decía que “el dinero del rico es la sangre del pobre”. Este verdadero profeta de los desheredados sabía que es injusto cobrar intereses sin razón en un préstamo de dinero improductivo… más aún, es injusto un sistema en que el cobro de intereses bajos se ve como un acto de generosidad, una mera liberalidad, no como un mínimo de decencia.

La libertad económica existe, la propiedad privada también, pero eso no significa que la economía sea una ciencia elevada a un pedestal inmaculado de amoralidad, como si no tratase sobre acciones humanas, valorables moralmente. Los moralistas han sido expulsados del debate público sobre la justicia de los intercambios, pero esta discusión no es puramente fáctica: la cuestión es sobre justos títulos, y no sobre conveniencia económica. No hace falta ser de izquierda ni creer en un estatismo elefantiásico para ver que nuestro sistema promueve o hace vista gorda a ciertas injusticias.

Con todo, el problema no parece ser el famoso “modelo neoliberal” (hasta hoy nadie ha sido capaz de definir con precisión qué significa eso), sino instituciones injustas muy concretas. Una de las más cuestionadas (por no decir expresamente condenada y castigada) a lo largo de la historia —¡hay que mirar la historia! por mucho que no le guste a los progresistas de izquierda cuando se habla de familia ni a los liberales de derecha cuando se habla de economía— es la usura, y particularmente el anatocismo.

El dinero es naturalmente estéril. El mero lapso del tiempo no incrementa la riqueza, ni debería por ende ser fuente de enriquecimiento para un prestamista. Hay préstamos que permiten producción, beneficio social, pero la “creación de riqueza” no es una consecuencia natural del préstamo, sino del uso que se le dé al dinero prestado: hay préstamos productivos y otros improductivos. Todos los créditos de consumo ofrecidos indiscriminadamente por grandes multitiendas y bancos a personas pobres o de clase media vulnerable, con poca o nula educación financiera, ¿merecen realmente cobrar intereses?, ¿por qué asumimos que el que presta un cajón de un kilo de naranjas no puede cobrar sino un kilo de naranjas del mismo género y calidad, mientras que cuando se trata de una suma de dinero (también un mutuo, préstamo de consumo de cosa fungible) se puede cobrar más? Más aún, ¿por qué toleramos siquiera el cobro inescrupuloso de un «interés por riesgo», que no pasa de ser un burdo eufemismo para un auténtico interés de los pobres?

El anatocismo es uno de los grandes escándalos de este panorama. Si nada justifica esos cobros de intereses, ¡cuánto menos la capitalización injustificada de esos mismos intereses! Esto simplemente es enriquecimiento descarado a costa de otro. Una manifiesta contradicción al principio más básico del derecho privado: la prohibición del enriquecimiento sin causa. Y cuando el afectado es una persona necesitada, se transforma en una injusticia que clama al cielo.

Alguna lección debemos sacar de la crisis de octubre del 2019 (del “estallido” que autores como Gonzalo Vial, libres de toda etiqueta de izquierda, fueron capaces de prever). El endeudamiento es fuente de agobio para las familias. Las encuestas más serias se refieren a más de la mitad de la población endeudada (las cifras rondaban entre un 66 % a 72 % el año 2017), muchas veces con una carga anual equivalente verdaderamente insoportable y con un porcentaje de pasivos superior al recomendado respecto del patrimonio total de la familia. La deuda total del hogar mediano en Chile equivale al 29 % de su ingreso anual.

Recientemente se ha aprobado una prohibición del anatocismo en ciertos casos. Además, ha ingresado un proyecto de ley —con respaldo de diputados de los más variados colores políticos— para sancionarlo, prohibir el interés por riesgo y regular diversos aspectos relacionados con las injusticias del mercado financiero. Que el tema se ponga una vez más sobre la palestra es un gran paso para superar este cáncer de la economía que es la usura.

Sí, pero…

Les dejamos a continuación la columna de Rosario Corvalán y Daniela Constantino publicada el 08 de marzo en El Líbero a propósito del Día de la Mujer.

Con el pasar de los años, los movimientos feministas han adquirido mayor popularidad, sobre todo en Occidente. Sin embargo, de acuerdo con una encuesta publicada el 2019 por el diario BBC Mundo, menos de una de cada cinco mujeres jóvenes encuestadas en Reino Unido y en Estados Unidos se etiquetaría a sí misma como feminista. Esta cifra resulta sorprendente si consideramos que el feminismo y la defensa de presuntos derechos de las mujeres (tales como el aborto, identidad de género, derechos sexuales y reproductivos, entre otros) han adquirido mayor relevancia en el debate público. Entonces, ¿por qué tantas mujeres jóvenes dicen que no se identifican con el término feminista?

Diversos acontecimientos a nivel mundial han ayudado a atraer atención sobre el feminismo, sin embargo, contrario a lo que nos han hecho creer, esto no ha sido suficiente para que el termino “feminista” gane popularidad entre las mujeres jóvenes de occidente.

Una encuesta de YouGov-Cambridge encuestó a 25,00 personas en 23 países para evaluar las actitudes hacia el género, la igualdad de derechos y el movimiento #MeToo. Los participantes respondieron preguntas sobre si se consideraban feministas o no y si consideraban aceptable el acoso callejero.

La encuesta reveló que en varios países de Europa, más de la mitad de los hombres y mujeres encuestados no se consideran feministas. No obstante, las personas no parecen rechazar el feminismo como se concibe en la actualidad porque estén en contra de la igualdad de género o porque crean que ésta ya se alcanzó.

Al menos en nuestro país, el problema que tiene definirse a sí mismo o a otro como “feminista” es que nadie parece saber bien qué quiere decirse con eso. Por ello, es frecuente escuchar “soy feminista, pero…”, o “no soy feminista, pero…”.

Una de las ironías de estas frases, es que muchos “no soy feminista, pero…” vienen seguidos de ideas que para algunas feministas son parte de la esencia de su manifiesto. Y es lógico que ello suceda, pues con el paso de los años han proliferado las discusiones internas de quienes se declaran feministas y se ha ampliado el “giro” del feminismo: ya no solo se aboga por temas relacionados a las mujeres, sino que por los más variados asuntos, como ocurrió recientemente con una manifestación de la Coordinadora Feminista 8M, en que se señalaba que parte de sus demandas eran “derecho a rebelión”, “derechos de la naturaleza”, “liberar a lxs mapuches por luchar”, “disolución de Carabineros”, “NO+AFP”, “aborto libre y legal” o “fuera Piñera”.

Como es lógico, mientras más se agreguen demandas polémicas a este movimiento, menos adherentes “puritanas” lo conformarán. Quizás esa es la explicación de los bajos porcentajes que mencionábamos al comienzo. Una segunda alternativa será que el feminismo chileno termine por estar conformado casi en su totalidad por “feministas, pero….”.

Por lo anterior, decimos con Gabriela Mistral que “vacilo mucho en contestar con un afirmativo cuando se me hace por milésima vez la pregunta de orden ‘¿es usted feminista?’ Me parece más honrado contestar un no escueto; me falta tiempo para entregar una larga declaración de principios”.

¿Cuál es el rol de nuestra Iglesia en el proceso constituyente?

El Periódico mensual Encuentro, de la Iglesia de Santiago, realizó una nota para la edición de marzo en relación al proceso constituyente y el rol que deben jugar los católicos en ella. Nuestro Director Ejecutivo Álvaro Ferrer destacó la importancia del respeto por la vida en la nueva Carta Magna.

En un mes Chile se apresta a recorrer un camino que tendrá como destino la redacción de su nueva Constitución Política. Frente a este escenario, el mundo católico tiene desafíos importantes para promover el diálogo y la amistad social, al servicio del bien común.

Por: Danilo Picart y Enrique Astudillo

El 25 de octubre de 2020, Chile decidió por amplia mayoría democrática, iniciar un camino para crear una nueva Constitu- ción, la que será redactada por una Convención Constituyente, integrada por 155 miembros que serán elegidos por votación popular este próximo 11 de abril de 2021. Posibilitando la participación de independientes y garantizando la paridad de género entre las y los convencionales. Quienes resulten electos, deberán redactar y aprobar una propuesta de Constitución en un plazo de nueve meses, pudiendo extenderse a doce meses. Se trata de un proceso de alta relevancia política, jurídica y social sin precedentes en los últimos años, y por ello, resulta importante reflexionar sobre el rol de la Iglesia en este período de discusión política.

Una Constitución que consagre el respeto por la vida

El abogado y director ejecutivo de Comunidad y Justicia, Álvaro Ferrer del valle, subraya que este proceso constituyente debiese consagrar deberes esencia- les y no usarse como un catálogo utópico de derechos subjetivos o personales. “La Constitución, en cuanto norma principal del orden jurídico vigente, establece las reglas fundamentales de la vida en comunidad y por ello, su importancia no puede relativizarse. A las reglas constitucionales habrán de subordinarse y adecuarse las demás normas, el ejercicio del poder público, la vida social y la conducción política”.

En virtud de esta premisa, Ferrer asegura que la Iglesia debe iluminar con claridad y valentía la discusión pública, dando testimo- nio de la verdad, “para que los fieles y personas de buena voluntad puedan formar bien su conciencia, escucharla y seguirla en sus decisiones contingentes”. En este sentido, el académico sostiene que hay bienes y principios esenciales que debieran reconocerse en la Constitución: “La dignidad de la persona y su primacía sobre el Estado; el derecho a la vida desde la concepción y hasta la muerte natural; la familia fundada en el matrimonio entre un hombre y una mujer; el derecho y deber preferente de los padres y madres a educar a sus hijos; el derecho a buscar a Dios sin coacción y a practicar el culto religioso. En cuanto a principios, la Constitución debiera consagrar la subsidia- riedad y la solidaridad”.

Te invitamos a leer el artículo completo aquí

La vida es un derecho, no un deber

Les dejamos a continuación esta carta de Rosario Corvalán de nuestro Equipo Legislativo publicada el 02 de marzo en La Tercera.

Señor Director:

El individualismo ha permeado en casi todos los aspectos y discusiones de nuestras vidas. Estamos permanentemente diciendo, de diversos modos, que “mi libertad llega hasta donde empieza la del otro”.

Esta forma de pensar se ha ido acomodando lo necesario para ser idónea como argumento en distintos temas controversiales: la autonomía del niño en relación con sus padres, la autonomía de la mujer para decidir “sobre su cuerpo”, la autonomía del paciente para terminar con su vida. Pareciera, entonces, que si logramos demostrar que el asunto en cuestión es uno de los que el individuo puede decidir sin “externalidades negativas” para terceros, ya está: hemos ganado la discusión, hemos llegado al final del problema.

Esta ideología está detrás de frases como “la vida es un derecho, no un deber”, usada insistentemente para argumentar en favor de la eutanasia. Es relevante recordar que de afirmar que algo es un derecho, no se sigue necesariamente que sea renunciable. Sin ir más lejos, las vacaciones y el post natal son derechos, y son irrenunciables.

En el caso de la vida, no solo hablamos de un derecho irrenunciable, sino directamente de un deber de conservarla (por los medios ordinarios), en cuanto es un bien que debe ser defendido más allá de la endiosada autonomía. Pretender que una decisión de este tipo constituye un mal solo para el paciente, es desconocer nuestra naturaleza sociable; el bien común es el bien de la persona en sociedad. Por ello, todos somos custodios de la dignidad de cada uno.

Rosario Corvalán

Equipo Legislativo

Comunidad y Justicia

¿Cómo hablamos de aborto?

Les dejamos a continuación esta carta de Rosario Corvalán de nuestro Equipo Legislativo publicada el 17 de febrero en La Tercera.

Señor Director:

Ayer, para un reportaje de Revista Paula, fue entrevistado Cristián Leporati, quien afirmó que normalmente “los que son pro aborto usan un discurso mucho más racional en las comunicaciones”, mientras que quienes estamos en contra del aborto usaríamos “una fundamentación más sustentada en la fe y en la emoción”.

En la discusión parlamentaria sobre aborto, que comenzó en diciembre en la Comisión de Mujeres de la Cámara, se pudo ver una muestra de ambas posturas; mientras quienes estaban en contra del aborto hablaron del comienzo de la vida, de por qué todo ser humano es persona humana, de cómo se realiza médicamente un aborto, quienes estaban a favor evitaron en todo momento ir al fondo de la discusión, intentando incluso censurar palabras e invitados para lograr ese objetivo.

En el debate público se ha dado, con excepciones, una lógica similar. Se han instalado frases bastante más emocionales que racionales. Como ejemplo, se ha repetido la necesidad de un “aborto legal para no morir”, cuando en realidad en Chile la mortalidad materna asociada al aborto viene disminuyendo desde 1950; en 2007 el riesgo de morir por aborto, espontáneo o inducido, era de 0,046 por cada 100.000 mujeres.

Leporati ha señalado en alguna oportunidad que “la ignorancia va de la mano de la religión”, pero, al parecer, la ignorancia va de la mano de la falta de real debate.

Rosario Corvalán

Equipo Legislativo Comunidad y Justicia

Imagen de Canva

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