Comunidad y Justicia

Opinión

Columnas y cartas del equipo de Comunidad y Justicia publicadas en la prensa.

Más allá, ¿de qué?

Columna publicada en El Líbero el 17 de agosto de 2026.

José Joaquín Brunner publicó la semana pasada una columna que hace algo infrecuente: tomarse en serio un adjetivo. Sostiene que la simetría de “a diestra y siniestra” engaña, porque hay una ultraderecha global, nacional y gobernante, mientras la ultraizquierda chilena sobrevive arrinconada en los bordes del mundo letrado. Se puede discutir el reparto. Lo que interesa aquí es otra cosa: un dato que él anota casi al pasar y que vale por toda la discusión. Nadie se declara ultraizquierdista. Nadie firma. El adjetivo existe únicamente en boca ajena, se aplica siempre al de enfrente o al de más allá del pasillo, y un término que jamás se conjuga en primera persona no es una descripción: es una acusación disfrazada de coordenada. De ahí una pregunta que no es retórica sino literal, y que casi nunca se formula. Ultra significa “más allá”. Más allá, ¿de qué? No de quién: de qué. Es lo que se le pregunta a cualquiera que dice estar midiendo: dónde está el cero de su regla.

Interroguemos primero al testigo más humilde, que suele ser el más veraz. El diccionario recoge la locución “a diestro y siniestro” y la define sin piedad: sin tino, sin orden, sin discreción ni miramiento. Es decir, repartir hacia ambos lados no describe una puntería equitativa, sino la ausencia de puntería. El castellano llevaba siglos advirtiéndonos que quien golpea a la derecha y a la izquierda no está apuntando a nada, y lo había dejado escrito con esa terquedad de las lenguas viejas, que conservan la sabiduría en el sótano, aunque los inquilinos hayan mudado de opinión. El título de Brunner es, por eso, más exacto de lo que él mismo quiso: nombra con precisión el modo en que se distribuyen hoy los adjetivos.

El segundo testigo es la partida de nacimiento del vocabulario, y aquí la comedia se pone buena. La división entre derecha e izquierda no procede de la naturaleza de las cosas ni de una meditación sobre el hombre, sino de un plano de butacas: de dónde se sentaron unos y otros en una asamblea francesa de 1789 cuando se discutía el veto del rey. Toda nuestra metafísica política desciende de un mueble. La palabra ultra, por su parte, nació una generación después, en la Restauración, y designaba a los ultrarrealistas, aquellos que se declaraban más monárquicos que el rey. Nótese lo decisivo: la palabra funcionaba porque había un cero explícito y nombrado. Estar “más allá” era estar más allá del trono y de la Carta, dos cosas que cualquiera podía señalar con el dedo. Hemos conservado religiosamente el comparativo y hemos extraviado el término de comparación. Y como la ironía nunca viaja sola, la última vez que “ultra” significó algo preciso, significaba católico y monárquico.

El tercer testigo es nuestro propio mapa, y su declaración es demoledora por lo simple. José Antonio Kast era, en 2017, el ultra marginal del sistema; en 2025 fue el Presidente más votado de la historia de Chile; y hoy el presidente del Partido Nacional Libertario declara en televisión que tiene al gobierno “bailando la música que ponemos nosotros”. El mismo hombre pasó de extremo a moderado sin desplazarse un milímetro: lo que se movió no fue él, fue el observador. Gabriel Boric, en noviembre de 2019, fue durante la misma semana el ultra del estallido para unos y el traidor acomodaticio para los suyos, y hoy encarna para media prensa la moderación institucional.

De estas declaraciones se sigue un teorema que todos practicamos y nadie enuncia: moderado significa cerca de mí, ultra significa lejos de mí, y mí es, por definición, el punto medio. El círculo es perfecto y no tiene salida, porque el observador no está en la escala: es la escala. Por eso las disputas sobre el adjetivo no terminan nunca y no pueden terminar. No son discusiones sobre la realidad, sino sobre la ubicación del que habla, y la ubicación del que habla la fija, con encomiable comodidad, el que habla.

Toca entonces reconocer la paradoja: el único que ocupa una posición estrictamente extrema es el que se proclama centro. Si nadie se declara ultra y todos se declaran moderados, los dos hechos son en realidad uno solo, porque el centrista es el que sostiene, sin advertirlo y con excelentes modales, que el cero de la escala coincide con su propia persona. Existe, pues, un ultracentrismo que consiste en tener el ojo clavado en el propio ombligo y llamar a eso equilibrio, y es la posición más inmodesta del tablero, justamente porque se presenta como la más modesta. Los ingleses, para trazar sus mapas, hicieron pasar el meridiano cero por un observatorio de Greenwich, y tuvieron al menos la decencia de admitir que la elección era suya y de firmarla en un tratado. Nuestros centristas dibujan el mismo mapa haciendo pasar el meridiano por su propia butaca (aunque cambien de asiento), y sostienen a continuación que la geografía les dio la razón.

Falta el testigo más antiguo, y es el que explica a los demás. Hace veinticinco siglos, unos griegos que todavía hacían aritmética con reverencia religiosa dejaron escrita una lista de diez pares de opuestos: lo uno y lo múltiple, lo determinado y lo indeterminado, la luz y las tinieblas, lo recto y lo curvo, el bien y el mal. Y en esa misma lista, en esa misma columna, figuraban la derecha y la izquierda. La derecha del lado del bien, naturalmente; la izquierda del lado de las tinieblas. Lo notable es que la modernidad no derogó jamás esa tabla. Se limitó a cruzar el pasillo y a mudar sus simpatías a la otra columna, dejando el mueble intacto. Y una tabla de dos columnas tiene una propiedad fatal: no admite tercer término. Solo permite oscilar. Cada síntesis se convierte de inmediato en la tesis que suscita la antítesis siguiente, y así indefinidamente, que es exactamente la historia política que llevamos doscientos años relatando como si fuera progreso.

Aquí está la verdad incómoda, y no es política sino metafísica. Esto que practicamos como análisis político tiene un nombre viejo y exacto: maniqueísmo. No el insulto de sobremesa, sino la doctrina literal —dos principios, dos columnas, una guerra sin árbitro—, y da lo mismo que hoy se profese en versión de derecha o en versión de izquierda, porque el error no está en la columna que uno elige sino en el hecho de que haya tabla. Partir el mundo en dos columnas le concede al mal consistencia, lo asciende a principio, le da media realidad en propiedad. Y de paso condena como malas muchas dimensiones enteramente buenas de lo real, por el delito de haber quedado del lado equivocado del pasillo: la autoridad, porque cae a la derecha; la comunidad, porque cae a la izquierda; el orden, la espontaneidad, la ley, la libertad, cada una desacreditada no por lo que es, sino por la compañía que le tocó en la lista. Ningún país piensa bien mientras use un instrumento que le impide considerar las cosas en sí mismas.

Y una ideología, por definición, no se queda quieta donde nació. El prefijo emigró hace rato del Congreso y hoy se adhiere a todo: ultraconservador el que sostiene que a un niño le va mejor con padre y madre; ultraliberal el que cree lo que creía cualquier profesor de economía en 1990; ultracatólico —joya de la corona— el que se limita a repetir el catecismo tal como está impreso.

Bajo este vocabulario, ninguna cuestión se examina: se localiza. Si un plan de seguridad es justo, si un indulto es debido en justicia o es un favor entre amigos, si una ley ampara efectivamente al inocente, son preguntas que tienen respuesta y que exigen trabajo; averiguar dónde se sienta el que las formula no requiere trabajo alguno, y produce la agradable sensación de haber pensado. Peor todavía: gobernar deja de consistir en hacer lo justo y pasa a consistir en no ser rotulado. El propio Brunner observa que a las derechas chilenas parece preocuparles más evitar el calificativo que resolver sus diferencias reales, y tiene razón; pero eso mismo describe a todos. Quien teme el rótulo navega hacia el centro de una línea cuyo centro nadie ha definido jamás, es decir, hacia donde suena más fuerte el ruido. Es una brújula que apunta al griterío.

Brunner cierra su columna con una exigencia honrada: contra los ultrismos no basta con llamarlos ultras, hay que demostrar que existen alternativas que funcionen, y admite que esa demostración sigue pendiente. Añade algo más valiente todavía sobre su propio sector: que un grupo definido por lo que rechaza corre el riesgo de no definirse por nada. Ambas cosas son ciertas, y son la misma. La demostración seguirá pendiente mientras la pregunta sea dónde se sienta uno, porque “funcionar” es palabra de medios y ningún medio se acredita sin un fin declarado. Lo único capaz de dar cero a la línea no es un lugar sino un término: el bien común, lo debido a este hombre concreto, la verdad sobre lo que el hombre es. Con esa medida, moderado y ultra dejan de ser categorías interesantes, porque nada es verdadero por estar al medio ni falso por estar al borde.

Hace medio siglo, a un metafísico catalán llamado Francisco Canals Vidal le preguntaban a menudo si era de derecha o de izquierda. Respondía que no era ni lo uno ni lo otro, y tampoco “ni de derecha ni de izquierda”, que es la tercera casilla de la misma tabla. Y remataba citando a su maestro: que lo único que en definitiva importa es la esperanza de que, en el juicio final, a uno lo sitúen a la derecha del Hijo del Hombre. Hay, pues, una sola derecha que debería quitarnos el sueño. No la fijan las encuestas, y allí no se llega solo ni habiendo sido moderado.

La dignidad del cargo

Columna publicada en El Líbero el 10 de agosto de 2026.

Hay quien supone que el derecho chileno guarda silencio en materia moral. Es exactamente al revés: no para de hablar. La Constitución nombra la moral y las buenas costumbres al garantizar el ejercicio de los cultos, al fijar los límites de la libertad de enseñanza, al prohibir ciertas asociaciones y al reconocer el derecho a emprender. El Código Civil declara ilícitos el objeto y la causa contrarios a las buenas costumbres. El Código Penal conserva un párrafo entero que todavía se titula “De los ultrajes públicos a las buenas costumbres”. Y cuando llega al servicio público sube el tono en vez de bajarlo: el Estatuto Administrativo exige del funcionario una conducta “moralmente intachable” y, todavía más lejos, le manda “observar una vida social acorde con la dignidad del cargo”. No estamos ante un ordenamiento afónico, sino ante uno notablemente locuaz. Lo que ocurre es que nadie se siente ya autorizado a entender lo que dice.

La semana pasada tuvimos la prueba. Gendarmería había preguntado a la Contraloría si la venta de contenido sexual en una plataforma digital por parte de una funcionaria podía dar lugar a un sumario. La respuesta fue que eso debe ponderarse caso a caso. Antes recordó que todo funcionario tiene derecho a ejercer libremente cualquier profesión, industria, comercio u oficio conciliable con su posición. Y ahí está el detalle que nadie subrayó: esa libertad, en la Constitución que la reconoce, es el derecho a desarrollar cualquiera actividad económica que no sea contraria a la moral, al orden público o a la seguridad nacional. Citamos con entusiasmo la mitad de la cláusula que habilita y tratamos como jeroglífico egipcio la mitad que la define. Es un modo original de leer: como quien invoca su derecho a conducir y encuentra indescifrable la parte que habla del límite de velocidad.

El síntoma está aguas arriba. Y está en un punto preciso. Todas esas cláusulas —la del culto, la de la enseñanza, la del objeto ilícito, la del emprendimiento— hablan de actos, de contratos, de actividades: cosas que se pueden juzgar sin mirar a nadie a la cara. El Estatuto Administrativo hace algo distinto. Toma el mismo vocabulario y lo apoya sobre una persona. No dice qué actividades son contrarias a las buenas costumbres; dice que hay una vida que debe estar a la altura de un cargo. Es el único lugar donde la moral del ordenamiento deja de ser un adjetivo de las conductas y pasa a ser una exigencia de alguien.

Y es exactamente ahí, ni un párrafo antes, donde la doctrina progre se sobresalta y descubre que las palabras resultan ininteligibles. No parece casual: un estándar abstracto se tolera sin dificultad; uno que mira a una persona a los ojos, no. Por ello, el progresismo alega que la “dignidad del cargo” sería una noción demasiado indeterminada para fundar reproche alguno y restringir el ejercicio de “derechos fundamentales” (como, en este caso, sería exhibir mayor desnudez a mayor precio).

Pero hay que preguntarse desde cuándo nos complica tanto la vida semejante indeterminación. Las palabras que designan conductas no nacen imprecisas: se vuelven imprecisas. Y no se desgastan solas, ni por el paso del tiempo, ni por descuido del legislador. Se desgastan por uso, como se desgastan las monedas, y quien las gasta es cada conducta que se aparta de ellas sin consecuencia. Cada vez que un funcionario hace lo que el cargo no admitía y no pasa nada, la palabra que lo prohibía pierde un poco de filo; a la décima vez ya no describe una exigencia sino una expectativa; a la centésima se ha convertido en esa clase de término que los gurús declaran, con razón, ininteligible. Adviértase el contraste con la palabra probidad: nació general —el mismo texto la define como conducta “moralmente intachable”— y, sin embargo, hoy nadie la tacha de ininteligible: tiene contornos, precedentes, criterios finos. No los tuvo siempre; se los ganó a fuerza de aplicarse. La imprecisión, por tanto, no es el punto de partida: es el sedimento de los malos ejemplos impunes. Primero dejamos de exigir, después dejamos de entender, y por último venimos a explicar que era imposible entender desde el principio.

Y lo mismo funciona al revés, que es la parte esperanzadora del asunto. Si los malos ejemplos vacían las palabras, los buenos las llenan de carne. Nadie sabe definir qué es un buen padre, y la expresión ha sobrevivido a siglos de imprecisión sin que a nadie se le ocurriera derogarla, porque cada generación conoció a alguno y con eso le bastó: la definición estaba en el comedor de la casa, sentada a la cabecera. Nadie sabe definir qué es un buen profesor —los ministerios lo han intentado con rúbricas, indicadores y estándares de desempeño, con los resultados que todos conocemos—, pero cualquiera puede nombrar en dos segundos al que le enseñó algo que todavía recuerda, y en ese nombre está toda la definición que hace falta. Con la dignidad de un cargo ocurre igual. Nadie sabe definirla; todos hemos conocido a alguien que la encarnó. El funcionario que no cobró lo que podía haber cobrado, el que trató bien a quien no podía devolverle el favor, el que hizo su trabajo con esmero un día en que nadie lo estaba mirando: ninguno de ellos redactó una definición, y sin embargo cada uno le devolvió a la expresión un gramo de contenido que ningún dictamen sabría restituirle. Los conceptos morales no se aclaran por vía de reglamento. Se aclaran por vía de personas.

La dignidad del cargo no es, por eso, una fórmula ceremonial heredada de tiempos más severos. Describe antes de mandar. Un cargo público no es un empleo con jornada y grado: es una porción de autoridad ejercida sobre personas, y su instrumento de trabajo no es una máquina ni un escritorio, sino el hombre mismo que lo ocupa. Nadie ha obedecido nunca a un uniforme. Se obedece a alguien que lo lleva, y ese alguien recibe del cargo un crédito que no ganó y le devuelve, o no le devuelve, el suyo propio. Esa es toda la mecánica: el cargo presta y el hombre paga. De ahí que la ejemplaridad no sea un deber añadido a la función pública, algo que el legislador le colgó encima por escrúpulo; es la función pública misma vista desde afuera. Quien acepta un cargo público acepta ser mirado, y no porque el legislador sea un mojigato, sino porque “público” no es un adjetivo decorativo.

Y de ahí, también, que la relación entre el servicio público y las buenas costumbres sea intrínseca y no fingida. Un servicio no puede exigir del ciudadano una conducta que no reconoce en los suyos sin quedar convertido en una oficina que reparte reglas en las que no cree. La moral, en el cargo, no es un requisito de ingreso ni un adorno del reglamento: es la materia con que está hecho. Sacarla de ahí no deja un cargo neutral.

Nada de esto se aprende leyendo reglamentos: nadie se ha vuelto valiente estudiando el reglamento del valor. La virtud se pega antes de que se enseñe; se adquiere como se adquiere un acento, por vecindad. Los ejemplos no son adorno del bien común: son su vehículo ordinario, y una comunidad sin modelos visibles no queda en blanco, queda a merced de los que sí son visibles, que hoy se producen en cantidades industriales, se bombean en los medios y no suelen distinguirse por su templanza.

Por ello, además, resulta trágico detenerse en quién hizo la pregunta a la Contraloría: la hizo el servicio encargado de custodiar y reinsertar a quienes tropezaron; el que trabaja a diario con las consecuencias acumuladas de una vida sin nadie a quien imitar. Que la duda naciera ahí no fue mojigatería: fue el olfato de una institución que sabe, por oficio, lo que cuesta la falta de ejemplos. Le respondimos que “dependía”.

Debo aquí un descargo, y no por cortesía. Quien escribe no lo hace desde el pedestal de su excelencia (mi falta de estatura no es sólo moral) sino desde el fondo del pozo de sus propios defectos. Es un mirador incómodo, pero instructivo: desde abajo se ve, con una nitidez que el pedestal no concede, para qué sirven los buenos modelos. Uno no los reclama porque le sobren; los reclama porque le faltan. Los buenos ejemplos no son un lujo de los virtuosos: son la necesidad diaria de los mediocres.

Desde ese fondo se aprecia, además, lo que los antiguos cifraron en tres palabras: corruptio optimi pessima. La corrupción de lo mejor es la peor. No porque quien cae desde más alto valga más como persona, sino porque cae desde donde se le ve, y su caída enseña, aunque él no quiera enseñar nada. Lo mejor que tiene el servicio público es precisamente esto: que en él un hombre común puede volverse, sin proponérselo y sin cobrar nada extra por ello, el modelo de persona que muchos, demasiados, nunca tuvieron. Perder eso no es perder un requisito administrativo. Es perder lo único que un cargo modesto tiene de grande.

Con todo, las normas siguen ahí, encendidas. Un faro no deja de alumbrar porque los barcos hayan dejado de mirarlo; sigue señalando la roca, y su luz es justamente lo que permite advertir que nadie corrige el rumbo. La letra que llamamos muerta no está muerta: acusa. Y acusa con una paciencia irritante, esperando que alguien vuelva a leerla en voz alta. Hemos leído la cláusula de la dignidad del cargo como un lastre, casi como una intromisión. Léase al derecho: es un cumplido, quizá el único que el ordenamiento le hace al servidor público. Da por supuesto que hay alguien cuya vida la comunidad puede mirar sin bajar los ojos. Declarar que la norma “depende” no libera a nadie: lo degrada, porque le informa, con toda la hipocresía de la técnica jurídica, que ya nadie espera nada de él.

Perseguir la pérdida

Columna publicada en El Líbero el 3 de agosto de 2026.

La semana pasada nació en Chile el tercer gremio de casas de apuestas en línea. Se llama Agrupación de iGaming Responsable y lo encabeza la exsecretaria ejecutiva de la ANFP. Se suma a otras dos asociaciones ya constituidas, a las audiencias de lobby registradas en Hacienda, Deporte y la Segpres, y a los auspicios estampados en las camisetas de Colo Colo y la Universidad de Chile. Todo ello en una industria que la Corte Suprema declaró ilegal y cuyos sitios ordenó bloquear. Es un logro digno de estudio: en Chile los regulados llegaron antes que la regulación.

Apostar no es malo: la moral católica, que no tiene fama de manga ancha, lo tiene establecido hace siglos, y el apostador chileno tampoco es el villano de esta historia. Muchas veces es un tipo que juega poco, pierde poco y se ríe. Y muchas veces es un tipo que juega y pierde mucho, y llora. Con todo, hoy no escribo sobre él; tampoco sobre la industria diseñada por la ingeniería de la compulsión para lucrar con esas risas y, sobre todo, con esas lágrimas. Escribo, en cambio, sobre quien regula.

El primer síntoma apareció en junio. Antes de que exista ley, el Servicio de Impuestos Internos habilitó a las plataformas extranjeras para inscribirse y pagar IVA, incluido el adeudado por los últimos treinta y seis períodos tributarios. Traducido: el Estado emitió una boleta retroactiva por tres años de una actividad que él mismo tiene prohibida y que el máximo tribunal mandó bloquear. Contraloría ya ofició al Servicio. El director explicó, con impecable lógica tributaria, que la ley no distingue entre lo lícito y lo ilícito a la hora de cobrar. Tiene toda la razón en su terreno, y es precisamente eso lo inquietante: el Estado bloquea con una mano y factura con la otra, y descubre, mientras factura, que el juego prohibido le acomodaba. Se cobró la apuesta antes de resolver si estaba permitida.

Hay un nombre para lo que viene, y no lo inventé yo. Los clínicos lo usan hace décadas para describir el signo más característico del jugador enfermo: perseguir la pérdida. Es el hombre que vuelve a la mesa no porque quiera jugar, sino porque necesita recuperar. Quien haya visto de cerca una ludopatía no olvida ese momento: el juego dejó de ser diversión y pasó a ser el único plan disponible para tapar el hoyo que el juego abrió.

Véase la argumentación fiscal de estos meses. El ministro de Hacienda proyecta cientos de millones de dólares anuales por apuestas y los ha ofrecido como compensación de las rebajas tributarias de la Ley Miscelánea. Es decir: hicimos un hoyo por un lado y lo tapamos con la mesa de juego.

El segundo signo es la frase “de todos modos se juega”. Es verdadera, y es también, palabra por palabra, la frase del jugador que ya no puede parar. Un argumento no es falso por quién lo pronuncia. Pero cuando quien asegura que la actividad es inevitable resulta ser el mismo que va a cobrar por ella, uno tiene derecho a preguntarse si está oyendo un diagnóstico o un apetito.

El tercero es la promesa: regulemos estricto ahora, cobremos después. O su versión invertida, que es la que efectivamente ocurrió. Ese “después” es la promesa de abstinencia del que sigue jugando. El gradualismo no es el camino hacia el control: es el mecanismo por el cual el fisco se vuelve dependiente de la plata que más tarde tendría que restringir. Porque una vez que la caja cuenta con esa plata, contener el daño significa recaudar menos, y la voluntad política de contener se evapora sin que nadie tenga que traicionar nada. Basta con no insistir.

No sostengo que el Estado chileno sea un ludópata. Sostengo algo más modesto y más incómodo: que está razonando igual.

Y hay que mirar despacio qué se estaría gravando. La ruina del que se enferma jugando no la paga él solo: la pagan su mujer, sus hijos, los acreedores, el empleador que no entiende por qué falta. El impuesto recae sobre ese traspaso. Un porcentaje de lo que empieza a faltar en una casa termina, por una cañería larga y limpia, en el presupuesto de la nación. Y que la ruina la pague la familia tampoco es cosa que deba yo demostrar: el propio proyecto excluye de abrir cuenta a los deudores de alimentos. El legislador sabe exactamente quién queda debiendo cuando el jugador pierde; lo escribió. Una ley pensada para recaudar de la pérdida ajena no ordena la ciudad: le pone un peaje. Y deja al Estado con un interés permanente y creciente en que se pierda más y más seguido. Se pueden defender muchas cosas a la vez, pero no estas dos: ser el protector del jugador y ser el socio del negocio que lo arruina.

Queda lo peor, y es que la ley enseña. Lo que el Estado licencia y grava, la gente lo lee como bueno; no por ingenuidad, sino porque así ha funcionado siempre una comunidad política. Y aquí están las cifras: uno de cada siete adolescentes chilenos entre 12 y 17 años apostó el año pasado, y siete de cada diez escolares ya no consideran nociva la actividad. Todo eso ocurrió antes de la ley y sin su ayuda. Habrá que ver qué enseña la ley cuando llegue.

La determinación concreta de si esta actividad debe prohibirse o regularse es prudencial y admite discusión, y el proyecto no ignora el problema: prohíbe la publicidad dirigida a los niños y crea un registro de autoexcluidos. Corresponde decirlo. Pero lo que decide no está ahí, sino en la discusión particular que empieza ahora. Propongo, para seguirla, una prueba de blancura de tres preguntas, y las tres se responderán a la vista de todos en las próximas semanas.

Primera: ¿la carga tributaria se fijará según el daño que la actividad produce, o según cuántos jugadores logre traer el sistema hacia adentro? Quienes defienden regular lo han dicho sin rodeos: por no estar legislado, nos perdemos a los operadores serios. Pero un Estado que calibra el impuesto para maximizar el traspaso al mercado legal no está midiendo el daño: está midiendo la matrícula. Segunda: ¿quién administrará la plata de la prevención? Hoy el proyecto destina a ello un 1%, del cual el operador puede descontar lo que gaste en sus propias campañas de juego responsable; y no hace falta discutir mucho para ver que un aporte imputable a la publicidad de quien causa el daño no es prevención con otro nombre, sino publicidad con otro nombre. Tercera: ¿pagará algo, y esperará algo, el que operó ilegalmente todos estos años, antes de recibir su licencia? Los actos prohibidos se persiguen y castigan, no se blanquean; la frase no es mía, sino de Claudio Alvarado, director del Instituto de Estudios de la Sociedad, y va a poder comprobarse en el articulado.

Si las tres se contestan bien, la discusión era sobre el bien común y me habré equivocado con gusto. Si no, sabremos que lo que vino a ordenarse no era el juego, sino la caja.

Sospecho que será lo segundo, y sería un error acusar de hipocresía a quienes han conducido así este expediente. En la mirada desde la cual se lo ha llevado sólo cabe la cuenta alegre: cuánto entra, cuánto sale, qué informe técnico lo respalda. Lo que ocurre es más humano y bastante peor.

Porque el defecto no es de inteligencia. El apetito del dinero nunca embrutece: afila. Produce sagacidad, destreza, argumentos impecables; no hay en la sala nadie más lúcido que un hombre calculando bien. Ahí está la trampa: cada peso del impuesto a las apuestas está bien calculado; lo que ningún cálculo pregunta es por la justa causa de la cifra.

Por eso quien contesta con el equilibrio fiscal no está esquivando la pregunta por la justicia. Está convencido de haberla contestado, porque en su horizonte esa es la pregunta por la justicia. Y un horizonte no se ve: es aquello desde lo cual se ve. De ahí que el defecto resulte invisible justamente para quien lo padece. No siente que le falte algo; siente que respondió del todo. En ese horizonte, la cifra siempre desempata.

Escribí aquí, hace algunas semanas, temiendo el día en que la familia y la cultura debieran presentar su informe de rentabilidad para justificar su existencia. Me equivoqué en la forma y en el plazo. No hizo falta pedirle a nadie su informe: bastó que el asunto se discutiera en el idioma de la magnitud para que la ruina de unas cuantas familias apareciera, bien sumada y sin una sola cifra mal puesta, en la columna de los ingresos. Porque lo más peligroso no es el problema que se tiene al frente, sino el criterio con que se mide su solución. Y mientras la autoridad no ensanche la mirada, no habrá argumento capaz de advertírselo.

La tercera separación

Columna publicada en El Líbero el 27 de julio de 2026.

Antes del fondo, la rareza del cuadro: en un país donde con frecuencia no hay acuerdo ni sobre la hora, la Comisión de Familia de la Cámara aprobó en enero, por nueve votos y ninguno en contra, el proyecto que prohíbe y sanciona la maternidad subrogada. La moción la firmaron un diputado republicano y una exministra de Salud de Bachelet; la respaldaron un frenteamplista y un socialista. En junio comenzó la votación en particular. Afuera ocurre algo parecido: un informe de Naciones Unidas de octubre pasado pide reconocer la práctica como un sistema de violencia y explotación e insta a abolirla, y en enero, León XIV dijo ante el cuerpo diplomático que la gestación no puede convertirse en un servicio negociable. Cuando la ONU y el Papa coinciden, y el Partido Socialista vota con el Partido Republicano, algo está ocurriendo. Queda en la conciencia moderna un músculo que todavía se contrae. Vale la pena averiguar qué ve ese músculo y, sobre todo, qué se niega a ver.

Empecemos por los argumentos contrarios al proyecto. Vienen en dos familias. La primera defiende la modalidad lucrativa y se apoya en la libertad: una mujer adulta dispone de su cuerpo, y si decide gestar a cambio de dinero, quién es el Estado para impedírselo; gestar es un servicio exigente y bien pagado, y llamarlo indigno es el viejo paternalismo patriarcal que siempre ha decidido por las mujeres qué les sirve. La segunda familia defiende la modalidad altruista y renuncia al dinero precisamente para desactivar la objeción: si nadie cobra, nada se vende; la hermana que gesta por amor no mercantiliza, regala. A ambas las corona el alegato más noble: hay parejas que no pueden tener hijos, y el derecho a formar familia no debería depender de la lotería biológica. Cierra la fila el argumento práctico de siempre: prohibir no elimina, empuja al extranjero.

Tomemos primero la libertad, que es donde el razonamiento parece más firme. El contrato de subrogación tiene una peculiaridad que ninguna otra convención exhibe: intervienen tres personas y firman dos. La tercera no comparece, no consiente, no negocia; es aquello sobre lo cual se contrata. Se habla sin descanso de la autonomía de la gestante y de la de los comitentes; lo notable es el silencio sobre el único que no puede alegar autonomía alguna y cuya entrega es el objeto preciso del acuerdo. Añádase un detalle que suele pasar inadvertido: estos contratos incluyen cláusulas por las que la mujer se obliga a no encariñarse. Hemos inventado el único trabajo del mundo que exige por escrito la mutilación del afecto. Se dirá que es cláusula de estilo, sin fuerza real. Al revés: es la cláusula esencial, porque sin ella el negocio no funciona.

Se insistirá en que es trabajo, y que el trabajo dignifica. Pero todo trabajo admite dos cosas que éste no admite: la renuncia y el arrepentimiento. Un minero puede dejar la mina y un cirujano bajarse de la mesa, y lo peor que les ocurrirá será pagar una indemnización. Aquí el cumplimiento no se sustituye por dinero: se exige en especie. Es la única prestación cuya ejecución forzada consiste en quitarle un hijo a la mujer que acaba de parirlo. Y hay un dato que ahorra discursos: la dirección del flujo. Las gestantes mayoritariamente están en Europa del Este, en el sudeste asiático, en Latinoamérica pobre; los comitentes vienen de París, de Los Ángeles, de Madrid. Ninguna ejecutiva de Manhattan ha gestado para una campesina de Chiapas. Si el precio no dijera nada sobre la dignidad del acto, la geografía sería aleatoria. No lo es.

Viene entonces la modalidad altruista, que se presenta como la versión limpia. Pero la gratuidad suprime el precio, no la naturaleza del acto: el hurto no deja de serlo porque el ladrón regale lo robado. Es más, el altruismo no atenúa la presión, la perfecciona. Donde había dinero —que al menos se cuenta, se declara y se discute— queda la deuda familiar o amistosa, que no se cuenta ni se declara ni se discute, y a la que nadie sabe decir libremente que no. Una mujer puede negarse a un cheque; probemos si puede negarse a su hermana llorando en la cocina.

Se responde entonces con el argumento más conmovedor: ningún niño del mundo es más deseado que éste. Pero «deseado» describe al adulto, no al niño; informa sobre la intensidad de una voluntad ajena, no sobre la condición del que llega. Ninguno fue más querido, se dice; habría que decir, con más exactitud, que ninguno fue más encargado y, por ello, cosificado. Y el deseo, por vehemente que sea, no engendra títulos sobre personas: si bastara desear mucho para tener derecho, el derecho sería el nombre necesario del capricho intenso.

Llegamos así al corazón del alegato, que es el derecho a formar familia, y aquí importa una distinción que la conversación pública ha extraviado. Ese derecho es el derecho a casarse y a que nadie lo impida injustamente; nunca fue el derecho a obtener un niño. Y no puede serlo, por una razón elemental: todo derecho supone un deudor. Si existiera el derecho al hijo, alguien estaría obligado a entregarlo, y ese alguien sólo puede ser una mujer, o una agencia que la administre. Un derecho cuyo objeto es otro ser humano no es un derecho: es una esclavitud. La adopción, que suele invocarse como precedente amable, corre en sentido opuesto: no entrega un niño a una familia que lo demanda, sino una familia a un niño que la necesita y merece.

Queda el argumento práctico, que no es despreciable: prohibido acá, se hará afuera. Es cierto, y por eso el proyecto extiende la jurisdicción chilena a estos delitos. Pero el razonamiento, tomado en serio, sirve para cualquier delito con demanda solvente, y a nadie se le ocurre regular el tráfico de órganos con el argumento de que igual se practica. Hay algo peor todavía: una ley que declara válido el contrato debe declarar debido su cumplimiento, y el día en que la gestante se arrepienta —ocurre— el Estado tendrá que ponerse, con jueces y fuerza pública, del lado de quien viene a reclamar lo pactado. No existe la regulación neutral de un contrato. Regular es tomar partido por escrito.

Todo esto lo suscribo. Pero adviértase la forma que tienen estos argumentos, porque en ella está la ironía: todos dicen hasta aquí y ninguno dice desde dónde. Son diques, no cauces. Marcan un límite sin describir el terreno, y un límite que no descansa sobre nada termina pareciéndose a lo que sus adversarios sostienen que es: un escrúpulo, una repugnancia heredada, un gusto conservador, capricho insensible. Pero pensemos: si se aceptó hace medio siglo que el hijo puede venir de un laboratorio y no del abrazo de sus padres, ¿con qué autoridad se declara ahora que puede venir de una probeta, pero no de un vientre arrendado o prestado?

La ironía continúa: algunas feministas que denuncian esta industria con fuerza —y lo hacen bien, y con más coraje que muchos de los nuestros— sostienen que la mujer está siendo reducida a instrumento, a cuerpo disponible para el proyecto de otro. Están compartiendo ideas de un texto de 1968 escrito por un célibe italiano, que anunció eso mismo: que el varón terminaría perdiendo el respeto por la mujer y considerándola un simple instrumento, y que el poder público acabaría metiendo la mano en lo más íntimo de la vida conyugal. Tal cual lo profetizó Humanae Vitae, que cumplió cincuenta y ocho años el sábado, y fue el documento más ridiculizado del siglo. Ya nadie discute sus argumentos, pero todos repiten sus predicciones.

Lo que se ha ido cumpliendo es una secuencia de tres separaciones, y sólo la tercera nos escandaliza. Primero se separó el acto conyugal de la fecundidad, y se celebró como liberación. Después la fecundidad del acto conyugal, y se toleró como técnica y se financió como prestación de salud. Ahora se separa el cuerpo de la persona —la gestación de la madre, la madre del hijo— y eso, por fin, nos parece intolerable. El escándalo del tercer paso lo protagonizan, en buena parte, quienes bailaron los dos primeros. Es lo que ocurre siempre que una civilización acepta un principio y después pretende detener sus consecuencias lógicas, invocando las premisas que antes sepultó.

De ahí que apoyar este proyecto de ley sea justo, necesario y, a la vez, insuficiente. Una ley que prohíbe sin doctrina que la sostenga es un dique que contiene el agua un tiempo y luego cede. Mientras no volvamos a entender —y a decir en voz alta, que es lo difícil— que el hijo viene y merece venir de la entrega total y definitiva de un varón y una mujer que se han prometido para siempre, el “derecho” a formar familia seguirá buscando puertas, y las encontrará más temprano que tarde. La ley puede cerrar una puerta por un tiempo, y es correcto que lo haga. Pero explicar en serio por qué la casa tiene puertas y qué debe custodiarse dentro es tarea de otra cosa, y esa otra cosa se llama matrimonio.

Oídos que no escuchan, corazón que no se siente

Columna publicada en El Líbero el 20 de julio de 2026.

Algunos refranes son pequeñas misericordias domésticas. “Ojos que no ven, corazón que no siente” nació para consolar a quien no puede evitar un mal lejano: el que no se entera del naufragio duerme tranquilo, y hacemos bien en no amargarle el sueño con una noticia que nada cambiaría. Es sabiduría de abuela, hecha para las cosas sobre las que no tenemos poder. Pero el refrán, como toda herramienta afilada, ha ido resbalando hacia usos menos inocentes. Entre nosotros se lo emplea también para describir cómo la distancia enfría el cariño —lejos de los ojos, lejos del corazón—, y de ahí ha bajado un peldaño más, hasta servir de coartada blanda a la infidelidad: el que no ve, no siente, y el que no siente, se disculpa. Nótese el trayecto. De consuelo ante lo inevitable ha pasado a excusa de lo que sí dependía de uno. Y en la discusión sobre el aborto acaba de dar su último paso: ya no consuela ni excusa, ahora legisla.

La ocasión es un proyecto de ley que propone que, antes de una “interrupción voluntaria del embarazo”, el médico informe a la mujer si el embrión o feto tiene actividad cardíaca detectable y, de tenerla, le ofrezca escucharla, con una descripción objetiva del dato. Contra la iniciativa se han alzado objeciones que hay que tomar en su forma más fuerte, porque son inteligentes y ninguna es de mala fe.

La primera dice que la autonomía incluye el derecho a rechazar la información que no se desea, de modo que una consulta cuyo rechazo acarrea una consecuencia jurídica deja de ser una opción libre (el proyecto dispone que, si la mujer declina el ofrecimiento para escuchar los latidos de su hijo, el médico debe negarse a practicar el aborto). La segunda va más lejos: sostiene que ofrecer ese dato con ánimo de disuadir no es información neutral sino presión, y que cuando el Estado impone una carga psicológica con finalidad disuasiva, incurre en tortura. Mírese esa escalada, porque es reveladora: de “no quiero oír” se llega, en dos pasos, a “ofrecérmelo es torturarme”. El camino es corto, pero el terreno que atraviesa lo dice todo. Ambas objeciones, tan distintas en tono, descansan en un mismo fin, aunque nadie lo diga en voz alta: que el amor natural, ese que despierta al reconocer al hijo, no alcance a reafirmar la fidelidad de la madre hacia él. No es distracción: es un modo de dormir el vínculo antes de que hable. Y ambas objeciones, también, asumen la premisa positivista del supuesto “derecho” al aborto y, desde allí, rechazan el que la negativa de la mujer al ofrecimiento de escuchar los latidos de su hijo pueda acarrear la imposibilidad de practicarse un aborto.

El proyecto de ley yerra ahí, y conviene decirlo para no confundir lo que defiendo: no yerra por querer disuadir, sino por confundir el disuadir con el forzar. Poner la verdad delante de alguien es un deber; castigarlo si aparta la vista, en este caso es torpeza que arruina el fin que se persigue. De modo que no vengo a defender ese proyecto, sino la disuasión inteligente, no la disuasión de garrote. Forzar es mala manera de convencer. La verdad empujada a la fuerza deja de persuadir y empieza a violentar, y una conciencia violentada se cierra en vez de abrirse. Por eso la coacción no es un exceso de celo disuasorio: es su fracaso. Importa, pues, fijar bien dónde cae la crítica: sobre el garrote, jamás sobre la verdad que el garrote esgrime mal.

Aclarado eso, digamos algo sobre el manoseado argumento de que ofrecer esta verdad a la mujer atenta contra su autonomía: imaginemos al cazador que, antes de disparar hacia la espesura, exigiera que nadie le advirtiese si en la maleza respira un hombre o un ciervo, no fuera que la noticia le enturbiara el pulso. Diríamos que ha entendido su libertad al revés. Una puntería que necesita ignorar su blanco no es más libre por ignorarlo: es sólo más ciega, y su ceguera no absuelve el disparo, apenas le fabrica una coartada. Lo que hay en la maleza no cambia de naturaleza porque el cazador cierre los ojos. Con la elección ocurre igual. La voluntad no se mueve en el vacío: elige a la luz de lo que la razón le muestra, y una decisión tomada en ignorancia de un dato decisivo sobre aquello que decide no es más libre, sino menos. Llamar autonomía a la ignorancia deliberada del propio objeto es confundir el autogobierno de un ser racional con la mera espontaneidad de quien actúa sin mirar. Nadie es más dueño de sus actos por saber menos de ellos.

Hagamos, de paso, una pregunta simple a quienes con más fervor invocan la autonomía de la mujer. Esa libertad que proclaman sagrada mientras la conduce al quirófano, ¿por qué se vuelve de pronto sospechosa —presión, coacción, hasta tortura— apenas la misma mujer podría emplearla para mirar una imagen o escuchar un sonido? Si de veras se amara su autonomía, se amaría entera: la de decir que sí y la de detenerse, la de cerrar los ojos y la de abrirlos. Pero se defiende una sola dirección. Se aplaude la libertad que avanza hacia la muerte del hijo y se recela de la que pudiera apartarse de ella. Y entonces la pregunta se torna inevitable: ¿Qué es, exactamente, lo que se defiende? ¿A la mujer? ¿Su “autonomía reproductiva”? ¿O el resultado —esa muerte que nunca se nombra— para el que la autonomía no era sino el vehículo? Porque una libertad que sólo se respeta mientras produce cierto desenlace, y de la que se desconfía en cuanto pudiera producir otro, no es una libertad que se ame: es un medio que se tolera mientras rinde. En ese uso, la autonomía ha dejado de ser el fin; es apenas la coartada del fin. La misma coartada, otra vez, del cazador que prefería no saber.

Detengámonos ahora en la segunda objeción, la que llama violencia a que le digan a uno la verdad. Hay en ella una rareza que no hay que dejar pasar. Sólo hiere oír un dato cuando lo que uno va a hacer no resiste ese dato. Al que va a partir un leño no lo perturba que le llamen madera a la madera; lo perturbaría, en cambio, oír que el árbol todavía tiene savia con el hacha ya levantada. La verdad no incomoda por cruel, sino por exacta: y cuando incomoda, es señal de que su filo toca el acto y despierta la conciencia de la persona. Un espejo no agrede a nadie; se limita a devolver una imagen. Quien lo acusa de agresión está confesando, sin quererlo, qué es lo que el espejo le devuelve. Rebautizar de tortura a la información veraz es, en el fondo, un elogio involuntario a su exactitud.

Desnudada así la falacia, aparece entero el punto que el sentido común reconoce sin esfuerzo y el positivismo se empeña en no ver. Si no hay derecho a matar al inocente, entonces disuadir de hacerlo no es una intromisión: es un deber. Y ese deber recae sobre la comunidad, no sobre la mujer: es la sociedad la que está obligada a poner la verdad delante, a ofrecer, a mostrar, a acompañar, a insistir con caridad. Ahí está la línea, y es nítida: la disuasión honesta ofrece el latido y describe lo que se oye. A quien se asoma al borde de un acto irrevocable la comunidad no le debe facilitación, le debe auxilio; no le debe silencio, le debe la verdad que acaso la aparte y un instante de detención ante lo que no tiene vuelta. Digámoslo sin complejos: la mujer tiene derecho a que los suyos y la sociedad entera la ayuden a no matar a su hijo, y ese derecho se traiciona cuando se la deja sola con el hacha, felicitándola por su autonomía. Entre el abandono y el garrote está la disuasión verdadera, que es la que trata a la mujer como lo que es: una persona, un ser moralmente responsable, capaz de recibir la verdad y ser iluminada por ella.

Y que no se me malentienda: defender esta disuasión no es resignarse a administrar con dulzura lo que no debería existir. Una ley que erige en prestación la muerte directa de un inocente no se perfecciona: se deroga; mientras siga en pie, poner la verdad delante salvará vidas concretas, y ya eso basta para quererlo, aunque no baste para darse por satisfecho.

El viejo refrán prometía paz a costa de no mirar. Pero aquí el corazón que se pide no sentir no es el de la madre —que sí siente—, sino el del hijo, que late aunque nadie lo oiga. Cerrar los oídos no detiene ese latido; sí lo hace el aborto. Por tanto, el refrán ha sido invertido al extremo: por esos oídos que no escuchan, un corazón dejará de latir, y otro, tarde o temprano, no dejará de sentir lo que no quiso escuchar.

El escándalo de contar

Columna publicada en El Líbero el 13 de julio de 2026.

La Asamblea de Madrid aprobó una ley que, leída en frío, no parece materia de escándalo: dispone que un niño todavía no nacido pueda contarse, para ciertos efectos administrativos, como uno más de la familia. Basta un certificado médico y catorce semanas de gestación para que una familia con dos hijos y uno en camino sea, ante el Estado, numerosa; para que acceda a una beca, a una rebaja, a un cupo. La medida es modesta hasta la timidez —no prohíbe nada, no obliga a nadie, apenas suma— y, sin embargo, la oposición la ha llamado “ideológica” y “batalla cultural”, como si contar a un niño fuera un acto de guerra. Consideremos el dato que vuelve la escena casi cómica: esto ocurre en España, donde se practican más de cien mil abortos al año y donde el aborto libre es ley pacífica y práctica de masas. Es decir, el gesto de contar al no nacido ha brotado, precisamente, en el suelo donde menos cabía esperarlo.

Chile, mientras tanto, vive su propio escándalo contable, y vale la pena mirarlos juntos. Un avión procedente de Puerto Príncipe traía en su manifiesto ciento veinticuatro niños y aterrizó en Santiago con sesenta; se supo luego que unos pocos adultos habían ingresado al país, en viajes sucesivos, cerca de medio millar de menores con los que no tenían vínculo alguno, y que de más de doscientos se ignora el paradero. El país entero se detuvo. Fiscalía de oficio, comisiones investigadoras, informe lapidario de Contraloría, el Presidente calificando el hecho de gravísimo. Y hay que decirlo sin ironía: todo eso es muy bueno. Una república que todavía se paraliza porque no le cuadran los niños de un manifiesto es una república viva. Pero nótese cómo empezó todo: alguien comparó dos cifras. Ciento veinticuatro contra sesenta. El horror no se descubrió con una proclama sino con una resta. Contar fue, literalmente, la manera de ver; y la conmoción nacional que siguió prueba que el corazón chileno sí siente, cuando los números le permiten mirar.

Porque contar, en español, tiene la fortuna de significar dos cosas a la vez: enumerar y narrar. Meter en la lista y decir en voz alta. Madrid acaba de hacer las dos con el mismo gesto: inscribió al niño en el registro y, al inscribirlo, contó su historia ante una cultura que abraza el aborto como un “derecho humano”. Madrid no esperó el consenso para contar al niño; contó al niño, y con ese gesto empezó a fabricar el consenso que no tenía, enfrentando la inevitable alharaca del pañuelo verde y su pariente morado. Madrid demostró no solo valentía, sino sensatez: comprendió que quien exige el acuerdo antes de moverse ha confundido el efecto con la causa, y suele, de paso, esperar sentado toda la vida.

Y aquí asoma la paradoja que debería avergonzarnos. Se acusa a Madrid de novedad ideológica por tratar al concebido como un niño; pero no hay nada más antiguo en el Derecho de Occidente. Lo hizo Roma —nasciturus pro nato habetur, al concebido se le tiene por nacido en todo cuanto le beneficie—; lo hicieron las Partidas. Lo verdaderamente nuevo, lo insólito, lo sin precedentes, no es contar al niño: es descontarlo. Y en esto Chile tiene una biografía que haría palidecer a Madrid. Desde 1855, nuestro Código Civil dispone que la ley protege la vida del que está por nacer —lo mismo dice nuestra Constitución— y manda al juez tomar todas las providencias para cuidar su existencia. La ley chilena le reconoce al no nacido alimentos —puede una madre demandarlos por el hijo que todavía no nace—; le reconoce herencia, y un tutor para cuidarla; lo protege “desde el momento de la concepción” cuando prohíbe destruir embriones en la investigación científica; permite iniciar su adopción antes de que nazca; ampara sus bienes hasta en la ley de impuesto a la renta; y le dedica, por si algo faltara, una fecha en el calendario, el 25 de marzo, día del niño que está por nacer.

Se me objetará que Chile también tiene su contabilidad, y es verdad. Tenemos estadísticas de aborto prolijas, anuales, desagregadas por causal: algo más de cinco mil trescientos casos en siete años de ley. No falta la cifra; el registro existe y es público. Pero mírese bien qué es lo que se cuenta. Madrid cuenta niños; Chile cuenta “interrupciones voluntarias del embarazo”. La nueva estadística española registra a alguien; la nuestra registra algo: un procedimiento, un acto “médico”, un evento sanitario. Es la operación más fina del sofisma moderno: no negar el número, sino cambiar el sustantivo. Se puede contar todo sin contar a nadie. En el manifiesto del avión de Puerto Príncipe decía “niños”, y por eso la resta nos heló la sangre; si hubiera dicho “traslados voluntarios de pasajeros” quizá seguiríamos durmiendo tranquilos. El mal, administrado con inteligencia burocrática, no necesita monstruos: le basta una palabra amable interpuesta entre el hombre y lo que hace. Así —enseña Hannah Arendt— el mal se vuelve banal. Madrid abandonó el eufemismo. Chile se aferra al sofisma y lo llama neutralidad técnica.

Lo esperanzador es que Chile demostró tener intacto el órgano que hace falta. Cuando los números dijeron “niños”, el país se detuvo, y ese detenerse —incómodo, costoso, sin cálculo— es de las cosas más nobles que nos han pasado en mucho tiempo. Nadie pidió consenso para buscar a los niños ausentes: se los busca porque son personas, aunque no se los vea. Todo el asunto consiste en extender esa misma honradez aritmética unos centímetros más allá de la losa del aeropuerto. Madrid lo hizo con un formulario, un certificado y una casilla nueva donde antes no cabía nadie: descubrió que empezar a ver era tan sencillo y tan difícil como empezar a contar por su nombre. Y contar, que parecía la más humilde de las operaciones, resulta ser la más valiente, porque siempre habrá quien llame escándalo al simple gesto de decir, en voz alta, que ahí hay alguien. Y todo alguien, cuenta.

Todavía no

Columna publicada en El Líbero el 6 de julio de 2026.

Existe un lugar en el mundo donde las injusticias descansan cómodas, calientes, casi mimadas: el archivo de los asuntos «en revisión». No es la cárcel ni el tribunal, sino esa antesala administrativa donde un expediente puede envejecer con dignidad, porque nadie lo ha negado y nadie lo ha resuelto.

El Presidente Kast —que ha hecho de la emergencia su bandera y de la prisa una promesa— ha dicho, con una franqueza que debo agradecerle, que usará la facultad presidencial del indulto. Lo ha repetido más de una vez: «la facultad del indulto… yo la voy a utilizar». Ha precisado que revisará los casos uno a uno, que no prometió indultos absolutos, que primero la empleará y después propondrá reformarla, y que de todos modos no es la prioridad de un país donde hay gente que tiene hambre, que no tiene casa, que no tiene seguridad. Todo esto es razonable. Todo esto es, palabra por palabra, defendible. Tal vez, dicen algunos, es lo prudente.

La prudencia, sin embargo, no es la virtud de quienes deliberan bien, sino la de quienes deliberan y mandan bien. Su acto propio no es la consulta ni el juicio, sino el imperio: el mandato efectivo de ejecutar aquello que la razón ya juzgó debido. Deliberar es el vestíbulo; juzgar, la sala de espera; pero la prudencia sólo llega a su casa cuando ordena hacer. Un médico que diagnostica de maravilla y no receta nunca no es un médico prudente: es un erudito de la enfermedad ajena.

La distinción no es bizantina, porque hay dos demoras que se parecen como dos gotas de agua y son radicalmente opuestas. La primera es la del gobernante que sabe qué debe hacer y escoge el momento oportuno, porque obrar hoy causaría un daño mayor que esperar; en él la espera no posterga el deber, sino que forma parte del mismo juicio prudente. La segunda es la del que ya tiene el juicio formado, ya conoce la obligación, y no obstante vuelve a abrir, una y otra vez, la deliberación que había cerrado. La primera demora es prudencia. La segunda tiene otros nombres, bastante menos halagüeños: inconstancia, cuando la razón concluye y la voluntad retrocede ante la dificultad; negligencia, cuando se reconoce el deber, pero no se ponen los medios para cumplirlo; pusilanimidad, cuando se cede ante la magnitud del costo de realizar lo que se sabe que es correcto.

Lo incómodo es que la falsificación de la prudencia se parece muchísimo al original. Nadie posterga un deber anunciando «voy a postergar un deber». Se dice, más bien, «es más complejo de lo que parece», «hay que verlo caso a caso», «sin prisa y con pausa», «otra cosa es con guitarra». Frases impecables, todas, mientras describan un trabajo que avanza; frases siniestras, las mismas, cuando describen un trabajo que no empieza o que empieza y se abandona. La palabra puede ser el bisturí del cirujano o la coartada del cobarde, y desde fuera no se distingue el filo del mango.

Conviene afinar el caso, porque el debate público se ha enredado —comprensiblemente— en los indultos discutibles: los del culpable cuya pena se perdona. De ésos no hablo, y por una razón sencilla: al culpable la clemencia no se le debe, se le regala, y un regalo puede esperar sin que nadie cometa injusticia al demorarlo. El caso que me interesa es el contrario: el del inocente —o el de aquel cuya inocencia se presume con fuerza— que sigue tras las rejas. Porque ahí la demora deja de ser administrativa y se vuelve un problema moral: cada día adicional de encierro injusto no es un bien futuro que se aplaza, sino un daño presente que se prolonga. No estamos ante algo que todavía no ocurre, sino ante una aberración que sigue ocurriendo. Se dirá que el indulto perdona la pena, pero no borra la condena; es cierto, y poco consuela al inocente la pulcritud de sus antecedentes cuando lo que le sobra es reja. Mientras la autoridad «revisa», el reloj no cuenta.

Una omisión puede ser tan voluntaria, y tan imputable, como el más deliberado de los actos, porque quien pudiendo y debiendo obrar no obra, algo hace precisamente al no hacerlo. No se requiere un decreto que ordene la injusticia; basta el silencio de quien tenía el deber, los medios y la hora para remediarla. Porque los preceptos que mandan hacer obligan siempre, aunque no a cada instante: obligan a su tiempo y en su lugar. Mientras la hora no llega, el «todavía no» es inocente; cuando la urgencia, la certeza moral y la competencia coinciden, la hora ha llegado, y entonces la postergación deja de ser una pausa para volverse una respuesta. Un «no» conjugado en futuro sigue siendo un «no»; y la voluntad que aplaza sin término lo que sabe debido no es que no haya decidido: ha decidido no decidir, que es la única forma de negar sin que se note. La firma que falta tranquiliza al expediente, no a la conciencia.

Hay un viejo recurso de Chesterton que viene aquí como anillo al dedo. Comienza él por el cabello de una niña pobre, de pelo rojizo, a la que —por la inmundicia del conventillo— alguien propone rapar para acabar con los piojos. Y Chesterton, en vez de aceptar el trato razonable, lo invierte con furia: antes que cortar ese cabello derribemos el conventillo entero. La niña es el punto fijo; lo demás es lo que debe ceder, y no al revés. Tal es la primacía de la persona y su dignidad. Pues bien: el inocente en su celda es ese pelo rojizo. Y lo que se pone en la otra bandeja de la balanza no es ya un conventillo, sino algo más liviano todavía: el fastidio de lidiar con una oposición que mañana, como todos los días, hará lo posible por viciar el gesto, fiel a su liturgia del «ni perdón ni olvido». Dejemos el eufemismo de lado: un día de un inocente es irreparable y concreto; la objeción del adversario es previsible, repetida y —sobre todo— segura, pues ocurrirá igual se haga lo que se haga. Quien deja al inocente adentro para ahorrarse el ruido de afuera no ha pesado dos bienes: ha cortado el pelo del inocente y de su familia para no incomodar al conventillo, y ha dejado, de paso, que una consigna forjada contra los culpables cobre su precio en los inocentes.

Nada de esto es un cargo contra el Presidente. Sería una insolencia —y, de paso, una imprudencia mía— dictaminar desde una simple columna lo que sólo él puede saber: si su demora es de la primera especie o de la segunda, si el calendario está al servicio de la justicia o reemplazándola. Quien tiene los expedientes a la vista es él, no yo. Pero la tradición que él mismo profesa —y la profesa, no es un decorado— le ofrece algo mejor que un crítico externo: le ofrece un examen interior. La pregunta no es «¿qué dirán?», sino «¿haré lo que sé que debo hacer?». Si los costos políticos, el desgaste mediático o el cálculo electoral ya no alteran su juicio sobre lo que es justo en un caso concreto, entonces esos costos han dejado de pertenecer a la prudencia y han pasado, sin ruido, al departamento de la conveniencia. Allí puede haber astucia, cálculo, sagacidad. Virtud, no.

La tentación de todo poder serio y bienintencionado —y éste lo es— se formula así: «reconozco lo que debe hacerse ahora, pero todavía no…». Tranquiliza porque no niega nada: ni el deber, ni el bien, ni la urgencia; sólo los corre de fecha. Y un aplazamiento sin fecha es, para el inocente que aguarda en su celda, indistinguible de una negativa. Ojalá —lo digo con afecto y sin ironía— que cuando la historia abra estos expedientes encuentre, al final de la línea, un día y un mes. Y no la expresión «todavía no», que es la manera cortés que ha inventado el hombre para decir «nunca».

Castigar o esconder

Columna publicada en El Líbero el 29 de junio de 2026.

Ante la muerte de un niño de 12 años en una encerrona, una alcaldesa resumió el clamor de muchos en una línea: los menores “están delinquiendo porque saben que no tienen ni una pena”. Quien la pronunció creía hablar de disuasión. Sin advertirlo, dijo algo más hondo y cierto: que un muchacho a quien sus actos no le devuelven consecuencia alguna no aprende que ha hecho un mal, sino algo peor, que el mal no existe. Tiene razón. Es de justicia que el delito tenga pena, y un orden que libera al día siguiente a quien acaba de quebrarlo no es más humano: es más cruel, porque le confirma al joven que su voluntad no topa con muro alguno en la realidad. Y un alma sin muros es un alma a la que se abandonó.

Hasta aquí, los alcaldes que pidieron urgencia para la reforma de la ley penal adolescente tienen toda la razón. Corresponde concedérselo entero, porque sólo quien admite que el castigo es debido tiene después derecho a preguntar por su forma. Y la pregunta es difícil: cuando pedimos “régimen cerrado”, ¿sabemos lo que pedimos?

Debemos mirar la cosa real y no el folleto. La ley promete continuidad de estudios, tratamiento de adicciones, reinserción. El recinto entrega otra cosa. No hace falta admirar al sistema interamericano —confieso que no lo admiro— para reconocer que, de tarde en tarde y casi a pesar de sí mismo, acierta. En noviembre de 2024 condenó al Estado de Chile por las condiciones en que ese mismo Estado mantiene a los adolescentes que encierra: hacinamiento, celdas de castigo, aislamiento, ausencia de separación por edad. Hay una ironía difícil de digerir en pedir como solución, a gritos y con urgencia, precisamente aquello por lo cual ya fuimos condenados. Llamamos remedio a lo que un tribunal —uno que rara vez me da la razón— acaba de llamarnos enfermedad.

Podría pensarse que, fealdad aparte, el encierro al menos cumple su promesa central: devolver a la calle un joven mejor. Los números dicen lo contrario y con una crudeza que desarma. De todas las sanciones que contempla la ley, el régimen cerrado es el que más reincidencia produce: más de la mitad de quienes egresan vuelven a delinquir dentro de dos años. Se ha estimado que la privación de libertad en la adolescencia aumenta en 36 puntos la probabilidad de reincidir ya de adulto. Léase con calma: no es que el régimen cerrado fracase en formar al joven. Es que fabrica, con puntería estadística, al delincuente adulto que dice venir a prevenir. Pedimos endurecer la máquina que produce, con exactitud, el resultado que tememos. Si un hospital contagiara a la mayoría de sus pacientes, no pediríamos más camas.

Y aquí la pregunta deja de ser técnica y se vuelve moral. Si el encierro no corrige, no repara nada y degrada a quien lo sufre, entonces se sostiene únicamente en la tranquilidad del resto. Y conviene decir lo que eso significa, con todo el respeto por quienes lo piden desde el espanto de un niño muerto, pero sin ceder un milímetro en el argumento. Una persona, también la culpable, se ordena al bien común como la parte al todo; pero sólo en aquello en que es parte, no en todo lo que es, porque hay en ella un destino que ninguna comunidad agota. Por eso jamás puede ser tratada como mera pieza al servicio de la seguridad ajena. Cuando el castigo se justifica únicamente por su utilidad para los demás, ha dejado de ser castigo: se ha vuelto sacrificio. Y un Estado que sacrifica a los suyos, aunque sean culpables, repite con mejor caligrafía el gesto del que delinque: usar a otro como cosa.

Detrás de todo esto late una confusión más honda: hemos olvidado qué es un castigo. Un castigo que no duele no es un castigo; es una ceremonia. La pena es un bien que se padece —un bien por su fin, que es restaurar la justicia— pero que llega necesariamente en forma de mal, de algo que se sufre contra la propia voluntad. Quítese el padecer y se quitó la cosa: una pena que no cuesta nada es como un ayuno que permite comer. Y no sólo resulta inútil; es injusta, porque deja la balanza donde el delito la dejó. Educar, por lo demás —en el sentido más viejo de la palabra, el que tenía Platón cuando decía que consiste en aprender a alegrarse y a dolerse como es debido—, no es otra cosa que reordenar los afectos: que duela lo que debe doler y agrade lo que debe agradar. Y el que delinque es justamente aquel cuyos goces y penas se han desquiciado: se alegra de lo que tendría que apenarlo, y no le pesa lo que tendría que pesarle. Devolverlo al orden exige, antes que nada, que el daño vuelva a dolerle.

Pero entonces la cuestión no es si el castigo debe doler, sino qué dolor. Hay uno que reordena y otro que sólo embrutece. El de la celda degradante duele, por cierto, pero es el dolor equivocado: no se enlaza con lo que el joven hizo, y así no le enseña a apenarse del mal que causó, sino a apiadarse del que él padece. De ahí no nace arrepentimiento sino rencor. El otro dolor —mirar a la víctima, reparar lo roto, sostener la cara de aquello que se quebró— es el que vuelve a anudar la pena con el acto y reenseña al alma a dolerse donde corresponde. Y ese, digámoslo, es el más arduo de los dos.

Por eso castigar de verdad es más difícil que encerrar, y nunca más blando. La blandura cómoda y la dureza inútil se parecen más de lo que creen: ninguna de las dos le cobra al joven lo que su falta de veras vale. La experiencia comparada en justicia restaurativa —responsabilizar al infractor ante su víctima, exigirle reparar— muestra resultados modestos pero reales, mejores que los del puro cerrojo. No es indulgencia: es exigencia de la más áspera. Uno se pregunta por qué la única firmeza que sabemos imaginar es la del candado. Hubo tiempos en que se creyó que a un joven sin rumbo se lo enderezaba encuadrándolo, formándolo, exigiéndole un servicio, imponiéndole disciplina dolorosa y modales con rigor; no escondiéndolo. No propongo una fórmula específica: propongo abandonar el falso dilema. Entre soltar y sepultar hay un país entero por explorar, y lo hemos dejado baldío. El alcalde Agustín Iglesias ha dado un primer y valioso paso en esta dirección.

“No tienen ni una pena”, dijo la alcaldesa, y tenía razón a medias. Porque tampoco tienen pena —en el sentido grave y restaurador de la palabra— los que entran al régimen cerrado y salen peores. Tienen un castigo que no restituye nada, no corrige a nadie y sólo los guarda hasta que regresan, más deshumanizados, a la misma esquina. La verdadera impunidad no es únicamente la del que sale libre mañana. Es también la del Estado que llama justicia a un encierro que ya le fue reprochado como injusticia, y duerme tranquilo —por un rato— creyendo que cumplió.

Queda el muro. Lo imaginamos como lo primero firme contra lo cual un alma a la deriva podría, por fin, apoyarse. Pero hay otro muro, y es el que levantamos con más prisa: el que no se alza para sostener a nadie, sino para esconder lo que no queremos mirar. El mismo muro, dos sentidos. Y toda la diferencia entre castigar y esconder cabe en cuál de los dos elegimos.

Autogol

Por Javier Mena Mauricio. Columna publicada en El Líbero el 26 de junio de 2026.

El gobierno que prometió defender a la familia del Estado acaba de presentar un proyecto para ponerla bajo mayor tutela del Estado. No es un trabalenguas: es el Mensaje N° 060-374, que “fortalece el ejercicio de la responsabilidad parental” y entró a la Cámara este mes.

Su fin es bueno, y hay que decirlo sin reticencia: que los padres estén presentes, que guíen, que no abdiquen. Nadie de buena fe defiende al padre ausente. El reparo no es al fin, sino al medio. Para conseguir padres diligentes, el texto resuelve poner a todos los padres bajo sospecha; para socorrer a la familia que fracasa, instala al Estado como auditor anticipado de la familia que tropieza y se levanta. Y lo hace desde una administración que, se supone, entiende qué es la subsidiariedad —menos tutela, más familia, respeto del hogar frente al aparato—. Es como si los bomberos, hartos de incendios, fundaran una escuela de pirotecnia.

El mecanismo merece mirarse, porque el diablo asoma en el detalle. El nuevo procedimiento “especial, preventivo y tutelar” se gatilla cuando un niño o un adolescente comete cualquier falta —o incurre en una conducta dañosa para sí mismo— y alguien supone que detrás hubo “falta de diligencia” de los padres. ¿Quién puede denunciarlos? Además de la policía, los abuelos, los profesores, el director del colegio y la Defensoría de la Niñez. Si el tribunal sospecha, en cualquier momento, una “vulneración grave”, abre de oficio una medida de protección, que es la antesala cortés de la separación del hijo. Y para corregir a los padres, el Estado los deriva —obligatoriamente— a “programas de habilidades parentales”. El gobierno que jura no reemplazar a los padres los matricula en un curso para aprender a serlo.

Conviene anticipar la objeción, porque es la primera que se hará: la escuela ya denuncia. Hace tiempo que el profesor y el director están obligados a poner en conocimiento de la justicia el maltrato o el abuso que sufre un alumno, y está bien que así sea. Pero adviértase el giro, porque en él cabe todo. Hasta hoy la mirada del colegio se dirigía a quien daña al niño, para protegerlo; el proyecto la voltea hacia los padres, para sancionarlos por lo que el niño hizo. La escuela deja de ser centinela contra el daño y pasa a ser auditora de la crianza: ya no avisa que a un alumno lo lastiman, sino que sus padres no lo educaron bastante bien. A la institución a la que entregamos a los hijos para que los forme con nosotros, el proyecto la enrola como posible acusadora de nuestra idoneidad para formarlos. Y ahí, no en la denuncia del abuso, se quiebra la confianza callada sobre la que descansa la subsidiariedad educativa.

Ahora bien: todo esto se entrega a los tribunales de familia. Y aquí le pido al lector un ejercicio que, sospecho, los redactores del proyecto no hicieron. Que vaya un día cualquiera, a las ocho y media de la mañana, al pasillo de un juzgado de familia. Verá, banca contra banca, a madres agotadas y a padres separados que apenas se miran, a abuelos cargando con lo que otros soltaron, a niños oyendo lo que no deberían. Y verá circular un vocabulario de goma —“interés superior”, “maltrato psicológico”, “buena crianza”— que cada consejero técnico llena con el contenido que su criterio, y el aire turbio de la época, le dictan. Quien haya litigado ahí sabe que ese contenido dista de ser neutral, y con qué vara suele medirse a la familia que no calza con el molde.

Y no se diga que este recelo es manía chilena, fantasma de un litigante mal dormido. Donde el aparato tutelar lleva más años y más holgura, el estándar elástico ya enseñó adónde conduce. En Noruega, el servicio de protección se llevó a los cinco hijos del matrimonio Bodnariu —de tres meses a nueve años— y los repartió en hogares de acogida; el expediente había empezado con la llamada de una directora de escuela, inquieta por una crianza que juzgaba demasiado estricta y religiosa. Los exámenes médicos no hallaron rastro de maltrato, y los niños volvieron a casa recién meses después, tras una protesta internacional. En Alemania, una veintena de policías y asistentes sociales retiró por tres semanas a los cuatro hijos del matrimonio Wunderlich, cuya única falta era enseñarles en casa; entre los riesgos que el tribunal anotó figuraba el apego demasiado intenso de esos niños a sus padres. Y el Tribunal Europeo de Derechos Humanos, al que nadie acusará de nostalgia conservadora, no halló nada que reprochar. No afirmo que Chile sea Noruega ni Alemania; afirmo que el peligro no anida en la latitud, sino en el estándar: entréguese a cualquier Estado una vara de goma y la palabra “riesgo”, y tarde o temprano la usará para medir a una familia que no ha dañado a nadie.

Y ya que hablamos de lo que esos tribunales saben hacer, una pregunta directa para los autores del proyecto, sin segundas intenciones: ¿saben cómo trata hoy un juzgado de familia chileno al padre o a la madre que se atreve a dudar de las dudas de un hijo menor de catorce años sobre su identidad sexuada? ¿Han visto con qué naturalidad, bajo el “interés superior” y la “no discriminación”, el progenitor que vacila puede pasar de parte preocupada a sospechoso de vulnerar? No lo pregunto para abrir ese debate aquí, sino para uno más simple: antes de entregarle a ese tribunal más poder sobre el hogar, lo prudente sería averiguar cómo ejerce el que ya tiene.

A ese lugar —no al tribunal aséptico y técnico que alguien imaginó en un escritorio— el proyecto quiere darle más poder sobre el hogar, sobre más materias y con estándares más elásticos. De donde sólo caben dos explicaciones, y sólo dos. La primera, que quienes lo firmaron conozcan ese terreno y, aun así, hayan decidido entregárselo. La segunda, que no lo conozcan; que jamás se hayan sentado a esperar un comparendo de familia. Por caridad —y, francamente, por verosimilitud— me quedo con la segunda. Estarían legislando, con la mejor intención del mundo, sobre un país que no han pisado: han leído el mapa y no el territorio, y han confundido el tribunal que existe con el que les habría gustado que existiera.

Hay deslices más finos —el texto confunde el deber personalísimo de guiar con sanciones patrimoniales y sucesorias, mezclando lo que él mismo distinguía con pulcritud en su primer párrafo—, pero eso es un primor de técnica al lado de lo grueso, que es de principios: un gobierno pro familia, para fortalecerla, la pone bajo la tutela de quienes menos confían en ella. Y las buenas intenciones tienen mala memoria. La maquinaria que hoy se arma con patrocinio pro familia no lleva grabado el nombre de quien la enciende: la heredará, montada y aceitada, la administración que venga, piense lo que piense sobre la “buena crianza”. Quien construye el caballo no decide quién entra en él.

Por lo demás, el Estado no puede dar lo que no tiene. No posee paternidad que conferir, ni fabrica presencia por multa ni cariño por oficio. No se cita a comparendo el amor de un padre. Lo que sí puede hacer —y este proyecto lo hace— es desconfiar del hogar mientras jura defenderlo.

Lo demás se dice solo. Un gobierno que prometió defender a la familia del Estado terminó, con la mejor intención, metiendo la pelota en su propio arco. Quiero creer que es desconocimiento del terreno —y apuro por mostrar “medidas”—, no de doctrina; entre ambos males, es el único que tiene cura. Y la cura es barata: ir, sentarse en la banca de un juzgado de familia, esperar el comparendo. Después, reconocer el autogol y retirar el proyecto, ya que, en política como en la cancha, rectificar a tiempo no desprestigia a nadie: lo honra.

Mover la aguja II

Carta publicada en El Líbero el 24 de junio de 2026.

Señor Director:

Agradezco a Sofía Salas su carta, porque me regala la ocasión de hacer precisamente lo que mi columna pedía: hablar de matrimonio sin complejos. Y conviene empezar por su método, porque asume una metodología característica de cierta sociología contemporánea y nada neutra: toda correlación favorable al matrimonio es reinterpretada como efecto de variables previas de selección. Esa misma lógica podría utilizarse para vaciar de contenido cualquier institución: si los matrimonios exitosos son exitosos únicamente porque las personas exitosas se casan, entonces el matrimonio nunca puede tener efectos propios. Sin embargo, precisamente las instituciones existen porque reconocen, protegen y favorecen conductas valiosas. Negar que el matrimonio tenga efectos institucionales equivale, en buena medida, a negar la razón de ser de las instituciones mismas. Por lo demás, ninguna política pública espera la prueba monocausal: el Estado promueve la escolaridad sin haber aislado cada causa del éxito escolar. No se trata de que el matrimonio lo explique todo, sino de que no explique nada, que es lo único que su carta necesitaría probar y no prueba, so pretexto de precisión conceptual.

Pero hay un pasaje suyo que merece gratitud especial. Concede que lo que ha cambiado en Chile no es la pareja ni el compromiso con la crianza, sino “la institucionalización jurídica de la pareja”. Exactamente. Ese es el punto entero. Una institución no es un adorno notarial sobre una realidad que seguiría intacta sin ella. La pregunta no es por qué la gente deja de casarse cuando el matrimonio conserva rasgos distintivos fuertes; la pregunta es por qué habría de casarse cuando progresiva y progresistamente se le han retirado esos rasgos. Dicho de otro modo: si todas las ventajas relevantes pueden obtenerse fuera del matrimonio; si la estabilidad ya no se presume como deber jurídico; si la diferencia sexual dejó de ser constitutiva; si la permanencia dejó de ser una expectativa social; entonces el matrimonio deja de ser una institución con identidad propia y se transforma en una ceremonia opcional. Donde había una institución que sostenía la apertura a los hijos queda una elección privada que ya no la sostiene. Su descripción no contradice lo que la columna lamentaba; lo fecha y, a la vez, deja muy claro qué se le ha ido retirando al matrimonio, que es justamente lo que una política seria tendría que devolverle.

Y agradezco a Sofía Salas, sobre todo, porque su carta ilustra mi tesis mejor que mi propia columna. Sostuve que hemos perdido el diccionario; ella lo confirma —desliz involuntario, asumo— al pedir estudios que demuestren que el vínculo estable entre un hombre y una mujer es el suelo natural de los hijos. Repárese en la magnitud de lo que se exige probar “con cautela”: no un punto oscuro, sino lo más evidente que existe. Pedir un paper indexado para creerlo es el síntoma: quien necesita un estudio para ver el sol no tiene un problema de datos, sino de mediodía. De ahí que su objeción central tenga mala puntería. Yo no sostuve que toda convivencia sea inestable, ni que cada hijo de casados esté mejor que cada hijo de convivientes. Sostuve algo más modesto y más difícil de negar: que una sociedad que deja de casarse termina teniendo menos hijos. La cuestión no era si toda unión libre es frágil, sino por qué unas uniones engendran más que otras; y una convivencia, aun estable, es menos fecunda que un matrimonio.

Datos hay en abundancia y concluyentes para quien los quiera —de Cummins a la demografía comparada—. Sin embargo, ofrecer papeles Q1 como si el asunto se dirimiera ahí sería entrar en la trampa. Hay verdades que las planillas ilustran, no fundan; las sabíamos antes de saber contar. Aristóteles lo dijo en cuatro palabras —la naturaleza nada hace en balde—, y el sentido común lo sabía sin haber leído a Aristóteles. De modo que no escribo para recomendar lecturas. Convertir lo evidente en hipótesis a demostrar y exigir prueba de lo que se ve a simple vista no es exceso de rigor: es haber extraviado la palabra que nombraba la cosa que no se quiere ver. Yo no la he extraviado, y por eso la diré una vez más, con todas sus letras y sin pedir permiso: matrimonio. Y si el solo decirlo todavía incomoda, habremos confirmado, otra vez, de qué iba la columna.

Álvaro Ferrer Del Valle – Director ejecutivo Comunidad y Justicia

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