Comunidad y Justicia

Opinión

Columnas y cartas del equipo de Comunidad y Justicia publicadas en la prensa.

Eutanasia: ¿Simplemente autonomía?

Les dejamos a continuación esta columna del miembro de nuestro directorio Cristóbal Aguilera publicada el 05 de enero en La Tercera.

De un tiempo a esta parte, el diputado Vlado Mirosevic se ha dedicado a impulsar el proyecto que legaliza la eutanasia (recientemente aprobado por la Cámara de Diputados). En síntesis, el principal –si no único– argumento que ha enarbolado es el siguiente: hay que respetar la autonomía de las personas. En sus palabras, con la iniciativa: “No se mata a nadie. Simplemente se trata de respetar la voluntad del paciente”.

No deja de llamar la atención la palabra “simplemente” que utiliza el diputado. Para decirlo con todas sus letras, pensar que la disputa sobre la eutanasia enfrenta a quienes respetan la autonomía de las personas y quienes la desprecian es una frivolidad. En todo caso, este es, en general, el tipo de razonamiento que ofrece el mundo progresista: mientras se cree estar defendiendo una opción “liberal”, lo que en realidad se hace es evitar tomarse en serio la discusión.

En el caso del debate sobre la legalización de la eutanasia, esta falta de seriedad se puede advertir en dos aspectos de la discusión.

Por un lado, no hay que perder de vista que lo que busca legitimar el proyecto es matar a una persona. Se pueden ofrecer diversos argumentos para justificar esta conducta (como la voluntad del paciente); sin embargo, intentar obviar, considerar irrelevante o negarse a discutir sobre la acción que se intenta legalizar implica cerrar deliberadamente los ojos ante lo más importante. ¿Cómo es posible que se afirme –como lo hace Mirosevic– que “no se mata a nadie” cuando lo que el proyecto permite es administrarle una sustancia letal a un paciente?

Lo anterior es menos simple aún si consideramos que a quien se elimina no es un animal o una planta, sino una persona. Hablar de persona es hablar de dignidad, y hablar de dignidad es hablar de derechos humanos. Acabar directamente con una vida humana significa borrar su dignidad y derechos humanos. Es absurdo justificar la violación de un derecho humano en razón de la autonomía de la víctima, pues ello supone negar aquello que precisamente permite adjetivar como “humanos” estos derechos: su carácter de indisponibles. Por lo demás, es difícil pensar que incluso el más liberal o progresista esté dispuesto a legitimar la tortura en la medida en que quien se somete a ella lo haga libre y autónomamente.

Hay también un segundo aspecto donde se puede apreciar la falta de seriedad aludida, y tiene que ver con el modo en que se conciben los efectos del proyecto de eutanasia. En efecto, argumentar que las decisiones políticas de esta naturaleza lo único que hacen es resguardar derechos individuales y ampliar la esfera de autonomía de las personas es no saber ni estar consciente de lo que se está haciendo y proponiendo.

Se quiera o no aceptar, una ley que legitima la eutanasia terminará inevitablemente desvalorizando la vida humana que sufre. La legislación es un factor cultural y, como tal, supone y lleva implícita una moral. Este caso no es la excepción, y es fácil ver la cultura del descarte que subyace a la iniciativa. Es una grave inconsciencia e irresponsabilidad política no advertir que este proyecto, de aprobarse, tendrá peligrosas implicancias en la forma en que se piensa, comprende y valora socialmente la vida en su etapa terminal (como ha comenzado a ocurrir con la vida en su etapa inicial por culpa del aborto).

Y todo esto –como es obvio– afectará –también inevitablemente– la vida privada de las personas. Por de pronto, la ley le impondrá injustamente la carga a los pacientes que sufren de tener que justificar su vida (¿por qué no escogen de una vez la salida fácil, humana, legal y socialmente legitimada de la eutanasia?), con el riesgo permanente de convertirlos en meros pesos económicos y emocionales para su familia y el Estado.

Lo que está en juego con la eutanasia –valga la pena decirlo una y otra vez– es el respeto que le reconocemos a la vida humana. Esto es lo principal. Reducir la discusión a la autonomía es, en consecuencia, una frivolidad.

¿Y las misas?

Les dejamos a continuación esta carta escrita por el miembro de nuestro directorio Juan Ignacio Brito publicada el 31 de diciembre en El Mercurio.

Señor Director:

El día de ayer el Gobierno anunció una serie de medidas que permitirían a los residentes de comunas en Fase 2 salir de vacaciones. No quiero entrar a criticar dicha iniciativa: el turismo es fuente de trabajo para miles de personas, y es necesario que tras un año difícil las personas puedan tomarse un tiempo para descansar.

Así, playas, restaurantes y otros sitios turísticos abrirán. ¿El aforo? Dependerá de la capacidad de cada uno de dichos lugares. Sin embargo, las iglesias de comunas en Transición, sólo podrán recibir un máximo de 10 personas en su interior- y esto sólo de lunes a viernes-. Dicha medida ni siquiera fue modificada para que los fieles pudiesen asistir a Misa el día de Navidad.

¿Acaso es necesario que una actividad tenga impacto directo en la economía para que así se establezca un permiso especial para realizarla? Tristemente hemos caído en un materialismo extremo, donde casi no se ha hablado del grave daño que se le hace a la sociedad cuando se la separa de su dimensión trascendente- esa que, por cierto, la hace más propiamente humana-. La celebración pública de la fe es una actividad esencial, no una meramente recreativa o social.

El pesebre y la condición humana

Les dejamos a continuación la columna del miembro de nuestro directorio Cristóbal Aguilera publicada el 24 de diciembre en El Líbero.

Desde que comenzó el período de Adviento, junto con mi familia hemos decidido rezar todas las noches delante de un pesebre que hicimos con palitos de helado. Y, como ya es tradición, después de un par de oraciones les cantamos una canción a Jesús y otra a María. Mientras entonamos la primera canción, mi hijo mayor de 4 años se ha acostumbrado a tomar la figurita del niño y mecerla en sus manos. La escena –como es obvio– me ha conmovido y me ha tenido pensando durante estos días: un niño pequeño se imagina tener en sus brazos a un niño aún más pequeño al que reconoce como su Dios. La canción –una típica oración de niños– termina así «Jesusito de mi vida (…) te doy mi corazón, tómalo, guárdalo, tuyo es, mío no».

La escena del pesebre es aplastante. Como decía Chesterton, de algún modo condensa las paradojas del cristianismo: «que las manos que habían hecho el sol y las estrellas eran demasiado pequeñas para alcanzar a tocar las enormes cabezas de los animales». Un golpe de humildad, de realidad. Una revelación de nuestra condición humana.

Pero vivimos en un mundo que justamente se rebela ante nuestra condición de criaturas. ¿Caer a los pies de un niño, de un pobre niño cuya autonomía ni siquiera ha progresado? ¿Reconocer a ese recién nacido, que luego se dejaría golpear sin oponer resistencia, como nuestro Dios? ¿Qué tiene de Dios esa pobre criatura que ni siquiera encontró lugar en el mundo para nacer? ¿Ante ese pequeño debemos decir, junto a su Madre, «henos aquí, esclavos del Señor»?

La tentación de la protesta, de la indignación, de intentar desatar unas aparentes cadenas, siempre ha estado presente. El demonio fue astuto al tentar así a Eva y Adán: «seréis como dioses». La absolutización del yo es un imán que nos tira hacia nosotros mismos. Un imán que nos hunde, que nos ensimisma, como buscando en nuestro propio ser las respuestas a las preguntas existenciales que a todo hombre inquieta, como intentando descubrir en nuestra mera subjetividad un criterio objetivo de la verdad, del bien, como susurrándonos que somos nosotros mismos la causa y medida de todas las cosas.

¿Pero qué podemos encontrar en nosotros mismos? Ni aun en las cosas más básicas de la vida somos autónomos, independientes, autárquicos. Incluso para llegar a pensar necesitamos a los demás, pues alguien debe enseñarnos un lenguaje. Intentar desprendernos de todo, no reconocer nada más que nuestro propio yo, solo provoca frustración; la frustración de quien busca algo que no existe, y que por eso jamás lo encuentra. El hombre puede erigirse a sí mismo como el punto central del universo, puede crear ídolos que le obedecen y que siempre están disponibles pues él es su causa, puede llegar a decir «Yo soy el individuo» y nada más, pero la sentencia a esta doctrina ya está escrita en el último verso de aquel poema parriano: «Pero no: la vida no tiene sentido».

La vida, sin embargo, sí tiene sentido. Y el individuo es, de hecho –como decía Robert Spaemann– «un todo de sentido». Pero esto solo es posible de comprender en la medida en que aceptamos que nuestra radical individualidad, el ser quienes somos, únicos e irrepetibles, es el primer regalo que hemos recibido. Frente a la indignación y protesta, la autonomía y revancha, la alternativa es la gratitud. La gratitud es, en efecto, el sentimiento, la actitud, la disposición del espíritu que, poco a poco, nos permite descubrir la maravilla de nuestra condición de criaturas, junto con el sentido más profundo de la existencia.

Pero la escena del pesebre da un paso más allá. Nos muestra, en efecto, algo más por lo cual agradecer: los cristianos creemos en un Dios al que no le bastó con darnos este mundo y nuestra vida, sino que quiso ser Él mismo (también hoy) el principal regalo. Nos hallamos ante un misterio insondable, un don gratuito e inigualable, que nos lleva a encontrar nuestra propia dignidad en un niño pequeño, a quien podríamos incluso tomar en nuestros brazos, pero en quien podemos encontrar el sentido absoluto de nuestra vida y depositar todas nuestras esperanzas.

Evangelio de la vida y cultura de la muerte

Les dejamos a continuación esta columna publicada por El Líbero el 24 de diciembre escrita por nuestro asesor legislativo Vicente Hargous.

Fue aprobado en general en la Cámara de Diputados el proyecto de ley de eutanasia, eu-thanasía (“buena muerte”), que ahora está siendo discutido en particular en la Comisión de Salud. Mucho se podría decir desde el punto de vista técnico acerca de este proyecto (que, de aprobarse en su estado actual, sería la ley de eutanasia más liberal del mundo). Pero es más importante (aunque menos urgente) reflexionar acerca del punto de fondo en discusión: se enfrentan dos visiones antagónicas del hombre, del mundo y de lo trascendente. La eutanasia implanta una cultura de la muerte que renuncia a responder al problema del dolor. Este consiste en una pregunta que es fundamental para incrédulos y creyentes: la pregunta por el sentido de la existencia. ¿Qué sentido tiene vivir, si hay sufrimiento? La eutanasia es la forma más rotunda de rendición frente a esta pregunta: la vida no tiene sentido más allá del placer, o al menos de la ausencia de dolor (que sería la experiencia suprema del sinsentido).

Uno de los argumentos que se suele esgrimir para, eufemismos aparte, permitir matar directamente a una persona inocente mediante la eutanasia, es que lo importante no es la vida, sino la “calidad de vida”. Más allá del tufillo economicista de esta expresión, ella borra de un plumazo la dignidad intrínseca de toda persona: la vida no sería algo valioso por sí mismo, sino algo subordinado a un cierto control de “calidad”, a un cierto margen que la haría digna de ser vivida. La vida, en consecuencia, pasa a ser algo instrumental al placer, al poder o a la producción.

El argumento más frecuente es el de la autonomía, la independencia, la autarquía. Ya no se habla de libertad (que incluye la orientación al bien), sino de autonomía: darse la ley a uno mismo, ordenarse a uno mismo. —“Está bien que usted crea lo que quiera, pero no me imponga a mí esas creencias, yo exijo que me maten”. Eufemismos al margen, una vez más, esto significaría que existe un derecho a la muerte. ¿Puede ser racional que una persona tenga por naturaleza —es decir, como dirección final hacia su propia plenitud— un derecho a autodestruirse?… La persona se ve como un núcleo de autonomía separable de la vida misma, haciendo de ella un bien de consumo, disponible.

¡Qué contraste el de esta visión nihilista con la cristiana! Estas fechas, en que el mundo celebra la Navidad, es decir, el nacimiento de Jesús de Nazareth, hacen resonar hasta los confines de la tierra el pregón de Dios que nos busca con locura. Se trata, como todo cumpleaños, de festejar la vida. Nos alegramos por el hecho de que el Lógos haya tomado parte en el entramado de la Historia, de nuestra Historia, hecho en todo igual a nosotros, menos en el pecado: la debilidad, el llanto, el dolor, el frío, la pobreza… todo ha sido asumido por el Dios hecho hombre. El comienzo del Evangelio, eu-angelion (“buena noticia”), viene dado por el primer triunfo del amor y la vida, que prefigura la victoria definitiva sobre el pecado y la muerte. Los pañales en que lo envolvió su Madre y la mirra regalada por los sabios orientales anuncian su sepultura: ya en el nacimiento vemos una prefiguración de su muerte y de todo el Misterio Pascual. Este acontecimiento es una fiesta de alegría, pero que viene adornada por la pobreza, el frío y las dificultades que enfrentó la sagrada familia. Justamente en el dolor y la pobreza se afirma la primacía de la vida y el amor (“tanto amó Dios al mundo que envió a su Hijo Unigénito…”). La Navidad no es la fiesta de la opulencia de los malls, sino del nacimiento de quien siendo rico se hizo pobre por nosotros.

Ciertamente, hay que discutir estos asuntos de cara a los no creyentes, sin recurrir a datos revelados, pero los católicos podemos también comprender estos problemas a la luz de nuestra fe. Jesús nacido en Belén nos recuerda con su pobreza que la calidad de vida no es lo más importante, que la vida es valiosa por sí misma, pero también nos deja entrever en el Misterio de su vida una verdad impresionante: Él ha decidido libremente tomar forma de siervo, ponerse a disposición nuestra, hecho un Niño inerme por amor a nosotros. Es abismal el contraste con el ideal contemporáneo de la autarquía, que no ve a la vida ningún sentido más allá de las propias decisiones. Él se hace dependiente y necesitado, niño y pobre, recordándonos el valor de lo pequeño, del servicio y de que el sentido no viene dado por tener el control sobre todos los asuntos de la propia vida. El sentido de la vida, como la vida misma, es algo que nos viene impreso desde afuera al haber sido creados por Dios, no una dirección que nos damos autónomamente. El dolor y la muerte son misterios que no podemos comprender, pero que Dios mismo quiso asumir, encarnándose para padecer por nosotros (¡y con nosotros!) y para nuestra salvación, de la que podemos participar entrando en comunión con Él.

“El misterio del hombre sólo se esclarece en el Misterio del Verbo encarnado” (Gaudium et Spes, 22). El pueblo cristiano se arrodilla frente a un Niño nacido pobre e indefenso, inútil a ojos del mundo, improductivo, sin “calidad de vida” (que podamos decir eso de Dios mismo muestra lo absurdo de esta expresión), pero es precisamente Él quien nos muestra lo más esencial de la vida y de lo que estamos llamados a ser, en cuanto personas: apertura a los demás. La Navidad nos recuerda la primacía de la lógica del don y de la gratuidad por sobre la autarquía egoísta, junto con el misterio del sentido que se le encuentra al sufrimiento a la luz de la fe.

Familia y Subsidiariedad

Les compartimos esta carta publicada el 19 de diciembre en La Tercera escrita por el miembro de nuestro directorio Cristóbal Aguilera.

Señor Director:

En su columna de ayer en La Tercera, Pablo Ortúzar se refiere a la preocupante situación de la familia. Los factores que explican su deterioro son diversos: la cultura individualista que impera, las condiciones laborales que deben soportar los padres, entre otros. A la vez, la clase política ha ido olvidando la importancia social de la familia: ¿cuántos senadores o diputados realmente piensan que la estabilidad de la comunidad política depende de la estabilidad de la comunidad familiar?

Ortúzar termina refiriéndose al rol subsidiario del Estado en esta materia. Normalmente –y por culpa de la tergiversación de este principio– se piensa que este rol significa mera ausencia y abstención. Sin embargo, si bien es cierto que el Estado no debe –ni puede– suplir a la familia en la consecución de sus fines, el rol subsidiario cobra su mayor sentido cuando se enfatiza –como lo hace Ortúzar– en su faz positiva: el Estado debe ayudar, asistir a las familias para que efectivamente cumplan sus fines.

El fortalecimiento de la familia es el principal y más urgente desafío que enfrenta nuestra sociedad. Y, en medio del debate constitucional que vivimos y los cambios que se avecinan, no hay mejor aliado para realizar este desafío que el principio de subsidiariedad.

Eutanasia y Pandemia

Les compartimos esta carta publicada el 17 de diciembre en El Mercurio firmada por nuestro Director Ejecutivo Álvaro Ferrer junto a el Director Ejecutivo del Instituto Res Pública José Francisco Lagos y el Presidente de Chile Siempre Tomás Bengolea

Señor Director:

En el medio de la pandemia –situación en que todos cuidamos escrupulosamente nuestras vidas– en la Cámara de Diputados se discute el proyecto de ley de eutanasia (o muerte digna, con un eufemismo). Por un lado, entonces, alejamos la muerte con todos nuestros esfuerzos, incluso renunciando a nuestras libertades. Por el otro, la acercamos, como si fuera la mejor solución. Pensábamos que con la pandemia íbamos a aprender a valorar la vida. Pensábamos mal.

Tomás Bengolea
Presidente Fundación ChileSiempre

Álvaro Ferrer
Director Ejecutivo Corporación Comunidad y Justicia

José Francisco Lagos
Director Ejecutivo Instituto Res Pública

A Misa por YouTube

Les dejamos a continuación esta columna escrita por nuestro miembro del directorio Juan Ignacio Brito publicada el 09 de diciembre en La Tercera.

Este fin de semana volverá a haber confinamiento general en Santiago y las iglesias estarán cerradas de nuevo. El gobierno considera una serie de excepciones para restoranes, pequeños negocios y comercio callejero, e incluso estudia la posibilidad de retrasar el toque de queda diario, postergando asimismo el horario de término del transporte público. La UDI, que celebra su elección interna este sábado, podrá realizarla sin problemas, pues ha conseguido la autorización para llevar adelante el proceso. Mientras, el bloque opositor Unidad Constituyente obtuvo un permiso similar para sus primarias del domingo 20.

Sin embargo, pese a que las excepciones se multiplican y a que la libertad religiosa está expresamente resguardada por la Constitución y las leyes, las iglesias deberán permanecer clausuradas durante los fines de semana (y con aforo mínimo de lunes a viernes), privando otra vez a los fieles del culto dominical.

Ministros y autoridades justifican las excepciones sobre la base del respeto a los derechos ciudadanos y la urgencia económica por la que atraviesan sectores golpeados por la pandemia. No obstante, a ninguna autoridad se le ocurre que el contacto con la trascendencia también es una necesidad humana. Además, parecen no querer saber, como lo pudo comprobar cualquier persona que asistió a misa en las últimas semanas, que los párrocos han sido muy cumplidores con las normas sanitarias relativas al distanciamiento entre fieles, aseo de manos con alcohol gel, uso de mascarillas y reducciones del aforo.

Altos funcionarios han señalado como principal responsable del rebrote a las actividades imprudentes de algunos segmentos de la población. Estas no han sido oportunamente fiscalizadas, pese a que el gobierno posee atribuciones para hacerlo. El timing de esta incipiente segunda ola hace que no sea descartable que las aglomeraciones registradas durante el plebiscito del 25 de octubre y las masivas celebraciones posteriores tengan que ver con el aumento de contagios. Nadie ha mencionado al culto religioso como uno de los motivos por los cuales hemos vuelto a una situación difícil. No es en las parroquias donde surge el rebrote.

No obstante, las iglesias volverán a cerrar. Quizás se deba también a que nuestros obispos no han sido capaces de hacerse oír frente a las autoridades. Parece evidente que los que han obtenido excepciones son los que se han quejado. La Iglesia, que hace algunos años fue la voz de los sin voz, ahora no emite palabra para acabar con esta sequía que acongoja a sus fieles y los priva de los sacramentos. Como en el Chile actual el que no llora no mama, la consecuencia de esta mezcla de indiferencia de la autoridad y silencio episcopal es que el domingo volveremos a ver la misa por YouTube.

San Pedro y San Pablo

Les dejamos a continuación esta columna de opinión escrita por nuestro Director Ejecutivo Álvaro Ferrer publicada el 07 de diciembre en Controversia

Imagino la siguiente escena en el Palacio (cualquier conexión con la realidad es simple coincidencia):

Un encumbrado asesor –de esos que no pisan la tierra, sino que pululan en un inalcanzable segundo piso–, con más agitación que reflexión, sugiere al Mandatario una genial idea: instituir un nuevo día feriado como Día Nacional de los Pueblos Indígenas. Explica que la conexión con la contingencia es total y permite alinearse con quienes tienen mejor derecho que el resto de los ciudadanos para integrar la futura Convención Constituyente. Añade -como expresión de su tacto estético- que la bandera chilena ya no es la más vendida y que otra, la indígena (aunque secundada por la del arcoíris), flamea con más fuerza en la Plaza Baquedano -perdón-, Plaza de la Dignidad.

El Mandatario -que ya manda re poco por pecados de acción y de omisión- reflexiona un momento (es decir, hace cálculos). El año tiene 365 días, el 2021 habrá 25 feriados -5 por elecciones- lo cual deja 340 fechas disponibles. El dilema es restar o sumar (porque el ser o no ser de Hamlet no aplica, se funda en principios). Se detiene.

El asesor, inquieto ante la duda, vuelve a la carga. Sabe bien que los mejores argumentos son los números. De los 20 feriados no eleccionarios hay 10 religiosos y el 90% son de la Iglesia Católica. Es demasiado. El 10%, añade, es para los evangélicos. El sonido de esa cifra provoca cierta descompensación en el Mandatario… El asesor, advirtiendo la debilidad, sugiere otro 10% y lo fundamenta -como todo 10%- en simple ideología: hay que quitar al que tiene más y dar al que tiene menos, con mayor razón si se trata de la Iglesia Católica. Además, quitarles a los católicos tiene costo cero: les queman las Iglesias y no pasa nada. Bueno, arden las redes sociales y sus pastores -que con ayuda de la Gracia logran abrir la boca- llaman al diálogo. Sí -confirma el asesor con cierta expresión burlesca-, no pasa nada.

El Mandatario ya no duda. Se barajan opciones. Mejor no tocar Semana Santa ni Navidad porque afectaría el comercio. Tampoco las solemnidades Marianas porque probablemente muchas Marías integrarán la mitad de la Convención. Queda el 28 de junio. Y se salva el feriado bancario. La decisión es impecablemente ortodoxa. No se diga más.

Se propone al Congreso, se refunde con otros proyectos que circulan con ideas parecidas, uno de ellos de un Senador de RN. Éxito total: aprobado con la unanimidad de los miembros presentes, uno RN y otro UDI. No aumentaron los costos y no hubo división en el sector.

Perdonarán mi febril imaginación. Puedo estar seguro que esta escena jamás ocurrió. Es imposible tanta frivolidad, ¿cierto?

Aterricemos entonces. No es dogma que tales o cuales fechas sean feriados en el calendario nacional. Sustituir la festividad de San Pedro y San Pablo es algo opinable. El día feriado es una fecha simbólica. Pero es precisamente por eso que el símbolo que viene del Palacio resulta groseramente imprudente.

Hasta la realidad más sencilla tiene una dimensión visible y otra invisible. Es aquí donde radica lo determinante, lo que hace que las cosas sean lo que son, porque “lo esencial es invisible a los ojos”, como dice el Principito (que bien podría dar algunas lecciones de mando al Mandatario). Y los símbolos son la clave: el símbolo es un signo expresivo que revela una realidad más allá del objeto material inmediatamente significado. Nos remiten a ella, nos vuelcan la mirada a lo esencial. Así ocurre con algunas fechas, por ejemplo. Las fechas simbólicas no son reproducción de un suceso sino evocación de un más allá –“revelación de lo Infinito a través de lo finito”, como pensaba Carlyle-. La finalidad de ellas no es tanto señalar lo que merece reconocimiento sino prevenir sobre lo que no debe ser olvidado. Estas fechas son el salvavidas de nuestra memoria e identidad, no la moneda de cambio para apaciguar reivindicaciones vociferantes y lograr la pasada de un especulador.

Por eso se trata de festividades donde celebramos la memoria que aún no hemos perdido. Conviene entonces recordar la advertencia de Nietzsche: “no es muestra de habilidad organizar una fiesta, sino el dar con aquellos que puedan alegrarse en ella”. La alegría de una fiesta no se impone por decreto ni “porque sí”. Corresponde al reconocimiento de un don inmerecidamente recibido, como el sacrificio de los patriotas o el martirio de los santos. Así, las festividades simbólicas ayudan a reconocernos como lo que somos: deudores de benevolencia inmerecida. De este modo, la expresión más necesaria de un día feriado -aunque resulte herética para el pragmatismo de Palacio- es el culto al Creador.

Decía Chesterton que el mundo moderno está organizado en relación a la más obvia y urgente de todas las preguntas, no tanto para responderla erróneamente sino para evitar del todo que pueda responderse. Esa es la pregunta del origen y el destino. Como dijo Jaime Guzmán (fundador del partido que ahora se sube al carro por la derogación de la fiesta de San Pedro y San Pablo): “sin ello, todo lo demás pierde su sentido más profundo, su norte u orientación”. Es la pregunta sobre Dios. Dudo que la sustitución de una festividad religiosa contribuya a responderla.

Agenda

Te invitamos a leer esta carta al director publicada el 03 de diciembre en La Segunda y escrita por nuestro Director Cristóbal Aguilera.

Señor Director:

De un tiempo a esta parte se ha instalado una agenda política de la niñez de raíces individualistas que busca exaltar la autonomía de los niños oponiéndola al derecho de los padres de educar a sus hijos. El proyecto de Garantías de la Niñez, que insólitamente es impulsado por este Gobierno, es el ejemplo paradigmático. El reciente video de la Defensoría de la Niñez (“El llamado de la naturaleza”) es una muestra más.

Esta agenda no busca evitar el maltrato y abusos de los niños, ni superar las situaciones de vulnerabilidad que muchos de ellos viven. Lo que se pretende es emancipar a los niños de las “arbitrarias imposiciones” de sus padres. El mejor modo de defender los derechos de los niños es fortaleciendo la autoridad de los padres y la unidad familiar.

Cristóbal Aguilera, Director de Corporación Comunidad y Justicia

Video de Defensoría de la Niñez

El 02 de diciembre, nuestro Director Ejecutivo Álvaro Ferrer junto a Pablo Valderrama de Idea País y Claudio Alvarado del IES escribieron esta carta publicada en El Mercurio en respuesta al polémico video de Defensoría de la Niñez.

Señor Director:

El video de la Defensoría de la Niñez, divulgado el lunes en redes sociales, puede ser comprendido como un compendio de todas las banderas del progresismo; un acto de evidente instrumentalización política de muchos niños y un explícito llamado a la «revolución». Ahora bien, se trata simplemente de uno de tantos actos que exaltan una visión extremadamente individualista, cuya premisa es la soberanía individual absoluta e ilimitada . Así ocurre , entre otros, con el proyecto de ley de Garantías de la Niñez.

Lección para el futuro: pongamos de nuevo el foco en la comunidad familiar como un todo, como el entorno necesario para el pleno desarrollo de los niños, bajo la conducción y promoción de sus padres. Ante el paradigma de la emancipación es indispensable proponer una alternativa a la altura del desafío.

Álvaro Ferrer, Director Ejecutivo Corporación Comunidad y Justicia

Pablo Valderrama, Director Ejecutivo Idea País

Claudio Alvarado, Director Ejecutivo IES

Scroll hacia arriba