Por Roberto Astaburuaga Briseño. Columna publicada en El Líbero el 2 de junio de 2025.
Hoy ingresa al Congreso el proyecto de ley para despenalizar el aborto hasta las 14 semanas de gestación, a pesar de reconocer que no cuentan con los votos para su aprobación. La Ministra Orellana señaló que está dispuesta a negociar, como si la disminución de la cantidad de semanas no fuera un (inhumano) regateo. Y es esa inhumanidad la principal razón por la que no se debe debatir ni aprobar una iniciativa así.
Algunos se niegan a dar el debate, argumentando que no es el momento porque se trata de una distracción para esconder los escándalos políticos del Gobierno, o que no tienen los votos o que con las 3 causales ya es suficiente. Son razones reales y atendibles, pero superfluas. No se puede discutir ni aprobar un proyecto así porque simplemente se trata de legitimar el asesinato de una persona cuya única diferencia respecto a las demás es la de no haber nacido. Es notable como siempre las abortistas alegan la invisibilización de la realidad del aborto, al mismo tiempo que invisibilizan la realidad humana y personal del hijo que aún no nace. Los no nacidos son el único grupo históricamente perseguido que los progresistas se niegan a proteger: inocentes, indefensos, discriminados por su sexo, edad, dependencia o “residencia”.
El aborto nunca será la solución a un embarazo complejo, vulnerable, indeseado o como quieran llamarle. Acabar con la vida del propio hijo no nacido nunca solucionará el problema subyacente. En lugar de ampliar las razones para abortar, se debe revisar el funcionamiento de la ley existente: ¿cuál es el estado de salud mental de las madres que se han realizado un aborto? ¿Cuántas se han arrepentido? ¿en cuántas desapareció el problema subyacente? ¿Cuántos, de los más de 5.000 niños abortados, estarían vivos si es que el Estado ofreciera a las madres una solución real, con programas de apoyo especializados?
Dicen que hay que dar un debate democrático, pero son incapaces de refutar los argumentos científicos sobre el inicio de la vida humana. Por eso la discusión siempre gira en torno al que toma la decisión de abortar y no en quien la sufre.
“Ninguna mujer se embaraza para abortar”, dijo la Ministra la semana pasada. Efectivamente, las madres quieren terminar el embarazo con un hijo vivo, no muerto, y mucho menos ser ellas las que causen su muerte. Porque ningún hijo quiere que su madre lo aborte. Quienes promueven el aborto reconocen, y así consta en las discusiones legislativas, que se trata de una realidad terrible y compleja y una decisión dramática. Si el feto no fuese una persona, entonces no sería así de terrible. Reconocen que es doloroso porque saben que, por más eufemismos con que intenten disfrazarlo, muere un hijo.
A tiempo y destiempo, hay quienes siempre defenderemos la vida del que está por nacer y promoveremos una ayuda real y humana a las madres con embarazos vulnerables, hasta que el aborto no sea una opción.