Perdimos el ancla

Columna publicada en El Líbero el 6 de abril de 2026.

San Juan Pablo II, en Evangelium Vitae, explica que la cultura de la muerte no surge principalmente de decisiones aisladas, sino de un fenómeno más hondo y radical: el eclipse del sentido de Dios. Allí donde Dios deja de ser reconocido —no sólo como idea, sino como presencia viva que funda la dignidad de cada persona— la vida humana comienza, lenta pero sistemáticamente, a perder su carácter de bien inviolable.

Este punto es fundamental. Porque ese eclipse no produce simplemente errores doctrinales. Produce un determinado ethos: una atmósfera cultural, social, jurídica y afectiva en la que las personas viven, sufren, toman decisiones y mueren.

Y es en ese ethos —no en una teoría abstracta— donde debe situarse el caso de Noelia Castillo.

Noelia no fue una filósofa de la autosuficiencia, ni una teórica del relativismo, ni una militante del nihilismo. Fue, más bien, alguien que vivió y murió dentro de un mundo estructurado por esos presupuestos. Un mundo donde esas categorías no se discuten, sino que se respiran.

La autosuficiencia, en ese contexto, deja de ser una afirmación orgullosa de independencia para convertirse en el trasfondo silencioso de una orfandad. Si no hay un amor originario que sostiene la existencia, cada cual queda remitido, en último término, a sí mismo. Pero cuando ese “sí mismo” ha sido herido, fragmentado, desgastado por una historia de abandono, la apelación a la autonomía se vuelve ambigua. Noelia no eligió un ideal de autosuficiencia; vivió en un mundo donde la dependencia radical —ser sostenido por otro— ha dejado de tener lugar estable.

El relativismo, por su parte, no operó en ella como una tesis explícita, sino como la imposibilidad cultural de afirmar algo como definitivamente bueno para su vida concreta. Así se acepta que, dadas sus circunstancias, su vida pueda no merecer ser vivida. No porque se haya demostrado que carece de bien en sí, sino porque, en ausencia de un fundamento último, el juicio queda entregado a la experiencia subjetiva del sufrimiento, convertida de hecho en criterio decisivo.

El nihilismo aparece como experiencia existencial extrema, no como sistema filosófico. Cuando el sentido se erosiona sin que nada ni nadie logre restituirlo de modo creíble, la idea de que la vida puede no ser un bien suficiente para continuar deja de ser absurda. Y una vez que deja de ser absurda, se vuelve posible; luego, aceptable; finalmente, ejecutable. Noelia no teoriza la nada: se encuentra, existencialmente, al borde de ella.

El gnosticismo contemporáneo introduce una fisura más sutil: la separación entre la persona y su propia realidad dada. Si no se experimenta que uno ha sido amado precisamente en su historia concreta —en ese cuerpo, en esas circunstancias—, esa realidad puede percibirse como algo ajeno, incluso hostil. No como un bien a integrar, sino como un dato del que sería legítimo desligarse, hasta el extremo de considerarlo prescindible. En ese marco, la propia vida deja de aparecer como algo recibido que debe ser custodiado.

A estos rasgos se suma otro, particularmente nocivo en nuestra cultura: el imperio de la competencia, la productividad y el éxito como criterios de medición del “valor” de la persona. Desde el colegio hasta el mundo laboral, la vida queda atravesada por métricas: puntajes, rankings, evaluaciones, desempeño. La persona es comparada, clasificada, cuantificada. Y aunque el discurso siga afirmando su dignidad intrínseca, la práctica cotidiana la somete a una lógica distinta, silenciosamente contradictoria.

El efecto es acumulativo. Si, de hecho, el reconocimiento familiar y social se vincula al rendimiento, entonces quien no alcanza, quien no produce, quien no “funciona”, comienza a percibirse —y a ser percibido— como deficitario. Esta lógica no se suspende en la fragilidad; se intensifica. La pregunta ya no es sólo si la vida es buena, sino si resulta suficiente, si cumple, si justifica su continuidad ante los parámetros dominantes. Noelia no necesitó formular esta equivalencia para padecer sus efectos: vivió en un mundo que la insinúa de manera constante.

El racionalismo y el positivismo, finalmente, estructuran el modo en que las instituciones procesan esa tóxica atmósfera que respiramos. Lo que no puede ser capturado por categorías técnicas —el bien intrínseco de una vida singular— queda fuera del campo operativo y, por tanto, de la decisión. En cambio, lo que sí puede ser regulado —procedimientos, evaluaciones, autorizaciones— se convierte en el núcleo de la decisión. Así, el desenlace de Noelia se traduce en informes, protocolos y validaciones. El sistema funciona. Y precisamente por eso, su muerte pudo ser administrada como una prestación.

En todos estos niveles, la constante es la misma: la pérdida del ancla.

Porque el ancla no es una idea moral ni una construcción cultural. Es una certeza ontológica y existencial: saberse amado infinita, gratuita e incondicionalmente. Esa certeza —cuando es real, cuando ha sido efectivamente experimentada— introduce una estabilidad radical incluso en medio del sufrimiento. Permite afirmar que la vida es buena antes de cualquier evaluación de su calidad, de su utilidad o de su carga, e incluso contra toda evidencia en contrario.

Cuando esa certeza falta de modo persistente —no sólo en el individuo, sino en las estructuras, instituciones, discursos, actitudes y relaciones que lo rodean— la voluntad se forma dentro de ese vacío. Y una sociedad que cultiva voluntades así termina, coherentemente, por reconocerlas, validarlas y ejecutarlas.

Por eso, el problema de fondo no se agota en discutir la eutanasia como práctica aislada. Es más radical: es el tipo de mundo que estamos construyendo.

Y en ese punto, la advertencia de Evangelium Vitae adquiere mayor peso. Si el eclipse del sentido de Dios es la raíz, entonces las consecuencias no pueden sino multiplicarse. Sin esa referencia primera y última, la vida deja de ser un don y pasa a ser un dato disponible; la libertad deja de estar ordenada al bien y pasa a ser criterio de validación de cualquier opción; el derecho deja de custodiar lo inviolable y pasa a gestionar lo posible.

Noelia vivió y murió en ese mundo.

Y, por lo mismo, la respuesta no puede limitarse a ajustes técnicos ni a refinamientos procedimentales. Si el eclipse se ha producido también en el discurso —si se ha dejado de decir lo verdadero—, entonces es necesario volver a decirlo. Decirlo sin ambigüedad y sin cansancio.

Proclamar, a tiempo y destiempo, que la persona es digna.

Recordar —¡gritar! — que cada vida es alguien, no algo.

Insistir, incluso cuando parece inútil, en que cada hombre y cada mujer son amados por Dios de modo infinito, gratuito e irrevocable.

Porque allí donde esa palabra falta, el vacío no queda neutro. Se llena. Y suele llenarse con veneno.

Pero hay una exigencia adicional. No basta con proclamar que la persona es digna. Si esa afirmación no se encarna, el llamado se vuelve, inevitablemente, una exhortación estéril, porque el ancla no se transmite sólo en el discurso; se aprende en la experiencia.

Y esa experiencia tiene mediaciones concretas, insustituibles. Entre ellas, y por sobre cualquier otra, el matrimonio y la familia. Allí donde un hombre y una mujer se reconocen y se donan recíprocamente con benevolencia total —no condicionada al rendimiento, al éxito o a la utilidad— se hace visible, de modo humano, ese amor originario que funda y sostiene toda dignidad. Luego, esa misma forma mentis se despliega: de los padres hacia los hijos, de los hijos hacia sus padres, entre los hermanos: una trama de vínculos donde la existencia no necesita justificarse para ser acogida y celebrada.

Cuando esas mediaciones fallan —o son sustituidas por relaciones funcionales, contractuales, reversibles, o simples disfraces del egoísmo mutuamente consentido—, la proclamación de la dignidad queda suspendida en el aire. Y entonces, en el momento crítico, cuando la vida se vuelve más frágil, no hay experiencia previa que sostenga la afirmación de que la persona sigue siendo un bien inconmensurable.

Por eso, la respuesta no puede limitarse a denunciar el error ni a corregir el lenguaje. Exige reconstruir —paciente, concreta, cotidianamente— las relaciones fundantes donde el hombre puede aprender, de hecho, que existir es ser amado por Dios, pase lo que pase.

Y sólo así el ancla deja de ser una imagen, para convertirse en una realidad que impide el naufragio.

Perdimos el ancla
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