Todos nuestros triunfos

Columna publicada en El Líbero el 28 de septiembre de 2026.

Se fue de noche y volvió de noche. En la madrugada del 12 de marzo de 2021, una grúa levantó al general Baquedano de su pedestal. En la madrugada del 10 de marzo de 2026, otra grúa lo devolvió, pasadas las cuatro de la mañana, en el último día de un gobierno que un año antes había pedido llevárselo para siempre. Es curioso el destino de un monumento levantado para ser visto a pleno sol por toda una ciudad: tuvo que marcharse y regresar a oscuras, como quien entra a su propia casa procurando no despertar a nadie. Hubo que esperar hasta el sábado 19, con casi dos mil uniformados desfilando ante él y el plinto limpio de veintitrés capas de pintura retiradas a bisturí, para que el general recibiera de día lo que de día se le debía. Corresponde celebrarlo. Pero celebrar no es olvidar, y lo que importa recordar no es solo quién lo atacó, sino quién lo bajó.

Porque la turba no pudo. Durante meses lo rayaron y lo golpearon; un lunes intentaron cortarlo para derribarlo, y el viernes siguiente le prendieron fuego. El bronce resistió, y resistió también la piedra, que los técnicos encontraron después sin daños mayores bajo la mugre. Lo que no logró la sierra lo logró la burocracia. Fue el Consejo de Monumentos Nacionales quien acordó retirarlo, «temporalmente» y «en el menor tiempo posible», y fue el Estado, bajo un gobierno al que nadie podría acusar de antipatía hacia el general, quien lo desmontó. La violencia fracasó en su propósito; la administración se lo concedió. Se dirá que lo retiraron para salvarlo, y es cierto que el peligro era real. Pero el mismo Consejo había acordado un año antes, por unanimidad, mantenerlo en su sitio y reforzarlo. Proteger un monumento en su lugar es defenderlo; protegerlo retirándolo es librar al Estado de la molestia de defenderlo. Hay algo más temible que el iconoclasta, y es el funcionario público que le ahorra el trabajo.

La lengua, que suele saber más que nosotros, tiene aquí dos palabras donde solemos ver una. Despreciar es negarle a algo todo precio; menospreciar es asignarle uno menor. La turba despreció. Juzgó que el general no valía nada, porque no valía nada lo que el general significaba (una patria que alguna vez venció, un ejército que ofreció su vida por ella), y trató al signo conforme a esa tasación. El Estado, en cambio, no despreció a Baquedano: lo menospreció, que es cosa más discreta y más grave. Lo puso en la balanza junto a la tranquilidad de los viernes, el costo de custodiar un óvalo y el calendario de una obra, y encontró que pesaba menos. El odio toma en serio lo que odia; el menosprecio ni siquiera se molesta en odiar. Hay profanaciones que se cometen con fuego y otras con timbre de oficina. Pero el desprecio del signo es siempre, a la larga, la factura de un menosprecio previo de lo significado. Nadie abandona el retrato de quien ama, sino el de quien ha dejado de amar.

La historia administrativa del monumento puede leerse como una lista de precios a la baja. En enero de 2020 valía lo bastante para quedarse. En marzo de 2021 valía menos que su custodia, y se fue «por un tiempo». En octubre de ese año, derribada la reja que protegía su base, valía menos que el riesgo de repararla allí, y se autorizó exhumar, a petición del propio Ejército, los restos del soldado desconocido. En junio de 2022 valía menos que un depósito seguro, y se lo destinó al museo. En febrero de 2025 valía menos que la Nueva Alameda, y el Consejo aprobó por catorce votos de diecisiete trasladarlo en forma definitiva. Un año después, con otro resultado electoral a la vista, el mismo Consejo, bajo la misma presidencia, descubrió por unanimidad que valía lo bastante para volver. Que nadie diga que el criterio técnico carece de convicciones: las tiene todas, sucesivamente.

La tumba del soldado desconocido resultó destruida al exhumarlo, y lo que quedaba de su nicho terminó de perderse con las obras de la Nueva Alameda: donde no llegó la turba, llegó la avenida. El precio más bajo quedó para el más humilde: cuarenta millones de pesos, IVA incluido, según la estimación para reconstruir su nicho. Como se ve, precio tiene; lo que todavía no tiene es aprecio, y espera en una urna metálica a que alguien apruebe un diseño.

Hay en esta depreciación alguien que habló claro: «Pongan el monumento que quieran», dijo el diputado Jaime Bassa, «esa plaza es y seguirá siendo Plaza Dignidad». Es la frase más honesta y lamentable de toda la polémica, y hay que agradecérsela. Pero digno es precisamente lo que merece honor, y quien no distingue qué lo merece se ha quedado con una palabra vacía. Cuesta llamar digno al lugar donde un soldado muerto por su patria no pudo seguir descansando, pero es perfectamente coherente llamarlo así si nada de lo que allí se honraba valía algo.

Y aquí la cuestión deja de ser estética para volverse política, en el sentido más grave de la palabra. El honor no es un adorno que la república pueda conceder o retirar según el humor de la temporada: es una deuda. A quien sobresale en virtud se le debe el reconocimiento de su excelencia, y la comunidad que reparte honores no es dueña de ellos, sino su deudora. Negarlos a quien los merece no es neutralidad, sino injusticia; entregarlos a quien no los merece es la misma injusticia vista desde el otro lado. Una ciudad que baja de su pedestal al general que ganó una guerra, mientras una parte de ella insiste en rebautizar la plaza en homenaje a la revuelta que intentó quemarlo, disfraza de problema arquitectónico una grave injusticia.

Y el general que retiramos sabía de honores. Terminada la guerra, Baquedano presentó su espada ante una imagen de la Virgen del Carmen y dijo: «A ella le debemos todos nuestros triunfos». El hombre a quien levantamos un monumento entendía su gloria como una deuda: tasó su victoria por debajo de otra, y por eso la ofreció. La paradoja golpea: la estatua honra a quien se negó a ser el destinatario del honor. Y dijo «nuestros», en plural, porque en ese plural cabía el soldado sin nombre que ganó las mismas batallas sin que nadie supiera su apellido. Él entregó su espada hacia arriba; nosotros entregamos su estatua a una bodega. Con ella no se retiró solo a un vencedor, sino una lección: la de quien sabe a quién le debe lo que tiene. El daño no recae sobre el bronce, que no siente, sino sobre los vivos, que aprenden. Los monumentos son la cátedra de una república: enseñan sin programa ni evaluación, a cada niño que pasa en micro, qué vale la pena llegar a ser. Retirados los modelos, nadie se queda sin modelos; se queda con los que sobran, que suelen ser los peores, aunque algunos los llamen dignos. Después nos lamentamos de una juventud sin referentes, como quien tapió las ventanas y se queja de la oscuridad.

Nada de esto resta un gramo a la alegría. El general está de vuelta gracias a la porfía de quienes no aceptaron que un plinto vacío se volviera paisaje. Pero un regreso no es una reparación mientras no se reconozca la falta. No basta con decir que Baquedano «nunca debió salir»: hay que preguntar por qué salió. Y, también, mientras El Centinela y La Gloria sigan incompletos y el soldado espere en su urna, la restauración estará, literalmente, a medias, y eso delata que la injusticia no se ha reparado del todo.

Pero el sábado 19 nos dio una buena señal. Horas antes del desfile ante el general, al abrirse la Parada Militar y antes que los blindados y los batallones, entró en la elipse una imagen de la Virgen del Carmen, patrona y generala de las Fuerzas Armadas, con ocasión del centenario de su coronación. El Ejército hizo ese día lo que hizo Baquedano con su espada: honró primero a aquella a quien debía sus triunfos, y solo después al general que los ganó. Primero la Generala, después el general; falta el soldado, el peldaño más bajo y por eso el más revelador. La presencia de la Virgen se anunció como excepcional, por el centenario. Ojalá la excepción se vuelva costumbre, y el soldado vuelva a su tumba sin que ningún alcalde tenga que exigirlo, sin licitación urgente ni foto de madrugada. Entonces el orden estará completo, y no será una novedad ni una conquista, sino lo que siempre debió ser: todos nuestros triunfos, devueltos a quienes se los debemos, y en el orden en que se los debemos.

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