No existe el derecho a tener hijos
Por Roberto Astaburuaga Briseño. Columna publicada en El Líbero el 16 de junio de 2025.
En el último tiempo, a raíz de las discusiones sobre la crisis de natalidad, ha surgido la propuesta de regular legalmente las técnicas de reproducción asistida. Relacionado con lo anterior, y de forma paralela, en el Congreso se discute un proyecto de ley que busca prohibir la maternidad subrogada. En estas materias el punto central que divide las posiciones es el estatuto que se le reconoce al ser humano antes de nacer y la calificación como un derecho (o no) a la pretensión de querer ser padre.
Las técnicas de reproducción asistida son métodos biomédicos que facilitan o sustituyen a los procesos biológicos naturales que se desarrollan durante la procreación humana sexual. En muchas ocasiones incluyen la selección, congelamiento, experimentación y descarte de embriones. Lo anterior se agrava considerando que se insta por su priorización aprovechándose de la crisis de natalidad, cuando está más que claro que ninguna medida ha servido para revertir la tendencia, o que las promuevan sin revelar los vínculos con una industria muy lucrativa que no deja de crecer.
Ahora bien, ¿esta es la verdadera razón?, ¿los riesgos de daño o muerte a los que se exponen los embriones?, ¿y si no existieran tales riesgos?, ¿entonces se justificaría moralmente su licitud? Lo cierto es que no. Lo anterior es un argumento válido, pero consecuencialista.
Hay que ir al fondo del asunto: la dignidad de la procreación es inseparable de la dignidad de la relación sexual y esta es inseparable de la dignidad del matrimonio. Ahora, como vivimos en una sociedad hipersexualizada y las leyes y la cultura hicieron mier… el matrimonio, porque eso es lo que han hecho, y ya nadie se atreve a luchar por su restauración, no se entiende el problema que conllevan las Tecnologías de la Reproducción Asistida.
Esto es especialmente relevante para los ciudadanos y políticos católicos, o que se dicen católicos. El Cardenal Ratzinger lo dijo bien clarito en 1987, como Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, en la Instrucción Donum Vitae: la tecnología reproductiva para hacer efectiva la fecundación «no puede ser admitida, excepto en esos casos en los que los medios técnicos no son un sustituto del acto conyugal, sino que sirven para facilitar y ayudar, de manera que el acto alcance su propósito natural».
El deseo de tener hijos y formar una familia es propio del hombre y una de las principales razones de su felicidad. Tristemente, muchas personas padecen de problemas de infertilidad para traer hijos al mundo. Existen distintas vías para poder lograrlo, pero no todas son respetuosas de la dignidad del hijo que aún no nace. Toda persona posee una dignidad intrínseca y permanente por el solo hecho de su existencia. Esta dignidad exige que sea tratado como persona y no como cosa, como sujeto de deberes y derechos y no como objeto.
Como señala la profesora María Alejandra Carrasco, al referirse a los dilemas éticos relativos al inicio de la vida humana, estos pueden resolverse respondiendo, primeramente, una pregunta fundamental: «El embrión, ¿es o no es persona? (…). Según la respuesta se resolverán otras preguntas secundarias, que contendrían los argumentos más habituales para una u otra posición: (1) Conflicto de intereses: ¿Qué intereses deben primar?, (2) Tolerancia y pluralismo: ¿No es intolerancia no aceptar que cada uno actúe según sus valores? y (3) Mal menor: Frente a dos males, ¿no debemos optar por el mal menor?«. De la respuesta a la pregunta fundamental dependerá la respuesta a cada una de las preguntas secundarias.
Lo que está claro es que se tiene que asumir una postura coherente para todas las situaciones. Es una contradicción apoyar algún tipo de aborto y el congelamiento de embriones, y al mismo tiempo oponerse a toda forma de maternidad subrogada y a la eugenesia genética.
Hace tiempo que ya no se puede distinguir la pretensión o deseo, por una parte, del derecho, por otra, y que la bondad u honestidad del fin de una acción exige la licitud de los medios para alcanzarlo. La prohibición de la maternidad subrogada es un buen ejemplo. El razonamiento subyacente es que no se puede ocupar cualquier medio para lograr un embarazo y gestar un hijo. Es cierto que se cosifica a la mujer, pero también es cierto que se cosifica al hijo. Esto último se refleja con claridad en la arista de la maternidad subrogada con fines altruistas, en donde no existe una contraprestación monetaria. La dignidad del hijo exige que su concepción y desarrollo natural se respeten porque es una persona y no el producto de un procedimiento técnico que lo manipula y cosifica.
La crisis de natalidad no puede ser la oportunidad de lucrar con un problema doloroso para muchos ni hacernos olvidar que toda persona, en cualquier estado de su vida, antes y después del nacimiento, posee una dignidad intrínseca inviolable.
Lucrando con la eutanasia
Por Roberto Astaburuaga Briseño. Columna publicada en El Líbero el 9 de junio de 2025.
La semana pasada, el gobierno puso discusión inmediata al proyecto de ley que despenaliza la eutanasia, actualmente en la Comisión de Salud del Senado, y presentó sus indicaciones. Muchas críticas (morales, políticas, sociales, etc.) se pueden formular, pero conviene detenerse en el aspecto económico de la cuestión. Después de todo, resulta paradójico que un gobierno que demonizó el lucro, genere un incentivo perverso y un atajo para ahorrar y disminuir los costos de un sistema de seguridad social colapsado.
En el prólogo del libro de Robert Spaemann “Sobre la buena muerte”, Ignacio Sánchez y Joaquín García Huidobro ejemplifican una de las mercantiles consecuencias de la legalización de la eutanasia: “Randy Stroup, un ciudadano norteamericano enfermo de cáncer, quien en 2008 recibió una respuesta negativa de su seguro de salud Oregon Health Plan ante su petición de ayuda financiera para una costosa quimioterapia, pero a su vez le indicaron que sí asumirían los costos de un suicidio médicamente asistido”. ¿Cuántas personas que se atienden en Fonasa podrían recibir un correo similar?
Por cierto que es más barato practicar la eutanasia que costear los tratamientos de un cáncer terminal. ¿Acaso el incentivo perverso no está a la vuelta de la esquina? Atendida la crisis de la salud pública, ¿cuántas, de las más de 40.000 personas con cáncer terminal al día de hoy, elegirían “libremente” la eutanasia si la cobertura de los programas de cuidados paliativos no da el ancho? ¿Cuánto se acortarían las listas de espera? Lo del cáncer terminal es solo un ejemplo, porque el gobierno se cuidó de ampliar aún más las causales y reducir los requisitos para para que proceda la “muerte dulce”: “Diagnosticada una condición o enfermedad grave, incurable o terminal”. Ahí cabe de todo. El famoso argumento del dolor insoportable desaparece. ¿Qué problemas de salud mental podrían caber en este paraguas? Y hablando de diagnósticos… ¿El fraude de las licencias médicas no nos alerta para nada? No se trata de presumir la mala fe (ni pecar de inocentes), sino de reconocer que la mesa está servida para una rentable carnicería y que las billeteras están abiertas.
No es una exageración esto de lucrar con el dolor y la muerte. En Canadá, que legalizó la eutanasia en 2016, se presentó un informe (“Análisis de costos de la asistencia médica para morir en Canadá”) en 2017, en el que se estimaba que el Estado ahorraría, anualmente, entre 34,7 y 136,8 millones de dólares por año con la implementación de la eutanasia. En Chile, un estudio de 2017 calculó que a 20.300 personas (mayores de 20 años y diagnosticadas con una enfermedad terminal, considerando solo enfermedades catastróficas) se les podía practicar la eutanasia, por solo 440.000 pesos. El gobierno no ha acompañado un Informe Financiero del costo que supondría implementar la eutanasia, ni el ahorro que significaría… si es que se pudiese confiar en sus cálculos.
Independiente del resultado del cálculo económico sobre el costo-beneficio de legalizar la eutanasia, ésta siempre será injusta porque se autoriza el asesinato de una persona inocente. Sin embargo, el argumento del beneficio económico ilustra el peligro de deshumanizar a la sociedad con lógicas mercantiles frías disfrazadas de argumentos de falsa autonomía, falsa libertad y falsa compasión.
Ninguna mujer se embaraza para abortar
Por Roberto Astaburuaga Briseño. Columna publicada en El Líbero el 2 de junio de 2025.
Hoy ingresa al Congreso el proyecto de ley para despenalizar el aborto hasta las 14 semanas de gestación, a pesar de reconocer que no cuentan con los votos para su aprobación. La Ministra Orellana señaló que está dispuesta a negociar, como si la disminución de la cantidad de semanas no fuera un (inhumano) regateo. Y es esa inhumanidad la principal razón por la que no se debe debatir ni aprobar una iniciativa así.
Algunos se niegan a dar el debate, argumentando que no es el momento porque se trata de una distracción para esconder los escándalos políticos del Gobierno, o que no tienen los votos o que con las 3 causales ya es suficiente. Son razones reales y atendibles, pero superfluas. No se puede discutir ni aprobar un proyecto así porque simplemente se trata de legitimar el asesinato de una persona cuya única diferencia respecto a las demás es la de no haber nacido. Es notable como siempre las abortistas alegan la invisibilización de la realidad del aborto, al mismo tiempo que invisibilizan la realidad humana y personal del hijo que aún no nace. Los no nacidos son el único grupo históricamente perseguido que los progresistas se niegan a proteger: inocentes, indefensos, discriminados por su sexo, edad, dependencia o “residencia”.
El aborto nunca será la solución a un embarazo complejo, vulnerable, indeseado o como quieran llamarle. Acabar con la vida del propio hijo no nacido nunca solucionará el problema subyacente. En lugar de ampliar las razones para abortar, se debe revisar el funcionamiento de la ley existente: ¿cuál es el estado de salud mental de las madres que se han realizado un aborto? ¿Cuántas se han arrepentido? ¿en cuántas desapareció el problema subyacente? ¿Cuántos, de los más de 5.000 niños abortados, estarían vivos si es que el Estado ofreciera a las madres una solución real, con programas de apoyo especializados?
Dicen que hay que dar un debate democrático, pero son incapaces de refutar los argumentos científicos sobre el inicio de la vida humana. Por eso la discusión siempre gira en torno al que toma la decisión de abortar y no en quien la sufre.
“Ninguna mujer se embaraza para abortar”, dijo la Ministra la semana pasada. Efectivamente, las madres quieren terminar el embarazo con un hijo vivo, no muerto, y mucho menos ser ellas las que causen su muerte. Porque ningún hijo quiere que su madre lo aborte. Quienes promueven el aborto reconocen, y así consta en las discusiones legislativas, que se trata de una realidad terrible y compleja y una decisión dramática. Si el feto no fuese una persona, entonces no sería así de terrible. Reconocen que es doloroso porque saben que, por más eufemismos con que intenten disfrazarlo, muere un hijo.
A tiempo y destiempo, hay quienes siempre defenderemos la vida del que está por nacer y promoveremos una ayuda real y humana a las madres con embarazos vulnerables, hasta que el aborto no sea una opción.
La restauración de la iglesia quemada por el octubrismo
Por Roberto Astaburuaga Briseño. Columna publicada en El Líbero el 26 de mayo de 2025.
La parroquia de La Asunción, a pocas cuadras de la plaza Baquedano, fue violentamente saqueada y destruida en el estallido social de octubre de 2019. Al año siguiente, la foto de su cúpula ardiendo y desmoronándose dio la vuelta al mundo y se convirtió en uno de los símbolos de la violencia octubrista. Ayer, el cardenal Chomalí presidió una misa y celebró su inauguración.
Recuerdo llegar, una mañana de un sábado de noviembre de 2019, a ayudar, junto con varias personas, a limpiar la iglesia, vandalizada el día anterior, luego de las típicas concentraciones en la plaza Baquedano. Paredes y pilares sucios y rayados con blasfemias, insultos y dibujos obscenos, cruces invertidas y consignas octubristas. Las bancas escondidas en un lugar cercano. Estatuas, imágenes y ventanales rotos. El odio había entrado sin contemplaciones.
Un año después, en el primer aniversario del 18O, la iglesia fue quemada y su campanario se desmoronó, ante el antiquísimo y revolucionario grito “La única iglesia que ilumina es la que arde”. Pero, luego de años de recolección de fondos y reconstrucción, gracias a la institución Ayuda a la Iglesia que Sufre, se abren nuevamente las puertas de la antigua iglesia.
Su reapertura se produce poco después de la elección del Papa León XIV y su llamado a la paz. San Agustín, en la “Ciudad de Dios”, define la paz como la tranquilidad en el orden. Y el orden se alcanza con la distribución de las cosas al asignarles su propio lugar, según el fin para el que fueron creadas. Inversamente, el desorden produce intranquilidad, inquietud. No hay descanso porque hay algo que no está en su lugar. No hay paz ante una iglesia saqueada y destruida, porque su fin -dar culto a Dios- se ve impedido.
¿Cómo, entonces, se alcanza la paz ante el desorden? Dicho de otra manera, ¿por qué se reconstruyó la iglesia, en lugar de cerrarla, demolerla o desacralizarla? O incluso de forma más amplia, ¿por qué los cristianos, frente a la destrucción y vandalización de templos y capillas a lo largo de todo Chile, los limpiaron y reconstruyeron? La respuesta está en la esperanza. Es la más pequeña de las virtudes, pero la más fuerte.
San Juan Pablo II decía que la esperanza “por una parte, impulsa al cristiano a no perder de vista la meta final que da sentido y valor a toda su existencia y, por otra, le ofrece motivaciones sólidas y profundas para su compromiso cotidiano en la transformación de la realidad para hacerla conforme al plan de Dios”, y Benedicto XVI, en su encíclica Spe Salvi, la describe como una virtud capaz de “producir hechos y cambiar la vida”.
La reapertura de la iglesia de La Asunción es un signo de paz y esperanza en tiempos de desorden e intranquilidad, así como una oportunidad para seguir transformando la realidad, en las escuelas, en las leyes y en el hogar, conforme al reinado social de Cristo.
Una gran victoria para proteger a los niños del lobby trans
Por Roberto Astaburuaga Briseño. Columna publicada en El Líbero el 19 de mayo de 2025.
El jueves pasado, la Cámara de Diputados aprobó el Informe de la Comisión Investigadora Nº57, que alertaba sobre los daños y peligros de los programas estatales e intervenciones sociales, hormonales y quirúrgicas de cambio de sexo en menores de edad. Por 56 votos a favor, 30 en contra y 6 abstenciones, Chile despierta, recupera la sensatez y comienza a liberarse del totalitarismo ideológico trans.
El Informe propone suspender inmediatamente el Programa de Acompañamiento a la Identidad de Género (PAIG), que entrega acompañamiento psicológico a niños “trans” desde los 3 a 17 años, aunque es una puerta de entrada a la hormonización. También le recomienda al Minsal ordenar que no se inicien nuevos tratamientos hormonales a menores de edad. Las auditorías y el envío de antecedentes a la Contraloría y a la Fiscalía también son parte de las recomendaciones.
La aprobación contó con votos de todos los partidos de la oposición, así como de la DC, del PPD y de independientes como Pamela Jiles. En contra, solo 30 diputados quisieron pasar a la historia y 7 prefirieron abstenerse. Llama la atención el silencio y ausencia de los paladines de la diversidad en el Congreso. Quizás no estaban dispuestos a aparecer públicamente rechazando el Informe o no se atrevían a enfrentar la funa si lo aprobaban.
El Minsal, el Colmed y la directora del INDH salieron rápidamente a intentar desmentir o bajarle el perfil a las recomendaciones. La Defensoría de la Niñez brilla por su ausencia y silencio. Nadie reconoce responsabilidades.
Como sea, la votación marca un hito en la lucha por proteger a los niños de una medicina basada en ideología y no en ciencia y conforme a la naturaleza humana. Porque solo hay 2 sexos: masculino y femenino, hombre y mujer, macho y hembra. Así ha sido, así es y así será. Mentirle a un niño y chantajear emocionalmente a los padres con la amenaza del suicidio si no lo apoyan en su transición es una maldad que no conoce nombre. Y los responsables deben pagar.
Hace ocho años, cuando se aprobó la Ley de Identidad de Género, era impensable esperar una derrota tan apabullante. Los que antes callaban por miedo a la cancelación, de cualquier color político, empiezan a sacar la voz y a denunciar lo que ocurre. Porque era una olla a presión que está explotando.
Hay mucho que no se sabe. Se desconocen las cifras de menores hormonados y operados en la salud privada, las adjudicaciones millonarias a fundaciones, el grado de intervención activista en jardines infantiles y colegios. Queda mucho por hacer. Los niños chilenos no estarán realmente protegidos hasta que, entre otras cosas, aprobemos lo antes posible una ley que prohíba estrictamente estas intervenciones. Los niños tienen derecho a crecer y desarrollarse naturalmente, a no quedar congelados en el tiempo ni infértiles de por vida. El activismo médico, universitario y burocrático es la principal barrera para cambiar la cultura transafirmativa de quienes, como lobos disfrazados de corderos, atraen a niños para meterlos en la cinta aceleradora de la transición social, puerta de entrada a la hormonación.
Chesterton decía que llegaría el día en que habría que blandir una espada para decir que el pasto es verde. Y así estamos. Convocando comisiones investigadoras para prevenir sobre los daños y riesgos de olvidar la evidencia natural, la obviedad. Aún estamos lejos de recuperar el sentido común. Pero vamos en esa dirección.
Protejamos a los niños y su sagrada inocencia. No dejemos que se la roben.
Las mujeres trans (hombres) no son mujeres
Fueron necesarias 88 páginas para que el Tribunal Supremo del Reino Unido, unánimemente, llegara a esta conclusión. Una asociación de mujeres de Escocia impugnó que la definición de mujer en una norma local también incluyera a las mujeres trans (biológicamente hombres) que cuentan con un “certificado de reconocimiento de género” (GRC). Las recurrentes alegaron que la definición de mujer solo se refiere al sexo biológico y excluye el sexo certificado, en referencia a quienes tienen un GRC. Las consecuencias de la sentencia impactan directamente en una gran cantidad de ámbitos, especialmente en lo que se refiere a los deportes, fuerzas armadas, instituciones de educación no mixtas, cárceles, etc. La sentencia merece algunos comentarios.
Este fallo no se trata de un caso aislado y excepcional, sino que confirma el cambio de rumbo de los últimos años por avanzar en proteger a los niños y mujeres del lobby trans y regular la sociedad según la realidad y no a la autopercepción. El Consejo Federal de Medicina de Brasil prohibió la semana pasada que se prescribieran tratamientos hormonales (bloqueo puberal y hormonación cruzada) a menores de 18 años. Hace 2 semanas, un tribunal de familia australiano le entregó la custodia de un niño al padre que se oponía a que se le realizaran tratamientos hormonales, ya que no había evidencia científica que respaldara sus supuestos beneficios (caso Devin).
También existen avances en otros países, como informa Bernard Lane. Hace poco, el Departamento de Educación de Estados Unidos inició una investigación por una ley de California que prohíbe a los funcionarios escolares revelar la “identidad de género” de un niño a sus padres. Además, a fines de abril, es probable que el secretario de Salud de USA publique una revisión de literatura científica similar a la encargada a Hillary Cass por el Gobierno inglés. En Irlanda, un endocrinólogo y un psiquiatra presentaron documentos al Tribunal Superior de Irlanda solicitando una revisión judicial de la atención sanitaria pública para niños “trans”.
El mundo se está quitando la venda y la mordaza. La verdad recupera el lugar que le quitó la ideología. La sentencia del Reino Unido es parte de un efecto dominó que destroza el hechizo bajo el cual el lobby trans tenía dominado al mundo.
El segundo aspecto de la sentencia es que posee una base incompleta. La definición de mujer, hombre y sexo no se reduce solo a la biología, a la genitalidad o a la genética, como abunda la sentencia al hacer prevalecer el sexo “biológico” sobre el sexo “certificado”. El ser humano es unión de cuerpo y alma. No somos hombres o mujeres solo por tener ciertos órganos genitales o ciertos cromosomas. Eso es solo una parte de la verdad. La sexualidad influye decisivamente en la configuración del cuerpo, pero va más allá de lo material, e integra la propia identidad. Así, las diferencias entre hombres y mujeres se manifiestan en su desarrollo psicológico, tendencias, modos de razonar y sentir, comportamientos, gustos y actividades. La sentencia olvida esto último.
El tercer punto de la relevancia de la sentencia tiene que ver con su efecto en los niños y adolescentes. Si bien la sentencia no menciona en ninguna parte al Informe Cass, es imposible no advertir la relación entre ambos hitos. Mientras el Informe Cass advertía la pésima calidad de la evidencia científica sobre los supuestos beneficios de los tratamientos hormonales para menores identificados trans, la sentencia de Women Scotland sepulta que los hombres o mujeres trans participen de espacios o actividades restringidos según el sexo biológico. Es decir, entre ambos terminan por anular lo que promete el lobby trans a quienes transicionan. Ya no podrán defender que entren en los baños o camarines, participen en deportes, ingresen a celdas o agrupaciones del sexo opuesto. Esto ha sido un problema principalmente para las mujeres, por los problemas que generan los hombres que se autoperciben como mujeres al invadir su privacidad e intimidad, aunque, curiosamente, es contrario a la tendencia que el Informe Cass reveló, ya que la mayoría de los menores que quieren transitar al sexo opuesto son niñas.
Si Cass provocó un efecto legal y médico a nivel mundial, es probable que lo mismo ocurra en el ámbito judicial luego de Women Scotland. En Chile, mientras tanto, seguimos esperando. Las reacciones han sido penosamente indiferentes y a miles de niños les siguen lavando la cabeza diciéndoles diariamente que pueden transitar al sexo contrario, mientras les venden el camino de la hormonoterapia. Chile tiene que despertar. Miles de niños lo exigen.
¡Papá, llegaste!
Abro la puerta y escucho que mis dos hijos gritan, ¡Papá, llegaste! Instantáneamente, de forma inevitable, una sonrisa aparece y crece. El tercero, si Dios quiere, nace esta semana. Soy un privilegiado, al igual que otros millones de padres. Pero es un número que desciende. Cada vez más hombres no quieren ser padres. Hay buenas razones para asustarse por lo que implica la decisión, pero no pueden inmovilizar ni cerrar la puerta.
Si bien la crisis de natalidad pone gran atención en las razones de las mujeres, una investigación chilena, de diciembre de 2024, busca conocer las razones de los hombres chilenos que ya no quieren tener hijos: la paternidad está asociada a altos costos y sacrificios en distintos ámbitos de la vida como el trabajo, la vida social, la vida de pareja y el tiempo libre. Quizás esto explica el gran aumento de las vasectomías en Chile (de 768 en 2013 a 7.480 en 2023) y que cada vez menos jóvenes se proyecten como padres (según datos del INJUV, de 2023, más de un 35% de los hombres que tienen entre 15 y 29 años, sin hijos, declara no querer ser padre).
Conviene, entonces, invertir la pregunta: ¿por qué, a pesar de todas las razones señaladas, hay jóvenes que sí quieren ser padres? En lugar de inventar la rueda para incentivar el número de nacimientos, una investigación podría conocer por qué sí hay hombres que quieren tener hijos y cómo lo hacen para vencer los problemas propios de la crianza y mantención. La experiencia puede ser una muy buena consejera.
Es evidente que un hijo implica gastos y sacrificios, y son cada vez más los que no están dispuestos a asumirlos, a pesar de que sus padres sí lo hicieron por ellos. No ven en la paternidad una realización personal. Ven un balance negativo, números rojos, como si fuese solo un negocio o una inversión. Aunque no tenerlos si es un mal negocio a largo plazo: probablemente, se quedaran solos en la vejez. Asustados del futuro, del sacrificio y de la falta de apoyo, renuncian a un mundo que también está lleno de alegrías y sorpresas. Porque la paternidad es una mezcla de las dos cosas. Películas como En búsqueda de la felicidad y Cinderella Man muestran los dos lados de la moneda. Inolvidables las escenas de Russel Crowe renunciando a su desayuno para dárselo a su hija o de Will Smith estudiando, mientras su hijo duerme.
El temor a no ser un buen padre es natural, e incluso, puede ser bueno, si no inmoviliza. El desafío no es tanto por perder libertad, sino en como la entendemos. No quieren tener hijos por querer dedicarse a sus hobbies, en lugar de pensar en cómo compartir esos hobbies con los hijos. La felicidad de la paternidad es inmaterial e inmedible. Temer a la paternidad por no querer ser malos padres o poco presentes o una mayor participación en las responsabilidades de cuidado y crianza es casi como no querer trabajar por el temor a ser despedido o a la probabilidad de fracasar en un emprendimiento. Piensan que la paternidad es sólo cambiar pañales, desvelarse todas las noches, soportar gritos y peleas, endeudarse y revisar cuentas.
Pero la vida muestra otra cosa. En el trabajo hay fotos de la familia y los hijos, pero en las casas no hay fotos del trabajo. Los hijos y la familia están en los fondos de pantalla de los celulares y de WhatsApp. Está el gozo de verlos caminar y decir sus palabras por primera vez, verlos jugar, la risa que provocan muchas de descabelladas explicaciones sobre la realidad, recibir sus dibujos inentendibles, la perplejidad el poder de su imaginación, la alegría al recibir sus regalos y abrazos, el orgullo al ver que crecen, entienden y maduran, el reconocimiento por sus logros y victorias, jugar y conversar con ellos, tener panoramas familiares simples y entretenidos, escuchar las historias con sus amigos, y tantos detalles de la vida cotidiana que solo los hijos pueden regalar.
La crisis de natalidad y las Fuerzas Armadas
Como ya es sabido, Chile se encuentra en una grave crisis de natalidad y del envejecimiento de la población. Cada año nacen menos niños que el año anterior, mientras que cada año aumenta la cantidad de adultos mayores. Un invierno demográfico producto de un invierno cultural. No hay aspecto de la vida personal y social que no se verá afectado.
Si bien hoy se habla de distintas crisis (seguridad, economía, política), vale la pena revisar su significado: “Cambio profundo y de consecuencias importantes en un proceso o una situación, o en la manera en que estos son apreciados.” (RAE). En este sentido, los efectos de la crisis de natalidad se pueden prever si se compara con la pandemia del Covid-19, en cuanto a sus efectos transversales -a nivel personal y social-, a la profundidad del cambio de vida cotidiano y a que el impacto se percibe de forma más directa.
Los efectos más nombrados por la crisis de natalidad son la disminución de la población y de las familias, la insostenibilidad de los sistemas de salud y de pensiones, la reducción brusca de las matrículas escolares, etc. Quisiera abordar el efecto que traería en las Fuerzas Armadas: ¿Cómo afecta la crisis de natalidad el funcionamiento de las Fuerzas Armadas y la protección del territorio nacional?
Menos nacimientos implican menos integrantes de las Fuerzas Armada. ¿Volverá el servicio militar obligatorio, bajará su edad de ingreso y extenderá su duración? Si volviese, ¿sería compatible con la necesidad de contar con una fuerza laboral joven capaz de mantener a una gran cantidad de adultos mayores? Si disminuye la cantidad de militares, ¿cómo afectará la protección de las fronteras? ¿m¿Más pasos fronterizos sin custodia, más millas náuticas sin vigilancia naval a merced de los buques extranjeros? ¿Podrían comenzar a vaciarse las ciudades y regiones completas queden despobladas?
Si la población chilena se reduce y en grandes extensiones de tierra nadie iza el pabellón nacional, ¿no seremos vulnerables a una invasión extranjera? Muchos podrán creer que la guerra es cosa del pasado… pero los ucranianos pensaban lo mismo. Otros podrán decir que no es cuestión de cantidad de efectivos, sino de la calidad de los mismos, pero es más fácil resolver el problema de calidad que el de cantidad. Además, a nivel local, de las siete comunas chilenas en las que más ha bajado la natalidad, cinco son de las regiones de Tarapacá y Atacama. Iquique, Copiapó y Antofagasta son las ciudades con mayor descenso. El norte concentra la mayor fuente económica de Chile y nuestra historia está unida a la minería, siempre bien mirada por nuestros vecinos.
En el ranking mundial de tasa global de fecundidad (midiendo según la tasa de reemplazo de 2,1 hijos por mujer), de 236 países o territorios, para 2023, Chile se encuentra en el Nº 222 (con 1,16 hijos promedio por mujer). Mientras tanto Bolivia se encuentra en el Nº 80 (con 2,55 hijos promedio por mujer), Perú en el Nº 116 (con 1,98 hijos promedio por mujer) y Argentina en el Nº 171 (con 1,5 hijos promedio por mujer).
¿Cómo enfrentan los países vecinos sus respectivas crisis de natalidad? ¿Acaso no existirá la tentación, en algunas décadas, de que Bolivia logre su salida al mar o que Argentina controle el Estrecho de Magallanes y mucho más? Esto no quiere decir que nuestros vecinos no tengan crisis de natalidad. De hecho, los números, tendencia y razones pueden tener algunas similitudes. Pero Chile, numérica y culturalmente, es el peor posicionado.
Mientras más baja sea la tasa de natalidad y más pronunciada será la caída, más “revolucionaria” debe ser la respuesta y más profundo debe ser el cambio. Hasta el momento, ningún país ha logrado revertirla, sino solo retrasarla. ¿Qué pasaría si, en un muy mal escenario, Chile no logra ralentizarla, mientras que sus vecinos sí?
La protección y fortalecimiento de la familia (5º y 6º deber del Estado, por mandato del artículo 1º de la Constitución) requiere de su revalorización, de la promoción del matrimonio y de apoyo para la llegada y educación de los hijos. En la crisis de natalidad se juegan muchas cosas y, entre ellas, literalmente, el futuro de un país. Las Fuerzas Armadas no son ajenas a esta crisis ni ajenas a sus efectos.
Niños no nacidos y madres con embarazo vulnerable
Mañana, 25 de marzo, oficialmente en Chile se celebra el Día del Niño por Nacer y la Adopción. Distintas organizaciones y personas preparan actos y actividades para celebrar la vida de un ser humano. Estos actos contrastan con los anuncios del Gobierno sobre obstaculizar y discriminar a los objetores de conciencia ante el aborto mediante modificaciones al reglamento respectivo y la presentación de un proyecto que legitima absolutamente el aborto hasta las 12 semanas. Vale recordar entonces algunas cuestiones sobre el aborto.
Lo primero: abortar es matar. Muere una persona inocente e indefensa por un aspecto tan circunstancial que demuestra su arbitrariedad e irracionalidad, como lo es estar dentro o fuera del útero de la madre, o por la edad (gestacional) del no nacido.
Lo segundo: nunca ha sido, no es ni será un derecho. No existe un derecho a matar. Ningún tratado internacional lo reconoce como derecho. Siempre surge como excepción a una regla general prohibitiva de carácter penal.
Lo tercero: el aborto no soluciona nada. Las principales razones que explican su realización tienen que ver con la presión de terceros (generalmente hombres) directa o indirectamente, o el temor al futuro por motivos económicos. Pero estas coerciones y abusos persisten después del aborto, además de dejar secuelas en la madre (incrementando el riesgo de suicidio en 2 a 3 veces, y un mayor riesgo a sufrir depresión o ansiedad).
Luego de un aborto sólo queda un niño muerto, una madre abandonada y una empresa enriquecida.
Sobre esto último, surgen dos temas relevantes. Según las cifras chilenas en que se configura alguna de las tres causales de aborto, el 85% decide realizarse el aborto, pero un 15% de las mujeres desiste de su decisión. ¿Qué las llevó a continuar su embarazo? ¿Cuántas madres que abortaron se arrepienten? ¿Cuántas hubieran preferido una solución real? ¿Cuál ha sido la historia de vida que tuvieron luego del aborto? ¿Qué efectos tuvo el aborto en ellas y en sus familias? ¿Se solucionaron los problemas que las llevaron a abortar o estos se mantuvieron? Sin duda, faltan datos y estudios que respondan estas preguntas. Universidades, fundaciones, centros de estudios, confesiones religiosas, profesionales y todo tipo de instituciones pueden cooperar en esta tarea.
Por último, los programas de acompañamiento para madres con embarazos vulnerables son la respuesta correcta. Chile merece una ley y una política social (como un fondo con aportes públicos y privados para aquellas madres). Iniciativas, en Chile y en el mundo, ya existen. Una noticia de Aciprensa enumera algunos de estos lugares de acogida: Grávida en Argentina; Pasos por Amor y Casa de la Madre y el Niño en Colombia; Chile Unido en Chile; Heartbeat of Miami en Estados Unidos; Vifac, Casa Yoliguani y Padma en México; Red Provida San Martín en Perú.
Nuestro compromiso es volver impensable la opción del aborto. Nuestro compromiso es defender la vida de todos los niños no nacidos y entregar apoyo, acogida, protección y acompañamiento a todas las madres con embarazos vulnerables.
¡Muy feliz Día del Niño que Está por Nacer!
Ser provida y el ‘No matarás’
La muerte ronda a Chile. Por un lado, mueren niños y adultos abatidos en la crisis de inseguridad. Ante esto, resurge el debate a nivel electoral sobre reponer la pena de muerte. Por otro lado, el Gobierno anuncia avanzar en ampliar la despenalización del aborto y legalizar la eutanasia. La crisis de natalidad aparece como la muerte demográfica de Chile y las tasas de suicidio han aumentado los últimos años. Por último, el allanamiento al departamento de una diputada el mismo día del parto de su hijo genera interpelaciones a los provida.
Ante esto, el significado de ser “provida” exige una respuesta coherente a las distintas cuestiones planteadas. Está claro que la persona humana es digna de respeto, promoción y protección. Reflejo de lo anterior se manifiesta en el delito del homicidio y en la creación de programas para la prevención del suicidio. En este sentido, cada persona, única e irrepetible, es un fin en sí misma y parte de la sociedad. La discusión se genera respecto de ciertos actos que constituirían excepciones.
En el caso del aborto, se alega que el no nacido no es persona o que, siéndolo, su derecho a la vida se subordina al derecho de la madre. Ser provida sería, entonces, defender al que está por nacer desde que inicia su existencia, lo cual no se reduce a estar sólo en contra del aborto. Los atentados contra la vida del no nacido también abarcan prácticas como las técnicas de reproducción asistida, especialmente la criogenización, la experimentación genética, la eugenesia y la maternidad subrogada. En estas situaciones el embrión es tratado como cosa o es directamente destruido. Pero, por cierto, la definición de ser provida no se agota en el nacimiento ni en desentenderse de la madre. También implica la búsqueda creativa de soluciones para las madres con embarazos vulnerables, como programas de acompañamiento y casas de acogida que los ayuden en los primeros años de vida.
Por el lado de la eutanasia, la circunstancia de la calidad de vida (el sufrimiento insoportable) y la autonomía surgen como fundamentos de la nueva excepción. Ser provida sería entonces defender la vida hasta su término natural, sin buscar la aceleración artificial de la muerte ni menos provocarla. Pero también se extiende a la promoción de los cuidados paliativos como verdadera solución para quienes padecen grandes dolores.
En el caso de la pena de muerte, la excepción se justificaría en la gravedad por la comisión de determinados delitos. Sin discutir aquí sobre su legitimidad, sin embargo es muy claro que, en las actuales circunstancias, es posible y necesario buscar y aplicar penas alternativas que restituyan el orden justo y protejan a la sociedad, así como atenciones que busquen el arrepentimiento.
Una posición coherente con la dignidad y la vida humana exige defenderla de acciones que deliberada y directamente atenten contra ella, en cualquier etapa de su existencia, desde su inicio hasta su fin. Si estos atentados ya están permitidos legalmente, existe un deber moral irrenunciable de luchar por revertirlos. Esta postura se manifiesta mejor, y puede ser más convincente, cuando además se promueven acciones positivas para promocionar la dignidad de toda persona y plantear verdaderas soluciones respetuosas de la vida humana.
